La suicida asesinada


La editorial Adriana Hidalgo, que proyecta reeditar la obra completa de Di Benedetto (ya han aparecido: "Absurdos"; "Cuentos claros"; "El silenciero"; "Los suicidas"; "Mundo animal/El cariño de los tontos" y "Zama") acaba de presentar uno de los libros más raros de este escritor raro (por excepcional, extraordinario, único): "El pentágono", constituido por una serie de relatos que pueden leerse también como capítulos de una novela. De este libro anticipamos uno de sus textos centrales.

Por Antonio Di Benedetto

"Yo me voy a morir de amor", me dijo. Éramos novios. "Yo me voy a morir de amor", me dijo, muy grave. La miré a los ojos, transido, y le declaré: "Yo también moriré de amor".

Me lo repitió dos años después de casados. "Yo me voy a morir de amor", me dijo. Estaba enferma. Yo le discutí- "Nadie sabe de qué morirá. Si te suicidaras, tal vez. Pero puede faltarte el motivo de amor". Después me arrepentí. Ella estaba enferma. Era como decirle: "Puedes morir de esta enfermedad". Y no es lo que yo quería decirle.

Por tercera vez: "Yo me voy a morir de amor", dijo. Hacía diez minutos que habíamos apagado la luz. Ella, creo, permanecía sentada en la cama. Yo comenzaba a diluirme en el sueño. Repliqué, o comenté: "íBah! Romanticismo..." No sé si ella me oyó. Yo hablaba para mí. Creo que también ella hablaba para sí.

Parece que yo, a pesar de usarlo como una explicación del sostenido augurio de Laura, no creía más en el romanticismo, ni siquiera, posiblemente, admitía en mi esposa una sincera asociación de alguna idea romántica con la idea de la muerte. Ignoraba que, muy poco después, alguien me escucharía por teléfono estas palabras:

-Mi mujer ha muerto. Ha sido asesinada o... No sé. Pero ha muerto. Vengan.

Los policías fueron muy estúpidos. Ni siquiera sospecharon de mí; sólo por formulismo me detuvieron unas horas. Pero, �por qué tenían que sospechar de mí?

El médico forense y todos los demás embrollones, con sus ciencias necrópsicas, dactiloscópicas, balísticas, no supieron si era suicidio o asesinato. Sólo por los diarios, creo yo, se mantenía la investigación, ese trámite de oficina, tal como un juicio por cobro de pesos, con la respuesta repetida de que "todavía no" como si todavía pudiera ser que sí, aunque nunca llegue a serlo.

En uno de esos días en que se dice: "Otro mes..." y se suspira, fui a ponerle flores. Cuando en el quiosco de venta me descubrí a mí mismo seleccionando cuidadosamente la clase, el color, cosa que en las visitas anteriores no había hecho o, de hacerlo, no había notado que lo hiciera, me sonrojé por pensar en su tumba como en un florero. Quizá este pensamiento tonto y el consiguiente bochorno interior me disminuyeron hasta la timidez de llevar el ramo boca abajo, como si pudiera esconderlo o estuviese en camino al teatro para adular a una corista.

Es posible asimismo que esta súbita inferioridad en que me puse, primero frente a lo ignoto, luego en medio de lo cotidiano y lo real, me hiciera desear, casi hasta el ruego a no sé quién, que se fuera, antes de que yo llegara, el individuo que de lejos veía ante su tumba. Levemente inclinada la cabeza, como en oración u homenaje sin público, la delgadez, la mediana talla, quizá también su sobretodo negro y en el cielo esas nubes estacionarias, me decían, sin llevarme más allá en mis conclusiones, que podíamos rezar juntos, mansa y solidariamente. No era esto lo que yo anhelaba, sin que la falta de tal anhelo detuviese mi paso, que por fortuna fue lo bastante lento como para que el otro tuviera tiempo de irse, sin verme y sin darse vuelta, hacia adentro, hasta perderse.

Volvía del cine, evidentemente viudo, por la soledad, no por la película, que era cómica. Debía buscar mi sitio en el ómnibus, como se busca en la vida, como si fuera para siempre, olvidando que se trata sólo de un viaje. Me hice el hueco, a la fuerza, a pechones, como se hace todo para subsistir, y entonces me faltaba -siempre nos falta algo y al buscarlo, a veces, nos perdemos, nos perdemos- medio de estabilizarme, sostén, agarradera. Miré hacia arriba por una correa libre de las que penden del pasamanos, y ahí empezó todo.

Vi una mano sin guante. No. Primero vi el anillo. Después, la mano blanca, y no pude menos que admirarla, diciéndome que era una mano de las que uno cree, hasta comprobar lo contrario, que tienen los artistas. Vi el sobretodo negro que comenzaba a la altura de la muñeca y entonces quise ver su cara y lo vi mirándome a mí un segundo con una inquietud temerosa que ya debía haber sospechado, pero no comprendí hasta verla.

