Roberto Schneider
Cuando la mentira o la negación de los hechos se instalan en una familia, es muy difícil erradicarlas. En el caso de los Breuer es precisamente eso lo que sucede. Los Breuer parecen en apariencia una familia normal, y sin embargo queda muy clarito que no lo son. Tampoco son raros, se mueven mediante el absurdo de una cotidianeidad que va creando un universo propio: el de la hipocresía, la dejadez y la provocación.
Están acostumbrados a vivir de los otros, a que esos otros los sirvan, les provean lo que necesitan y el abuso es una de las armas que emplean para molestar, irritar y hasta ofuscar a los que por lástima o culpa los ayudan. El vivir de la caridad del otro es un tema caro a la sociedad argentina y los Breuer reflejan ese dato de una manera corrosiva, absurda, con impunidad y afán de llamar la atención.
Hay en los Breuer una divertidísima cuota de exhibicionismo, de sostener un "glamour" decadente, barrial, ése es uno de los aciertos de la propuesta. Esa familia tal vez vivió tiempos mejores, pero en el momento en que el público toma contacto con ellos, parecen inmersos en una crisis que no tiene fin, hasta que surge la idea de vender la casa que poseen los cuatro hermanos en Caima, "para construir un shopping" en un pueblo donde viven diez familias, con cines incluidos y toda la programación dedicada a Isabel "Coca" Sarli. Esa posible venta es el detonante de lo que vendrá después.
El restaurante La Cofradía está ubicado en pleno centro de la ciudad, Crespo 2673. Sus dos ambientes donde se atiende a los comensales tienen una exquisita calidez y en uno de ellos los Breuer se mueven expansivamente, haciendo partícipes de sus historias al público. En ese escenario tan real, como familiar el comensal-espectador puede observar a tres matrimonios: Norma y Marcelo (el motivo de la "picada" es el cumpleaños de él), que no pueden tener hijos. El es un obsesivo y ella es una docente "con tres años de licencia por agotamiento"; Julio y Cecilia, los mayores, que no se dan ni cinco de bolilla; Rubén y Silvia, que están muy mal y a punto de divorciarse. También hay otro hermano -Diego- que es soltero y policía, y están Juan y Celeste, los hijos de Julio y Cecilia, y Daniela, la novia de Juan.
En "70 minutos con la familia Breuer" -la nueva, inteligente y divertida propuesta de Andamio Contiguo-, con textos de Norma Cabrera y dirección general y puesta en escena de Silvia Debona sobrevuelan varias miserias humanas. Con diálogos que se apoyan más en los recursos actorales que en la dramaturgia, que obviamente sirvió como disparador de las historias de cada uno de los integrantes de tan particular familia. La pieza hereda en parte la tradición de esas familias teatrales argentinas, por las que se filtra un estilo grotesco y absurdo que invita a la risa, pero detrás de esa fachada se esconden la miseria y el temor típico de aquellos que no quieren ser abandonados.
Debona diseña una estética actual -y de decadencia- mediante un entramado de sólidos recursos escénicos. Define claramente las particularidades de cada personaje y permite el lucimiento de su magnífico equipo de actores. Cada uno de ellos -se advierte claramente, sin duda alguna- disfruta de su rol. Por estricto orden alfabético Daniela Arnaudo, Rubén Belenguer, Julio Beltzer, Juan F. Bressán, Silvia Debona, Cecilia Mazzetti, Celeste Medrano, Diego Rinaldi y Marcelo Souza entregan la pasión necesaria y sus excelentes dotes actorales al delirio permanente, sólo apaciguado por escasos momentos. Y dejamos fuera de la lista a Norma Cabrera: su rol de mujer que organiza la fiesta y quiere que todo salga bien, mientras su angustia por no poder ser madre le corroe el alma... no tiene desperdicio.
Pero en esta nueva producción de Andamio Contiguo hay más. Tras la risa por el humor permanente del montaje se puede reflexionar una vez más que la vida, la muerte, la infancia, el sexo, la política y el pasado y el presente son temas eternos en la existencia humana. Entrar en ellos es descubrir intersticios dramáticos u olvidados que pueden resurgir con fuerza arrolladora y enquistarse en el hoy con mirada profunda y deseos irrefrenables de comprensión y ternura. 70 minutos alcanzan para estar junto a la familia Breuer. Y hay que acompañarla. Porque, como dice uno de los personajes, "la familia es una virtud".