Toco y me voy
Y que los cumplas feliz
A las velas tradicionales, para alumbrar y para "velar", a las ornamentales o aromáticas, se suman también las de los cumpleaños. Dos cosas les voy a decir: esta nota es una joda; y a soplar que se acaba el mundo. Con la carencia de temas (o la dispersión hasta el infinito) cotidianos capaces de ser (mal) tratados por esta columna, yo no voy a largar tan fácilmente uno con potencialidades, o lo voy a compartimentar tanto como pueda. La semana pasada, hablábamos de las velas, de su serena declinación o su adaptación hacia fines decorativos u otros. Y alguien hizo la observación de que no debía olvidarme de las velas de cumpleaños, su evolución, su realidad, su variedad y su significado. Una nota en sí misma y no un mero párrafo subsidiario de la nota general sobre las velas. Bueno acá estamos. Un primer problema de las velas celebratorias de cumpleaños es que también hay velas para velar: enfermos y muertos. En las salas de velatorios, con una estética de dudoso gusto que igual el principal agasajado ya no puede ni disfrutar ni criticar, hay velas o réplicas electrónicas de velas. Por supuesto que hay un origen común y es religioso: las velas en muchos ritos se encendían para hechos alegres y otros no tanto, para celebrar y lamentar, para recibir la vida y para dolerse cuando "la llama de la vida" se apagaba. Esta parte, las de los cumpleaños, es más ramplona, ligeramente jodona, levemente herética y mucho más prosaica, más canchera: ahí estamos todos los grandotes alrededor del nene o la nena o el nono o nona o alrededor del cumpleañero, que está frente a la torta y hay que hacer algo. Así que apagar una vela o tantas como años se cumplan es una forma simpática que genera alegría, cánticos alusivos y el simbólico apagado de las velas que despiden todos los años anteriores (una larga despedida renovada todos los años) y reciben al nuevo. Y porque después por fin se puede mandar cuchillo a la torta y pasar a los brindis de sobremesa, que son tan lindos, pues terminan de mamar al que venía con un balazo en el ala, alegran al remiso, le afloja las manos y la lengua a los manolargas y lenguaflojas y genera un vientito de mundanidad bárbaro, so pretexto de agasajar al agasajado. Estas velas, como todo, también tuvieron su evolución, desde la grosera vela blanca que se usaba para los cortes de luz, hasta finas velitas trabajadas, sexuadas rosadas o celestes, desde velas con números, hasta otras que traen groseros fuegos artificiales incorporados. En un tiempo, y todavía ahora en algunos casos, se alinean tantas velitas como años se cumple. Es simpático el sistema, aunque se vuelve oneroso cuando uno debe "cantar las cuarenta" y de ahí para adelante. Ochenta velas es un presupuesto, por ejemplo, además del riesgo de perder al homenajeado (o su dentadura postiza, una delicadeza) en el proceso del soplado artesanal. En su reemplazo, la versión económica con el número dibujado genera una sola vela (para los menores de diez años) o dos para los diez en adelante. El sistema es piola, pero requiere de varios encendidos porque un solo soplido no alcanza ni para las fotos ni para incentivar el clima de jolgorio que un cumpleaños merece. Además tenés esas velas que se vuelven a encender solas después del primer soplido, con lo que se soluciona el problema del encuadre de las fotos; pero luego las sucesivas reiteraciones generan un insoportable y hasta tristón sentido de falsa alegría, es como volver a pasar el programa de las lágrimas de Mirtha Legrand: en vivo y en directo, están bien, son genuinas y auténticas, fingidas o no; ahora repetidas hasta el cansancio, arman un backstage de alegría impostada que termina oponiéndose al sentido inicial de la celebración. Por último, tenés esas velas que parecen obuses y que pueden causar una tragedia en cualquier momento: un chorro fragante a pólvora que no puede ser soplado y al que hay que esperar, no sin cierta angustia, a que se apague. Y ya se termina la página y el artículo, aunque siento que este tema da para más. Por ahí lo seguimos más adelante. Hasta que las velas no ardan. Texto: Néstor Fenoglio nfenoglio@ellitoral.com |
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