Atropelló, como si verme lo hubiera cegado y espantado, y se arrojó del ómnibus en marcha. Pensé al mismo tiempo en un caballo y en una rata.

Bajé en la esquina, suscitando otro desplazamiento de miradas, de gente olfateando que algo pasaba, pero, como es habitual, diciéndose: "Es su problema, el problema de ellos".

El sujeto (ísi sujeto estuviera!...) me esperaba, no para enfrentarme, sino para ver si yo lo seguía. La noche había vaciado la calle y estos dos bultos, que no podían llenarla físicamente, en seguida la poblaron con el ruido de los pies en fuga y en persecución. Pronto hubo otro elemento de población sonora, el de mi jadeo, que amortiguó, durante un par de cuadras, el respiro que el tipejo me facilitó pasando de la carrera al tranco largo, no condescendiente ni voluntario, por cierto, sino advertido de su conveniencia por la presencia de un vigilante, cuyo cuerpo era como si toda la pereza mental se hubiese detenido en una esquina.

Primer propósito: gritarle al policía que lo detuviese. Segunda elaboración mental: nada podría decir contra él. �Que era el asesino? �Que se delataba huyendo? �Y cuando debiese, de inmediato, en la comisaría, aducir razones claras?... �Cuando tuviese que probarlo?...

Era como si llevara el ramo de flores boca abajo y quisiese aprovecharme de cualquier ventaja para darme un pretexto destinado a justificar el descanso que me daba en la carrera.

Sólo bastó salir de la órbita del uniformado para darme cuenta de que como principio bastaba la acusación, ciertamente probable, por reconocimiento de familiares y amigos, de robo del anillo. Porque ella -esto era notorio- nunca tuvo por qué venderlo o pignorarlo.

Ella me había dicho: "Me da como nostalgia saber que los blancos no pueden usarlo en la nariz. El hombre que yo ame debe llevarlo bien a la vista de todo el mundo, si fuese posible, en la nariz. Era de mi bisabuelo materno. En su tierra, en Sicilia, entonces se usaban en las orejas, pero no éste".

Ése, el del bisabuelo de Italia, pasó una vez a mi dedo, con estas palabras, resumen del dolor de que su significado no colgase de mi nariz: "Es mi marca. El hombre que yo ame..."

Insistía en que debíamos celebrar; pero no era fiesta. Y yo celebraba con copas de muchos bares distintos que ella sugería con un conocimiento que nunca he poseído yo. Insistía en que me emborrachara y lo consiguió, como conseguía de mí lo que desease cuando la sentía suavemente triste y con un indicio en los ojos de cierta astucia, quizá dictada por una pena ganosa de venganzas pequeñas, contra la que yo nada podía. Consiguió la embriaguez que me organizó, manteniéndose ella misma absolutamente sobria.

En la mañana siguiente, desperté sin el anillo. "Lo tiraste al lago, borracho", me decía. Reía, reía; me recordaba el río por un momento que yo no podía recordar y, riendo, me hacía este argumento: "Si nuestro amor hubiera muerto, si nuestro amor se hubiera ahogado, bastaría que tiráramos cañonazos desde la orilla para que el cadáver saliera a flote".

En consecuencia, no era un ladrón. Y ni un taxi para seguirlo más de prisa y alcanzarlo y... No sé qué.

Cerca de la estación, desembocó en una calle cortada por un paso tranquilo de vagones ferroviarios, que quizá le obstruyeron el camino hacia el escondite que habría calculado, desviándolo hacia los cafetines nocturnos cuyas bocas derramaban luces como impregnadas impalpablemente de sarro.

Se me escapará, suponía yo, en estos bares que se comunican por los baños, laberinto con clave en la higiene, si allí hubiese un poco de ella. Se me escapará, decía yo, defraudado en mi coraje insospechado hasta para mí mismo, con un calladito deseo de que se me escapase, y poder descansar el cansancio y el dolor de las piernas, con la sospecha de que nunca más podría descansarme el corazón, hasta saber.

Estaba ahí, en una mesa, como si nunca hubiese tenido prisa. El rostro sin miedo, como si estuviera entre los suyos, siendo, como lo era a las claras, que nada más que una ocasional y deliberada actitud del espíritu podría conjugarlo con los rostros suburbanos. La mano blanca, el brazo envuelto en la manga del sobretodo negro, seguían la curva del respaldo de la silla contigua, vacía, como esperándome a mí para una cita en la que debíamos conversar largamente, sin violencias.

íOh, hablar!... Si hubiera sido posible matarlo...

Pero, hablar o no hablar, matarlo o no matarlo... Después, después, tendría que pensar ya en todo lo que no supe y... llorar, llorar...

(De "El pentágono", op. cit.).