Maltrato físico infantil en la familia

"Cuando pegues a un niño ten cuidado de pegarle estando enfurecido, aun a riesgo de dejarlo lisiado para toda su vida". Este irónico "consejo" de Georges B. Shaw responde a la realidad, ya que el descontrol (la falta de control racional de los impulsos) es fuente de acciones violentas.

Jorge Corsi define al maltrato infantil en la familia como "cualquier acción u omisión, no accidental, que provoque daño físico o psicológico a un niño, por parte de sus padres o cuidadores". Concepto que abarca los cuadros de maltrato físico, emocional, la negligencia, el abandono y el abuso sexual. E Irene Intebi explica que este fenómeno, propio de familias disfuncionales, ocurre "por falta de atención a las necesidades básicas del niño" y "a través de conductas de los padres o de adultos que causan daño previsible y evitable a un niño".

Pero aquí -destaca Laura Manzi- "la violencia no es definida como tal; la cachetada, la denigración emocional, el abuso, son `escarmientos', `límites"', etcétera. Una forma de "encarrilar" al niño, se suele argüir, como pretendida justificación de estas conductas desviadas, que no son precisamente un método educativo. La bofetada del "educador", su "pose" de omnipotencia y sus demás expresiones de dominio (abuso de poder) sobre el niño son altamente nocivas. Porque los niños sometidos a situaciones crónicas, permanentes o periódicas de violencia familiar (VF) presentan una debilitamiento gradual de sus defensas físicas y psíquicas, lo cual incrementa sus problemas de salud.

Máxime tratándose de niños pequeños, pues lo que ellos no saben o no pueden expresar con palabras lo manifiestan con afecciones (por ejemplo, enfermedades psicosomáticas) o con conductas. La terquedad de un niño -enseña Josef Rattner- es "sencillamente una actitud defensiva contra la educación frecuentemente tiránica o la falta de comprensión". Cecilia Grosman relata el caso de un padre que castigó a su hijo de 7 años con un cinturón de cuero debido a que ese niño se "masturbaba demasiado". Pero la masturbación infantil, reiterada o compulsiva, importa relajar tensiones y descargar angustia. Aquí generadas por el despotismo e incomprensión de su grupo familiar.

Todo esto, cualquiera que fuese el estrato sociocultural y económico de dicho grupo, pues los casos de VF "se distribuyen en todas las clases sociales y en todos los niveles educativos". "A medida que ascendemos en la escala social, existen más recursos para mantener oculto el problema" (Corsi), al cual el abusador y quienes con él conviven -que obran como cómplices, encubridores y aun instigadores de la VF- intentan disimular, propiciando así la continuación del maltrato. Ello no implica que este drama no pueda ser advertido.

Entre tantos, veamos un ejemplo. Los padres están separados. Un hijo suyo presenta una lesión. El golpeador y/o su/s encubridor/es, siniestras alianzas familiares mediante y para que el padre no conviviente (PNC) no se entere de ello (no sea cosa que se "enoje" y formule una denuncia penal por lesiones o que accione civilmente a tenor, en Santa Fe, de la ley 11.529, de Prevención contra la VF), intenta/n ocultar el hecho, brindándole al PNC alguna explicación poco convincente. El PNC le pregunta al niño qué le pasó. Las respuestas más típicas son: "No sé", "No me acuerdo" o "Me caí", si no algún relato inverosímil. Es decir: me pegaron. Porque los niños maltratados rara vez informan a alguien de la situación, por miedo a ser castigados (en represalia) y porque el golpeador -y/o sus encubridores- los inducen (o manipulan: presionan, amenazan o sobornan) a no contarlo. Y algunos niños también callan por cariño al abusador, "protegiéndolo" así de eventuales actitudes que su PNC podría llegar a adoptar, en ocasiones amedrentado por el mismo golpeador y/o sus cómplices: "íNos va a denunciar! �Vos querés que vayamos presos?". Con lo cual, a más de enseñarle a mentir, le generan al niño un conflicto de lealtades mayúsculo: no contarle el maltrato sufrido al PNC o decírselo (a riesgo de su integridad) y luego mentirle a el/los abusador/es, declarando que nada le dijo a su PNC. Pero como los niños no estilan inventar historias acerca de su propio abuso, si se animan a contarlo, es preciso creerles. Lo cual también vale -entre otros profesionales- para los pediatras que puedan llegar a atenderlos.

En este ejemplo dado, la situación del PNC que sabe que su hijo ha sido maltratado no es fácil. Porque poner tal hecho en conocimiento de las autoridades judiciales puede llegar a importar exponer al niño que convive con el golpeador a mayores riesgos. Y no hacerlo implica dejarlo desamparado. Pero como la familia (o su caricatura: el grupo violento) no es una unidad al margen de la ley, y menos aún en estos tristes casos, creemos que la primera alternativa, prudentemente efectuada, es la correcta. Tal vez para evitar también que, en algún tiempo futuro, el PNC pueda llegar a lamentarse por haber guardado silencio.

Luis Guillermo Blanco