La adicción es una enfermedad primaria, que afecta al cerebro, constituida por un conjunto de signos y síntomas característicos. Su origen es multifactorial, e involucra factores biológicos, genéticos, psicológicos y sociales.
Los estudios existentes demuestran que existen cambios neuroquímicos involucrados en las personas con desórdenes adictivos y que, además, hay una predisposición biogenética a desarrollar esta enfermedad.
Pero lo importante es saber que la adicción es una enfermedad tratable y que la recuperación de un adicto es posible.
El paradigma de la adicción como enfermedad primaria es de suma importancia para entender la dinámica del adicto y poder intervenir de manera adecuada. Se trata de un proceso que se va desarrollando a lo largo del tiempo y que, por tanto, cursa a través de diversas etapas. Las características de cada una de ellas cambian de acuerdo con la severidad del problema.
Los especialistas clasifican a las adicciones con un modelo unificado, que comprende dos grandes grupos: las de ingestión y las de conducta.
La neuroquímica de la adicción es mucho más clara ahora debido a las investigaciones realizadas en los últimos años. Se atribuye al sistema mesolimbico el locus del desorden adictivo.
Por otra parte, está lo que se llama "sistema delusional", conformado por conductas tales como la negación de la adicción, el autoengaño y las distorsiones del pensamiento, típicas de esta enfermedad. Este sistema atrapa al adicto en un círculo de deterioro progresivo que se va agravando con el tiempo.
Entre todo el abanico de adicciones frecuentes en estos tiempos, es evidente que la epidemia del consumo de drogas -tanto legales como ilegales- que nos impacta en la actualidad, ha despertado finalmente un alto índice de conciencia social al respecto.
De hecho, ha motivado a muchos a opinar acerca de las múltiples causas del fenómeno y a examinar los profundos desajustes sociales que estamos viviendo. Aun así es frecuente encontrar la actitud de esperar que alguien o algo nos resuelva este problema que sabemos que puede afectarnos a nosotros directamente o a nuestros hijos o familiares.
En esta vorágine de señalamientos se nos olvida, a veces, que todos tenemos una responsabilidad social de formar parte de la solución, no sólo con palabras, sino con hechos.
Cuando revisamos el rango de acción más asequible a todos nosotros, para poder actuar en prevención del consumo de drogas en los niños y jóvenes en formación, es necesario volver una y otra vez a la misma conclusión: la familia es la entidad donde debemos comenzar nuestros esfuerzos.
Sí, con nuestra propia familia, podemos comenzar de inmediato a planificar e implementar acciones concretas que lleven a preparar a todos nuestros hijos para tomar decisiones apropiadas en cuanto a consumo de drogas se refiere.
Es cierto que con sólo insistir en que digan "no a las drogas", no es suficiente. También es verdad que no hacer nada es la peor decisión que podamos tomar como padres.
Los enfoques modernos nos indican que la prevención por amenaza o castigo tampoco es efectiva.
Nuestros esfuerzos más bien deben fundarse en el fortalecimiento de los valores y habilidades humanas: la comunicación, la educación, el respeto mutuo y el amor familiar. Así como en el establecimiento de normas firmes, pero amorosas.
La familia es el núcleo social donde se forman nuestros ciudadanos. Es el grupo humano donde se transmiten los valores espirituales por medio del ejemplo. Por lo tanto, es sumamente importante que asumamos nuestra responsabilidad como padres o madres, líderes de familia, y equipemos a nuestros hijos con herramientas que les permitan una vida libre de drogas.
Para lograr un ambiente sano en la familia se necesita sólo buena voluntad, orientación adecuada y amor entre sus miembros.
Uno de los sentimientos más transcendentales en la vida de un ser humano es el que proviene de asumir la responsabilidad de brindar lo mejor de nosotros para el mantenimiento de ese ambiente familiar sano, que es clave para lograr en nuestros hijos la posibilidad de una vida libre de drogas.
Qué hacer en casa. Algunas de las habilidades concretas que es necesario reforzar en el seno de la familia para resistir la presión de grupos que pudieran afectar negativamente a algún integrante del hogar son:
* Fortalecer la capacidad de tomar decisiones personales.
* Enseñar a enfrentar los problemas.
* Promover la autoaceptación y autoestima.
* Fomentar la expresión de sentimientos.
* Ayudar a que florezca la capacidad de amar.
Todas estas habilidades son transmitidas por el ejemplo más que por otros medios. De manera que debemos revisar en nosotros mismos esas capacidades y fortalecer las que hagan falta, para luego poder legárselas a nuestros hijos.
Algunas familias son chicas, otras son más grandes. En algunas falta el padre o la madre, pero en todas es posible mejorar, con nuestro esfuerzo, el ambiente familiar.
El conversar con nuestras familias, a través de reuniones especialmente dedicadas a ese fin, es de suma utilidad. Luego de la cena, por ejemplo, podemos reservar 15 minutos para tocar los temas del día o de la semana y fortalecer de esta manera la comunicación.