Una historia de amor entre mundos ajenos

Confrontar las culturas es casi el tema fundamental en estos años globalizados y fundamentalistas. Es un sano ejercicio para que los hombres se conozcan mejor y sepan que lo mejor puede aprenderse del prójimo. De esto trata esta película, cuya "historia japonesa" (título original) transcurre en Australia. Allí llega un representante de la industria minera, más interesado en conocer el país y sus misterios que en los negocios. Lo recibe una pequeña empresa que tratará también de hacer valer sus intereses y que designa una de sus socias para acompañarlo en la travesía.

"Mucha tierra para poca gente, al revés que en mi país, mucha gente para poca tierra", suelta el japonés en pleno viaje y asombrado por el inmenso paisaje. Obstinado en conocer zonas en pleno desierto, convence a Sandy, su aparente guía y colega, a que lo lleve, algo que acepta no del todo convencida. Muy pronto su cuatro por cuatro verá sus ruedas hundidas en la arena, algo que los obliga a trocar el calor del día por el intenso frío de la noche, ya que les demandará un día poder zafar del inconveniente. Pero el accidente los acerca y la realizadora Sue Brooks los sigue en un clima que hasta ahora no se apartó de la comedia romántica.

Este tono seguirá hasta que se produzca el encuentro de amor del título nacional, narrado con una delicadeza y calidez que excede el habitual descubrimiento de un ser a otro. Aquí lo que se descubren son dos culturas y es lo inasible, aquello que las palabras no pueden designar, lo que los hace tan conmovedores como asombrados de su mutuo universo. Las escenas en que se rozan la piel son fuertes en este sentido y marcan la entrega sin mostrarla, índice del pudor con que está filmada.

Pero es en este momento que la película cambia de clima y encara la tragedia. Es el hombre el que desaparece de la escena, y la mujer la que se queda con todas las sensaciones en la mano. Como si descubriera un mundo y se lo quitaran enseguida. Y es allí donde aparece el otro, ese ser distinto que nos hace también diferentes. Sandy será otra mujer, no sólo porque aprendió a recorrer sus caminos internos sino porque su conocimiento del dolor la educa para la vida y no para la muerte. Este brusco desplazamiento de sus afectos la hace crecer, y sus lágrimas van transformándose en una mueca de sonrisa.

Hay un momento en que Brooks muestra su rostro en sucesivos fundidos, en que en el negro de la pantalla sólo se ve el brillo ínfimo de sus ojos. Este enorme retrato de mujer está en la máscara de Tony Colette, tan bella por dentro y por fuera y que supera ese instante en que pasa de la dicha a la desesperación, con una naturalidad que conmociona. Entre el paisaje, ese exterior imponente que bien podría ser el planeta, y el íntimo territorio de nuestros seres amantes que apenas alcanzan a intuir cuán distintos son y qué cerca están, se desliza el lenguaje hecho de sutilezas y hallazgos, con que Sue Brooks nos cuenta esta historia visceral.

Juan Carlos Arch