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Edición del Sábado 08 de abril de 2006
Toco y me voy
Por la rejilla
Uno convive con las rejillas, los resumideros, tragaderos, desagües de baños, patios y cocinas. Esa convivencia es pacífica, o de mutua indiferencia, excepto cuando nos ponemos a pensar en el asunto. Vamos a ver por dónde pasa esta nota...

Hay siempre algo de ominoso, de misterio, de peligro latente en las rejillas, que de verdad son la frontera entre nuestro presunto mundo organizado y prolijo -el que va desde el piso a los tres metros de alto de nuestra casa- y otro desconocido, que no vemos y que a veces, ay, imaginamos. En baños y cocinas, está esa rejilla (nada que ver con el trapo, en este caso; ni con las papas, aunque comparte con ellos el "enrejado", el tramado pequeño por el que pasan ciertas cosas, y ciertas otras, no) que se resuelve en general en un cuadrado de plástico o metálico, plateado o dorado (antes de hierro) por el cual escurre el agua.

Hoy vienen unos diseños de lo más paquetes y elegantes para este cuadrado que comunica el ras del piso con cloacas y cañerías. Vienen, incluso, algunos que incluyen apertura o cierre completo, si así lo deseamos.

Del repaso de mis propios mambos con las rejillas, y de una breve y asistemática consulta a parientes y amigos, me he llevado muchas conclusiones que van desde cuestiones prácticas hasta higiénicas, desde estéticas hasta médicas. Yo no sabía que las rejillas, al fin y al cabo un cuadradito de miércoles que pasa inadvertido, la mayoría de las veces recibieran tantas reveladoras opiniones.

Hay gente, por ejemplo, que tiene terror a los bichos que pueden salir por allí: alacranes, cucarachas, ranitas (las cariñosas y simpáticas "coquitas" que te anuncian lluvia), otros improbables como anguilas o arañas gigantes, y otros seres directamente mitológicos o fantásticos, seguro producto de películas tipo "Allien" que promueven la aparición súbita de un ser asqueroso y peligroso que nos atacará implacable...

Entonces, esa gente, que construyó un resumidero para el agua, lo termina tapando con alfombras, trapos, rejillas (esta vez, sí de tela) y otros, con lo cual dejan de cumplir su función original. Gente que debe agacharse una y otra vez y acercarse a la rejilla (que odian y temen, aunque estén más en contacto con ella que otros que no le dan importancia al asunto) para taparla y destaparla, conforme quieren que se vaya el agua o no entre nada.

De la cuestión psicológica ni hablemos: vivimos descartando cosas, y queremos que por allí se vayan los líquidos pero que nada nos sea devuelto por ese mundo oscuro. Es como la bolsa de basura: la dejamos afuera de nuestra casa y de nuestra vida y que alguien se la lleve, no importa quién y no importa cuál sea el destino final. A veces, estas rejillas, por defectos constructivos, napas altas, lluvias cuantiosas o inundaciones se convierten en surgentes de líquidos putrefactos que nos son devueltos con rencor, una especie de venganza.

Tenemos también el caso del dibujante de esta columna, Luisito. Un tipo "normal" (y hagan con las comillas lo que quieran) pero que tiene terror, casi fobia, a poner la mano en el resumidero para limpiar o buscar algo. Teme que algo o alguien le muerda la mano, qué sé yo.

Sospecha que hay algo terrible esperando detrás del anillo que se cayó y que brilla ahí mismo, al alcance de la mano.

Otro clásico son los pelos, pelusas y pelusones que no pasan por la rejilla y que requieren que nos agachemos a recoger, con consecuencias imprevisibles.

Hay gente que vive tirando líquidos por allí, desde la vieja y clásica creolina (en mi pueblo, a un amigo le hicieron creer que con ese producto iba a tener más tamaño -no pregunten, por favor, esta columna está dentro del horario de protección al menor- y se lo aplicó generosamente: su alarido retumbó en varios pueblos a la redonda y a la cuadrada) hasta productos perfumados, desde solventes y ácidos hasta lavandina, con la esperanza de batir a un enemigo lábil y hábil, y encima ladino, citadino, aladino. No quiero preocuparlas, mis chiquitas, pero en algunos casos, sólo lo perfuman, y el monstruo vienen encima enojado y con anticuerpos.

Muchas cosas más podría incluir, meter, hacer pasar por la rejilla, pero se me van las ideas y los renglones. Y ya no se me escurre más nada.

Texto: Néstor Fenoglionfenoglio@ellitoral.comDibujo: Luis Dlugoszewskilzewski@yahoo.com.ar





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