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Cultura
Edición del Jueves 19 de enero de 2006
Hay que telegrafiar al gobierno
Por Pablo Colombi (Mendoza)

Un jinete, agarrado a las crines de un caballo inmundo, entró despavorido al pueblo, galopando por toda la calle principal. Cuando la polvareda se asentó y pudimos mirar hacia el final de las casas, el caballo estaba dominado y el jinete explicándose entre los vecinos. Para sacudirnos el aburrimiento, fuimos a escuchar.

Falto de respiración, el jinete apenas si podía contar con los dedos de su mano los tres días que llevaba cruzando la Pampa, perseguido por los indios, a pocos trancos de su espalda.

-¿Indios? ¿En estas épocas? -preguntamos muy sorprendidos, casi con burla.

El jinete en realidad no era un hombrón. Asustaba, eso sí, la costra de barro verde que lo envolvía, salpicado por la intemperie durante los días de persecución, como si del miedo el jinete se hubiera orinado de abajo hacia arriba. Traía sobre todo un olor inhumano. Hasta él mismo se daría asco.

Acercamos agua. Entonces el jinete bebió con mucho ruido, atragantándose. Le ardían con locura los ojos, de tanto buscar la civilización en el horizonte mientras lo venían acosando los indios, pero sin poder alcanzarlo.

Murió el caballo poco rato después. Se infló rápido su panza y las moscas le andaban por las narices. Pero antes de todo aquel espectáculo, entre los vecinos escondimos al jinete del sol dañino y le fuimos dando comida, muy despacio según consejo de algunas viejas. Después lo hundieron en un tonel con agua, que le despegó esa mugre del cuerpo y le ablandó el pelo adolescente. Y recién entonces pudimos verle una piel tan blanca que parecía un italiano apenas desembarcado de las europas. íLos indios están en los alrededores!, nos gritó al fin con voz resucitada, mezclando palabras nuestras con algunas de su país. Le faltaban manos y dedos para decirnos cuántos eran los indios, allí nomás, a las afueras de nuestro pueblo.

íQué puede saber de la Pampa un gringuito pálido y miedoso!, opiné muy sobrador, yo. Pero fue, che, como una epidemia, porque en un segundo el susto se desparramó entre los vecinos que corrían y gritaban:

-íIndios!

-íQue nadie salga a las chacras!

-íA esconder a las mujeres!

-íLas escopetas... carguen las escopetas!

-íHay que telegrafiar al gobierno!

Escapamos todos a nuestras casas para escondernos de los salvajes y vigilar desde cada ventana. Teníamos el corazón atascado en mitad de la garganta.

Afuera, sin embargo, el mundo seguía tranquilo. La siesta roncaba en los verdes labios de la alameda. Un relincho se quejó por ahí del calor. Desparramados en la sombra, los perros nos habían abandonado a nuestro propio olfato. Se me calentaba adentro de los bolsillos la pólvora de los cartuchos. Y mirábamos la calle, desaforadamente, haciendo fuerza con los ojos. Pero no había nada que mirar.

-íAhí están los indios! -gritó con terror un vecino de enfrente.

Era cierto. A la entrada del pueblo había algo jamás visto. Un tapial aceitunado, efervescente. Una sombra movediza que nos amenazaba. Acaso los indios que mentaba el jinete, concedí. Un frontón salvaje y encuerado y sin forma. Eso debían ser los indios, nomás, a la entrada de nuestro pueblo.

¿Pero indios... en estas épocas?, volví a decirme, una vez más, sacando la cabeza por el agujero de la ventana y convencerme de la pesadilla.

El vecino de enfrente descargó un escopetazo inoportuno. Los perros saltaron a ladrar. Fue entonces cuando el invasor se desbandó en una constelación de millones de langostas, y el enjambre al completo voló sobre las casas y por encima de las chacras, y un cielo verde y masticador llovió sobre nosotros, como un castigo celestial.

Solamente nos quedó el adobe seco de las paredes, que parecían cruces de cementerio cuando emprendimos la emigración a la Capital.





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