El escritor peruano Santiago Roncagliolo llegó a la Argentina para presentar "Abril rojo", novela por la que obtuvo el Premio Alfaguara y que narra en clave de thriller las consecuencias de la guerra que enfrentó al gobierno peruano y al grupo terrorista Sendero Luminoso durante la presidencia de Alberto Fujimori.
Nacido en 1975 en Lima, la vida del joven Roncagliolo cambió radicalmente en febrero pasado, cuando su novela se impuso a otros 510 manuscritos que optaban al Premio Alfaguara. Desde entonces, un tour maratónico lo pasea por España y varias ciudades latinoamericanas aportándole un rico anecdotario que se puede consultar en su propio blog, www.elboomeran.com.
Como sus compatriotas Alfredo Bryce Echenique, Mario Vargas Llosa y Jaime Bayly, el escritor se radicó en Europa -primero en Madrid y desde hace unos meses en Barcelona- y, al igual que ellos, parece haber encontrado en la distancia geográfica el mejor estímulo para retratar con crudeza y sin atenuantes a su país natal.
"La distancia siempre ayuda a tener perspectiva -aseguró Roncagliolo al ser entrevistado-. Por otro lado, escribir es una manera de regresar y de darle sentido a las cosas. En la vida las cosas ocurren contradictoriamente y en muchos casos sin sentido, pero la novela siempre genera la ilusión de que las cosas sí lo tienen. Perú es un país enfrentado que no reconoce que está enfrentado. Y cuando estás adentro, es difícil detectar eso".
"Abril rojo" narra la historia de Félix Chacaltana Saldívar, un fiscal de distrito solitario y amante de la poesía que recibe el encargo de investigar un crimen ocurrido durante la Semana Santa de 2000 en una localidad llamada Ayacucho.
Ese crimen es el inicio de otros, perpetrados por un asesino serial que parece invocar ritos religiosos para cometer sus acciones. En el medio de esta escena, el gobierno de Fujimori prepara un fraude electoral y el grupo terrorista Sendero Luminoso ha sido oficialmente exterminado.
"El libro refleja lo que piensan muchas de las personas que tienen mi edad: somos los primeros que escribimos de este tema y cuando ocurrieron los episodios que se narran éramos niños, así que no estamos sospechados de pertenecer a un lado o al otro -destacó-. Más bien, estamos horrorizados por los dos bandos.
"No soy pesimista como algunos creen. Lejos de eso, creo que soy el único peruano optimista, porque soy partidario del cinismo como filosofía política: he visto a tanta gente cometer atrocidades en nombre de sus ideales que prefiero que no los tengan y digan en cambio a quién representan y qué grupos de intereses tienen detrás para sentarse a negociar", definió.
La novela de Roncagliolo combina los elementos más vibrantes del thriller con una formulación que bien podría asociarse a una novela política, en tanto examina la barbarie cometida por Sendero Luminoso y cuestiona el aparato represivo desplegado por el Estado para combatir al grupo, desde las cremaciones ilegales de cadáveres hasta la irregularidad de los procedimientos policiales y la violencia ejercida en las cárceles.
"Creo que el agravante del terrorismo de Estado ejercido por el gobierno peruano es que, a diferencia de lo que ocurrió en Chile, la Argentina o Uruguay, los villanos no son tan claros: en los países mencionados los perpetradores de la barbarie no habían sido elegidos por el pueblo y tenían un maquinaria de la muerte perfectamente montada", explicó.
"En Perú, en cambio, la mayor parte de los desaparecidos y de los muertos fueron víctimas de gobiernos democráticos y civiles -indicó el escritor-. De alguna manera, todos somos responsables de lo que ocurrió: nosotros elegimos a nuestros asesinos y luego a nuestro dictador para que nos los quiten de encima. Y todo esto es mucho más difícil de asimilar para la sociedad peruana".
Roncagliolo es autor del libro de relatos "Crecer es un oficio triste" y de otras dos novelas, "Pudor" y "El príncipe de los caimanes", obras que no ocultan su cepa inocultablemente cinematográfica.
"Me interesa trabajar con materiales que por lo general la mayoría de los escritores desprecian: me refiero a la cultura popular y en especial al cine -señaló-. Crecí con una literatura que ya no narraba historias, con exponentes como Guillermo Cabrera Infante, James Joyce y William Faulkner, que dejaron de contarlas para experimentar con el lenguaje y las formas", aseguró.
"Ese proceso dio novelas excelentes, pero a mí no me marcó tanto: mi referente narrativo a la hora de contar historias fue siempre el cine -acotó el autor-. Conozco muchos escritores que se sienten orgullosos de ser ilegibles y que sostienen que la literatura consiste es escribir cosas que nadie pueda leer o entender del todo.
"Yo empecé a escribir en un mundo muy distinto a los que arrancaron en los '80... Ni hablar del abismo que existe con las generaciones anteriores. Vargas Llosa, por ejemplo, me contó una vez que en su generación los escritores se avergonzaban de ganar dinero y que si lo llegaban a hacer se sentían culpables. Eso a mi generación le parece absurdo", apuntó.
La disparidad de generaciones también está representada en el género literario elegido por Roncagliolo y otros colegas como su compatriota Bayly o el colombiano Santiago Gamboa: si entre los '60 y los '70 el género emblemático por excelencia en América Latina fue el realismo mágico -que reflejaba la realidad en un registro levemente candoroso-, a partir de los '90 las preferencias migraron a la "oscuridad" del thriller.
"En primer lugar, antes era imposible hablar de un tema social con una novela de género tan cinematográfico como la mía. El siglo XX es el siglo en que el hombre juega a ser Dios: explotan las utopías políticas y las vanguardias artísticas. Es el siglo donde la política se vuelve revolucionaria y la ciencia lleva al hombre a la luna", evaluó el escritor.
"Sobre el final de este siglo, sin embargo, descubrimos que las utopías terminaron por ser el camino más largo del capitalismo... hacia el capitalismo. Y que las propias vanguardias artísticas y la experimentación formal han perdido credibilidad. Antes había grandes marcos ideológicos y teóricos que encerraban la realidad, pero hoy la gente se volvió más escéptica y más ácida... y el humor negro reemplaza por fin a las consignas políticas", concluyó Roncagliolo.