Esta semana fue especial. Luego de los anuncios del acuerdo por el precio de la carne, la situación parecía haberse descomprimido. Pero la carne no bajó. La semana santa cortó por la mitad el caudal de animales en el mercado de Liniers y la situación se volvió a complicar.
El Presidente de la Nación, haciendo gala de su estilo intransigente resolvió solucionar la cuestión a su manera: decidió cambiar a uno de los negociadores. Reemplazó a Lisandro Salas por Guillermo Moreno, que deja el área de Comunicaciones para ocuparse de los precios.
Al parecer, las 4.757 cabezas del miércoles fueron el detonante de una situación que desvela como pocas al Ejecutivo. Porque el índice acordado de $ 2,40 para el índice novillo fue superado ampliamente, llegando hasta $ 2,476, con un alza del 3.4 %.
Semejante situación hizo dar marcha atrás con todo lo acordado, de manera que se vuelven a suspender todas las reaperturas graduales de las exportaciones, que con tanta pompa se habían anunciado.
Este es el primer cambio de nombres a niveles superiores, y evidencian la incapacidad del gobierno para manejar o solucionar el problema. Porque el enroque de funcionarios, lejos de avizorar una salida, parece conducir las negociaciones a un terreno más hostil entre las partes.
El Gobierno interpretó la escasez de oferta de la semana como un gesto amargo del sector ganadero, a lo que respondió con la dureza de siempre.
La ONCCA y Aduana volvieron a frenar la emisión de certificados de embarque, aún para las 13.000 toneladas de bifes que esperan ese permiso en puerto y que no están inhibidas por la suspensión.
La receta es la misma, es decir, cortar las exportaciones para garantizar la caída del precio, una estrategia que ha demostrado su fracaso desde el comienzo, pero que el Presidente y su gabinete se afanan en profundizar.
La carne no bajó, porque el "acuerdo" no incluía a los cortes más livianos -novillitos- que son los que consume el mercado interno.
También dieron marcha atrás con las pretensiones del sector ganadero de volver atrás con el tope del kilaje de faena, llevándolo de vuelta a los 260 kilos.
Como suele suceder, ante la falta de ideas se imponen los cambios de nombre. Cuando el Estado no sabe, no puede o no quiere dar soluciones de fondo a los problemas de la sociedad, apela a esta estrategia que cambia para que nada cambie.
Ahora habrá que negociar con un duro. El camino se muestra más difícil y problemático. La solución -como tantas que la sociedad requiere de manera imperiosa- requiere tomar el camino largo y esforzado que implican las políticas de estado, lejos de las conveniencias de los que actualmente detentan el poder. Como hacen nuestros vecinos, a quienes les estamos sirviendo en bandeja las grandes oportunidades que estamos dejando pasar. Cambian los nombres, la soga se vuelve a tensar y la Argentina se sigue dando el lujo de desperdiciar otra oportunidad. Que alguna vez la Patria se los demande.