toco y me voy
A propósito de la memoria
Hay gente que tiene buena memoria, como otros halitosis, capacidad para el dibujo, inclinación por la bebida, manos rápidas, entre otras habilidades, dones y capacidades, innatos o adquiridos. Una nota así se hace de memoria. Hay tipos que me dan bronca. Yo llego al banco y Matías no te dice ni hola, sino que se despacha con tu número de documento, con tu teléfono y hasta con tu número de cuenta (que yo ni intento memorizar: tiempo perdido). O tenés el caso del Panchi, que recuerda un partido de fútbol entre Sacachispas y Deportivo Uturuncu, recuerda que fue en abril o en marzo de 1993 y recuerda, el muy cretino, que el defensor Fulano clavó un gol en contra impresionante en el arco que da a calle Ulán Bator. Además de admirar y odiar al mismo tiempo a tipos así, me quedo en silencio tratando de recordar siquiera mi nombre, loparió. La memoria es un don. La memoria se ejercita, etcétera, pero convengamos que hay personas que tienen una cabeza envidiable para recordar y traer a la charla cosas y datos que están archivados allá lejos. Yo envidio malsanamente a gente así: ellos saben los documentos de toda la familia, los cumpleaños de todo el mundo, todo el tiempo; los teléfonos de los compañeros de trabajo o del equipo de fútbol completo; se acuerdan de citas completas, de pasajes bíblicos, de poemas larguísimos (que jamás se privan de recitar), se acuerdan de formaciones de equipos de fútbol de la década del cuarenta (que jamás se privan de recitar), se acuerdan de cientos de chistes (que jamás se privan de recitar) y tienen esa impúdica necesidad de enrostrarnos a nosotros, meros mortales olvidadizos, todo lo que saben o lo que recuerdan. Hay, en efecto, en muchos memoriosos, una disciplina por actualizar y enarbolar sus conocimientos, una especie de bandera que te flamean en la cara, un a veces desmedido afán de protagonismo, una necesidad de captar atenciones, de constituirse por algún momento o por largos momentos (según el tamaño de lo que les viene a la memoria) en el centro de una reunión. Yo nunca supe tocar la guitarra o cantar, me olvido de los remates de los cuentos, no muevo la oreja y no tengo habilidades generales o particulares (bueno: sé cazar moscas con la mano, que no es fácil, pero que tampoco puede exhibirse con orgullo para impresionar a una dama), así que sólo me callo y me consuelo pensando que el almacenamiento de datos -por más específico o cuantioso que sea- es siempre inferior a la producción. Aunque, en este momento, no me acuerdo si produzco. Ante la imposibilidad de recordar determinadas cosas (por ejemplo, dónde dejé la bicicleta o un papel necesario), me refugio en el eufemismo de la "memoria selectiva", un verso que nos permite disculparnos por nuestros olvidos, porque se supone que nos acordamos de otras cosas más importantes o difusas y no de estas nimiedades cotidianas, que son igualmente las que te cagan (disculpen ustedes) el día... Entro en la etapa burguesa y hamburguesa en que me gustan más los promedios que los extremos -es la etapa en que uno está más redondeado, física y espiritualmente hablando-, y los memoriosos tipo Funes y los desmemoriados por completo abren esos extremos en los que no quiero estancarme, más allá de que los conozca o los visite de vez en cuando. Pero ni aun así debería olvidarse uno del cumpleaños de su pareja, o de un aniversario, pues debemos tener la presencia de ánimo o la viveza de anotar esas cosas si no se recuerdan (y acordarse de consultar la agenda), porque se puede cambiar el curso entero de una vida por un olvido de esa naturaleza; o por la naturaleza de ese olvido. Hay que acordarse también de regalar flores en esas fechas. Nomeolvides, por ejemplo. Texto: Néstor Fenoglionfenoglio@ellitoral.com |

TODOS LOS DÍAS.
MIÉRCOLES
SÁBADOS
DOMINGOS