De la alianza entre la simpleza y la belleza no puede salir otra cosa que la sabiduría, en este caso, de ver un pequeño mundo perdido al sur de Mongolia, en pleno desierto de Gobi, en donde sus sufridos pero, a la vez, felices habitantes luchan por la supervivencia con sus animales, ovejas, camellos y las inclemencias de las tormentas. Viven en carpas, carecen de electricidad y tienen una ingenuidad conmovedora. El filme se instala en el seno de una familia compuesta por niños, padres y abuelos. Viven en una rutina de paisajes y costumbres, sin pretender más que vivir lo suyo.
Los cineastas Byambasuren Davaa y Luigi Falorni se propusieron en un principio hacer un documental sobre estas gentes simples, pero un hecho fortuito alteró tanto esos planes como la plácida vida de sus protagonistas: el nacimiento de un camello blanco, luego de un parto muy difícil que llevó dos días de atención, y el posterior rechazo de la mamá camello de tal cría. Puesto esto en el centro de la atención, todo el trabajo se vuelca a salvar a la cría cuya madre no le permite mamar. Pasan los días y todos los intentos fracasan, hasta que alguien recuerda que mediante la música puede destrabarse la situación.
Dos de los hijos parten al pueblo más próximo en búsqueda de un músico. Pero también el viaje, el descubrimiento de los niños de casi otro mundo, en donde hay televisión y videojuegos, forman parte de la mirada de los realizadores que, a través de una anécdota central, se mantienen atentos a su idea original, para mostrar cómo la inocencia es arrastrada hacia otros territorios muy contaminantes, sobre todo, del espíritu. Este acento está en toda la película, mientras nuestro camellito protagonista es salvado poco a poco de su desgracia de aparecer huérfano.
Cuando llega el músico, empieza un ritual extraño, que comienza con colgar un violón en la giba del animal, y hacerle entrar en la sensibilidad de la caja y del viento. Luego, vendrán el canto y la ejecución, mientras la cámara se regodea en registrar cada movimiento, cada mirada, buscando el milagro del camello que llora. Es un momento privilegiado de cine, en donde imagen y sonido confluyen en ese paisaje de lo humano en donde los misterios hacen lo suyo, casi al margen de la razón y del conocimiento. Lo importante es que lo creemos todo, quizás gracias a la poesía, esa hacedora de verdades bellas.
El filme se encarga de mostrarnos esta realidad que sucede en este planeta con parte de nuestros contemporáneos que, lamentablemente o no, serán alcanzados por un progreso que llega en el mismo momento que la electricidad, "que nos cuesta un rebaño entero", como dice uno de los hijos. Pero no importa, los nativos de este lugar todavía conocen secretos propios y la música es uno de ellos. Davaa y Falorni no solo consiguen un filme de belleza incomparable, sino que calan hondo en ese hombre sin malicia, desprovisto de crueldades, que en algún lugar existe y a quien el coro de sus pares, en una inmensa ceremonia, alguna vez rescatará del anonimato en que ahora vive.
("Die Geschichte vom wienenden kamel", Mongolia/Alemania, 2003). Dirección y guión: Byambasuren Davaa y Luigi Falorni, sobre una idea de B. Davaa y Bathayar Davgadorj. Fotografía: Luigi Falorni. Música: Marcel Leniz, Marc Riedinger y Coigiw Sangidorj. Montaje: Anja Pohl. Asistente de cámara: Sebastián Grandt. Intérpretes: Odgerel Ayusch, Enkhbulgan Ikhbayar, Unganbaatar Ikhbayar y Ikhbayar Amgaabazar. Duración: 90 min. Presentada por IFA en el América.