En Navidad, ¿hay lugar para la esperanza?

La Navidad ha marcado un hito en la historia de la humanidad: pero aquel acontecimiento no es sólo un recuerdo que ha quedado en el pasado, porque hoy muchos viven la Navidad.

¿Cuál es el hecho histórico que no solamente recordamos con alegría sino que celebramos y vivimos como un acontecimiento de tal manera trascendental que desde allí comienza en el mundo una época nueva para la humanidad? Es que ahora el mismo hijo de Dios establece una presencia humana entre los hombres, sus hermanos, convirtiendo la Tierra en un territorio sagrado.

Jesús, penetrando hasta lo más hondo de la humanidad, viene a poner en tela de juicio la distinción, corriente en toda la antigüedad, entre lo sagrado y lo profano, porque Él se hace en todo igual a nosotros, menos en el pecado (Hebreos 4,15).

Entonces comenzamos a caminar en este territorio sagrado porque los creyentes ahora sentimos y vivimos una dinámica nueva, ya que el mismo hombre es invitado a moverse cargado con una densidad de lo infinito que hizo exclamar al mismo filósofo Pascal, ensimismado en esta realidad: "Me aterra el silencio de los espacios infinitos".

Frente a la poesía que rodea la festividad de la Navidad, el pensador, filósofo y teólogo francés Bossuet, queriendo penetrar el hondo significado de esta cercanía del hijo de Dios con el hombre, arrodillado ante esta cuna de Belén, exclamó aquellas proféticas palabras: "Oh, Niño de Belén, tan frágil y débil y tan terrible".

Es que con esta venida de Jesús a la Tierra acontecen para el hombre nuevas propuestas de valores vitales que ponen en crisis las situaciones normales existenciales, que padecen de las limitaciones finitas de la razón humana.

Bossuet no desconocía, como teólogo y creyente, cuál sería el programa que años más tarde daría a conocer Jesús en la Sinagoga de Nazaret: "El espíritu del Señor está sobre mí, Él me envió a llevar la buena noticia a los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos y a dar la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor" (Lucas 4,18-19).

Entonces Jesús estaría lejos de casarse con el "establishment" de su tiempo. San Pablo dirá que vino a establecer un orden nuevo como salvador del mundo y llama a todos a vivir como un ser nuevo (2 Cor 5,17).

Después de la vida oculta en Nazaret, este niño ya crecido, en la adultez de su vida, comienza a invitar a la gente a una vida nueva y coloca los fundamentos de una sociedad alternativa.

Su mensaje se centra en anunciar un futuro mejor para el mundo, no sólo para un mundo escatológico sino ya para este mundo actual.

De su Evangelio brotan propuestas nuevas que enfrentan las mentiras, las codicias, la marginación de los pobres; les dice a los astutos y soberbios fariseos que llegará un día en que los últimos serán los primeros, les saca la careta de una religiosidad hipócrita, propone una liberación de las estrechas interpretaciones de la Ley porque el hombre no es para el sábado sino el sábado para el hombre; y a veces con cierta ironía critica a los tiranos que se hacen pasar por bienhechores del pueblo y aplica a Herodes Antipas el irrespetuoso apelativo de "Zorro".

Predica la liberación del hombre contra la esclavitud de los vicios y poderes.

Y llegó a ofrecernos una vida nueva y un camino de verdad salvadora iluminando senderos nuevos que hasta el mismo Kafka inclinando su cabeza después de meditar el Evangelio exclamó: "Cristo es un abismo lleno de luz, hay que cerrar los ojos, para no precipitarse en Él".

Este débil niño viene a ofrecer una salvadora esperanza para aquel que lo acepta que se adhiere a él y lo sigue con esa novedad de vida que comienza con aquellas palabras que definían bien sus intentos: "El reino de Dios está cerca. Crean, conviértanse" (Mateo 4,17).

Con la experiencia de todos los límites humanos para poder alcanzar el ideal en una sociedad donde reine la paz, la justicia, la verdad, el perdón, la solidaridad, el filósofo y teólogo danés Kierkegaard decía: "El hombre solo es incapaz de darse la salvación".

Pero esta esperanza no nace sola y espontáneamente, la construimos entre todos los que queremos ser discípulos de Jesús de Nazaret.

Los cristianos ahora estamos comprometidos a construir en este mundo las condiciones de un futuro mejor y adoptaremos las estrategias que el Evangelio nos propone de un corazón convertido en el amor y el coraje.

El camino es largo y difícil, trasciende el tiempo y se planifica más allá del hoy, pero ya comenzamos a andar haciendo visible en germen lo que algún día fructificará con el poder pascual de Jesús.

Por eso en la liturgia de Navidad la Iglesia canta aquel himno salmódico: "íTú, que eres luz y esplendor y perpetua esperanza de los hombres cuando dejando el seno de tu padre viniste a darnos la salud perdida!"

Pbro. Hilmar M. Zanello