Edición del Viernes 28 de octubre de 2005

Edición completa del día

"Alrededor de Otelo" en La Tramoya

La culpa es de los maridos

La tragedia está ligada a esa clase de cosas que siempre siguen pasando. La pasión no es una prenda de estación. Es como un caldero que hierve a fuego eterno. Y esa repetición al infinito de lo más esencialmente humano está presente en "Otelo", de William Shakespeare. La práctica de todos los días de un psicoanalista o de un cronista de la sección policiales suscribiría la idea de que esas historias cargadas de celos siguen desparramándose, con pocas variaciones, en la vida cotidiana de todos los días.

En hechos sangrientos o en la muerte en vida de muchas personas siguen pasando esa clase de cosas -cambiados los códigos y las circunstancias- que impulsan la tragedia del moro de Venecia. "Alrededor de Otelo" es una versión de la obra del bardo inglés, en una inteligente adaptación de Elsa Ghio, que suprime personajes menores y centra su historia en Desdémona, Otelo, Yago y Emilia, fundamentalmente esta última. Pero la escritura se enriquece con el tema de lo femenino. Cuando Desdémona pregunta "¿Crees, Emilia, que existen mujeres que engañen a sus maridos?", ésta le responde que "Sí, mi señora, más de una y más de veinte, tantas, que llenarían este mundo. Pero la culpa es de los maridos. Si ellos se van con otras, o nos encierran en casa por sus ridículos celos, o nos golpean, o malgastan nuestros bienes, ¿por qué no enfurecernos? Las mujeres tenemos sentidos, podemos ver y tocar, y sabemos distinguir lo dulce de lo amargo. Cuando ellos nos abandonan por otra ¿qué es lo que buscan sino el placer? ¿Qué los domina sino la pasión? ¿Qué los vence sino la debilidad? ¿Nosotras no tenemos también deseos, pasiones y debilidades? Según nos traten, así seremos".

Esta propuesta del Grupo Exit estrenada en La Tramoya presenta varios méritos atendibles. De acuerdo con el recorrido del texto que se elaboró son muy nítidos los contenidos de esas preguntas, que van desde cuál es el valor de la venganza hasta en qué momento es posible y necesario perdonar, pasando por el tono ingobernable de las pasiones. Son preguntas eternas, adaptables a la historia de cada quien y de indiscutible vigencia.

También es meritorio que lo que se muestra en la escena es comprensible para el público, aun para aquel que no conozca el original. No todas las adaptaciones de clásicos toman en cuenta esa aparente obviedad, y no haberse quedado en el guiño cómplice habla de una actitud seria para que el teatro esté al alcance de todos.

La propuesta se enriquece bajo la excelente dirección de Julio Beltzer. Exactos y bellos elementos escenográficos de Mario Pascullo, sobrias máscaras de Marcela Estrada y la sugerente música de Emiliano Beltzer conforman una estética de códigos claros, que no enfrían una materia tan caliente.

La cercanía con el público es un riesgo muy bien sobrellevado por los dos actores de la puesta en escena. El director supo conducir a Victoria Gollán por los más intrincados vericuetos de Emilia, pero también de los otros roles que debe cumplir. La actriz tiene una voz portentosa, que sabe jugar con los climas planteados. Daniel Vitale asume a Otelo máscara de por medio y lo hace bien. Pero su interpretación de Yago es muy rica en matices y haberlo planteado como un personaje sumamente ambiguo, siniestro y amanerado es otro hallazgo de la dirección y del actor.

La puesta en escena acelera los tiempos de las acciones, mientras se encarga de retrasar el reloj de los personajes que no aparecen. Así, el tiempo psicológico de cada personaje es distinto de las acciones concretas. No importa cuándo suceden los hechos sino cómo y para qué. La adaptación busca el subtexto, los objetivos de cada personaje, y todo esto está trasladado con precisión al escenario.

Roberto Schneider





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