Conmocionante relato acerca del dolor y el conocimiento
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"El hijo" es una película para perturbar. Los hermanos Dardenne, como siempre, no hacen ninguna concesión, y aquí desarrollan su relato en una unidad de espacio y tiempo al ritmo de una cámara en mano que muchas veces se ubica a veinte centímetros de la nuca del protagonista, que deambula negando la mirada a cámara. Este señor es Oliver, a cargo de una escuela-reformatorio en la especialidad de carpintería, que recibe aprendices, y la relación con uno de ellos es el eje por donde se tocarán los temas del dolor, la pérdida y las relaciones humanas.
Con un estilo seco, el filme comienza en plena acción y termina abruptamente, en medio de otra. Pero entre medio veremos a un hombre que obedece un cierto instinto y desconoce la razón de sus actos. Promediando el metraje recién nos vamos enterando de la tragedia en que vive y de la tensión que supone para él, pero también para los espectadores, convivir con la angustia y a la vez superarla por la curiosidad, por querer transformar la duda y la agonía en conocimiento.
Por su tema, su tratamiento y más que nada por la figura enorme de este atribulado carpintero, el filme nos remite a una pregunta acuciante: ¿qué hacer con el dolor, con la evidencia, con la venganza, con el perdón? Son interrogantes que nos sirven para crecer y que bien podrían ser toda una requisitoria, por ejemplo, con los hechos derivados del caso Cromañón, en nuestro país. El relato no da pistas sobre lo que le pasa a su protagonista, lo van descubriendo junto a él en un espacio asfixiante, siempre cerrado, en autos, su casa, el taller y alguno que otro exterior siempre negado como posibilidad de respiro.
Una de las preguntas es hasta dónde autoriza el dolor en su sed de justicia. Otra es saber lo que le pasa al otro, en este caso, el carpintero perdió un hijo a manos de su aprendiz, y este interrogante lo lleva si no al perdón, a la pauta reflexiva y a un acercamiento que no acierta a dominar. Esta encerrona está dada en un lenguaje en donde todo es cámara en mano (un prodigioso trabajo del iluminador Alain Marcoen). Con escasos cortes y nada de música, la banda sonora es el ruido de las máquinas y sierras y todos los ambientales posibles.
Jean Pierre y Luc Dardenne ("La promesa", "Rosetta") llevan su estilo a un grado límite. El actor Olivier Gourmet está en plano en forma permanente. Su seguimiento es abrumador y sólo a través suyo y en forma fragmentada vemos a los otros personajes, generalmente unidos por paneos tan obsesivos como la búsqueda de relación que intentan. Todas estas excelencias técnicas no son virtuosas, están al servicio de este retrato inolvidable de un hombre acuciado por sus penas, pero también alertado de otros mundos posibles, que pueden estar tan cercanos como desconocidos.
Y algo que no debemos pasar por alto: la actuación de Olivier Gourmet, verdadero eje de todo el filme.
De la redacción de El Litoral