Como todo, el diseño y los nuevos materiales hicieron desastres en la simple, hermosa, pedestre (en realidad, aérea) y útil percha, ese artefacto ideado para colgar la ropa cuando dejamos de usarla sobre nuestro cuerpo. Es cierto que hay una indefinición general desde los orígenes mismos de la percha. Los estudiosos aseguran, algunos, que es francesa y proviene de "perche", lo que es muy funcional a la industria de la moda que sostiene, con distinguida elegancia, ese país. Otros, del catalán perxa, y otros, del latín pertica.
Lo cierto es que percha se ha ido recluyendo al pedazo de madera, alambre o, puaj, plástico, en el que se puede colgar una prenda y que en general tiene una forma triangular, simulando la zona de los trapecios de una persona. En la base de ese triángulo, además, se pueden colgar pantalones u otras prendas. Y se ha dejado para la derivación "perchero" a los objetos de pie, en forma de silla algunos, otros como el tronco de un árbol con sus ramas, y que sirve para lo mismo, aunque aquí se cuelga la ropa menos ordenadamente. Si no salgo rápido de la descripción de qué cosa es una percha, me voy a seguir complicando, me cuelgo, me tildo y se termina todo acá.
Así que formalicemos el siguiente párrafo: convengamos que las perchas de antes eran de enorme calidad. Unos armatostes de madera con los que uno podía asesinar a la pareja de un solo golpe certero, armar cualquier mueble con tres perchas, esquiar, hacer un asado tremendo y hacer callar a todos los gatos de la cuadra de un solo perchazo rasante.
Los negocios que te vendían ropa no te mezquinaban (como ahora) perchas y, con un simple pantalón o una camisa, venía la percha de madera de regalo y ni qué hablar de un traje. Eran perchas de madera torneada, por lo que hasta simulaban la curvatura natural de unos hombros y espaldas en reposo.
También venían unas perchas de alambre grueso, recubiertas de tela. La tela se fue cayendo a pedazos de tanto uso y ahora quedan los esqueletos metálicos, aptos para sostener una media res, si es preciso.
Ahora vienen unas perchitas a las que da pena ponerles algo arriba. Y, si sobrevive alguna de madera, se trata de un triángulo pelado y nada de pretensiones. Porque, en general, la mayoría de las perchas son de plástico. Han incorporado, eso sí, ranuras para colgar bien el pantalón; o ganchos para determinadas prendas, o hasta broches para polleras.
La percha, como artículo popular que es, también pasó al lenguaje figurado con otros significados. En algunos Estados americanos, percha es la mujer solterona, y es conocida también la asociación entre percha y elegancia. "íTiene una percha!", decían las tías viejas sobre un señor, no necesariamente agraciado, pero sí erguido, pausado, a la moda o simplemente bien vestido.
Colguemos prolijamente este otro párrafo: hay gente que es muy sistemática en eso de colgar ropa en perchas. Una prenda por percha, y así en la casa hay cien perchas y se compran nuevas permanentemente. Otros amontonan varias prendas en la misma percha, que así se rompe más fácil.
Esa gente (y no tienen por qué sugerir que integro ese grupo) después se arregla lanzando sus calzoncillos, remeras, camisas y pantalones hacia diferentes ángulos de la pieza, hasta que aterrizan en alguna silla, algún cajón, el borde la cama o donde encuentran un sitio.
Por eso sostengo que, a veces, las perchas y los percheros son trampas para amontonar o postergar la correcta colocación de la prenda en su sitio. La ropa que usamos "pero que todavía no está para lavar" (una categoría extremadamente subjetiva rebatible con cualquier nariz ajena) se amontona y así convive con cierta promiscuidad hasta su nuevo uso o la decisión postergada de su pase a la sección lavado.
Está bien: lo asumo. Se pueden escribir muchísimas otras cosas sobre las perchas. Es probable que, en otro momento, el sábado próximo, agregue más detalles y observaciones un poco más atildadas. Pero ahora me voy a dormir una buena siesta y sanseacabó. Es que estoy hecho percha.
Texto: Néstor Fenoglio