Política nacional
La ilusión de la burguesía nacional
Los cortes de calles y de puentes volvieron a ser noticia en los últimos días. De Vido bendijo la presentación de una cámara de empresarios nacionales de la energía.

La semana fue corta pero cargada de componentes que sacaron de quicio al presidente Néstor Kirchner. Al empeoramiento de la relación con Uruguay se sumó al caos en que se transformaron las calles de Buenos Aires por la decisión de parte de los empleados de los subterráneos de transformar la suspensión del servicio que usan millones de personas en la moneda de cambio de sus reclamos.

Desde la crisis de los cacerolazos para acá, no hay político que deje de temblar cuando la calle se transforma en el espacio de disputa de intereses sectoriales. Kirchner, más que nadie, se autoimpuso límites que lo condicionan e impiden que tome decisiones de control del tipo de manifestaciones públicas como los piquetes, los cortes de calles y rutas o el hasta hace tiempo impensado corte de puentes internacionales.

Es una decisión que el gobierno viene justificando en lo que le dicen las encuestas, que indicarían que la gente soporta poco o nada los piquetes y cortes de calles, pero acepta menos aún la represión policial como forma de control de esas manifestaciones. De allí que, por ejemplo ante el conflicto de las papeleras, y estando claro para Kirchner que el gran motivo de debilidad en la posición negociadora de la Argentina son los cortes de los puentes, el gobierno central no haya hecho nada serio para ordenar la reapertura de los puentes.

El ideal del empresariado nacional

En ese contexto de problemas del día a día, que absorben por cierto el grueso del tiempo del gobierno, hubo esta semana un dato casi sorprendente, que arroja luz sobre la mirada de largo plazo del gobierno en relación a la transformación del modelo productivo consolidado en los años '90. Fue el lanzamiento de una cámara de empresarios nacionales de la energía, un evento que esconde en la entrelínea de los discursos una impronta poderosa y definidora de aquello que el gobierno vislumbra como el eje rector de su modelo de país productivo.

El pasado martes, sin demasiada suspicacia a la hora de elegir los dorados salones del Alvear Palace Hotel desde donde se construyó y difundió la religión menemista de la convertibilidad, la apertura irrestricta de la economía y la desaparición del Estado, unos cuantos y hasta hace poco ignotos empresarios lanzaron con todo el apoyo del gobierno una organización que, en la mirada de Julio de Vido, pretende darle sustento sectorial a la gran ilusión kirchnerista de un resurgir de la burguesía nacional; en este caso focalizada en el sector económico más estratégico, la energía.

El conglomerado de empresarios súper kirchneristas que da soporte a la nueva organización (Ceade, Cámara de Empresarios Argentinos de la Energía) agrupa a nombres ciertamente debutantes en el negocio energético, pero que han demostrado mucho más que sintonía fina con el ministro de Planificación, Julio de Vido. Marcelo Mindlin de Edenor y Transener; Alejandro Ivanissevich de Emgasud; Néstor Ick, presidente de Edese de Santiago del Estero o Armando Losón de Albanesi y Central Piedrabuena, son caras de compañías que están más que lejos de representar el núcleo duro del negocio energético en la Argentina, pero cuentan con la bendición oficial para salir a defender una postura pro burguesía nacional, que opere como contención del frente de las compañías transnacionales de energía.

Mindlin, ex hombre de George Soros en la Argentina, y ahora presidente de la Ceade, resumió lo que Kirchner quiere de los empresarios: manejar criterios de rentabilidad razonable, es decir, no extrema; adecuación gradual de los precios; participación estatal más inversión privada y manejo argentino de empresas de servicios públicos.

El fin y los medios

Con algún grado de desconfianza, ése al que induce la historia de los repentinos amores entre empresarios y gobierno, puede advertirse que -aunque no son empresarios peso pesados de la energía- se trata de los principales beneficiarios por los aportes de suman multimillonarias para el desarrollo de obras de infraestructura energética.

Formulada esa salvedad, vale la pena mirar la lógica que el gobierno quiere darle a su anhelada intención de un relanzamiento de esa burguesía nacional que el peronismo del '45 y el frondizismo supieron dar a luz. Un análisis de los medios que van siendo elegidos por Kirchner y De Vido para llegar a ese fin redentor de los hombres de negocios criollos, puede dar luz a algún grado no menor de dudas e incredulidad.

Cierto es que hasta ahora, y en múltiples situaciones, el gobierno nacional no ha tenido más remedio que transitar por el pasillo lateral y secundario que le deja el establishment, en búsqueda de nuevas alianzas de poder con empresarios y compañías. Y cierto es también que, en ese trámite, muchas de las alianzas se han cerrado con hombres de negocios que muestran tanta pasión por los llamados a licitación multimillonarios del gobierno como escasa coherencia en su pasado ideológico.

De todos modos, no habría que poner el dedo en la llaga del oportunismo de algún empresario, sino en la estrategia elegida por el presidente y su mano derecha para moldear esa ilusión de una economía en la que los principales resortes sean accionados desde el Estado en coalición con empresarios argentinos.

A río revuelto

Lejos de las alianzas estratégicas intersectoriales y con el Estado que caracterizan a las economías en donde la localmente llamada burguesía nacional mueve los hilos claves de la economía, por ahora aquí todo se parece demasiado a un juego de pescadores y recién llegados, que ante el río revuelto que dejó la crisis, hoy levantan redes llenas y ganan licitaciones millonarias sobre las que no se han puesto los debidos controles.

Así, del mismo modo que se alargan las distancias entre los discursos oficiales favorables a una nivelación de la distribución de la riqueza y los hechos concretos que apuntalan tal objetivo, frente a la cuestión de la idealizada burguesía nacional puede terminar ocurriendo lo mismo.

Nunca como ahora el Estado tuvo tanto poder económico y caja como para direccionar cambios en la economía, intentar reformas en la relación entre lo privado y lo público e impulsar con obra pública áreas estratégicas que son la base de un crecimiento sostenido. La pregunta, sin embargo, es sencilla y desalentadora: �se logrará ese objetivo si el único cambio importante consiste en reemplazar el núcleo de empresarios amigos de anteriores gobiernos por un grupo propio, que se aprendió el discurso que agrada a la Rosada, pero que carga con una pesada mochila de mañas?

Darío D'Atri (CMI)