Quienes hemos caminado la vida de la mano de la docencia conocemos el valor que tiene el cuento en la formación de los niños. Y no sólo por el aporte que hace desde lo lingüístico y desde su estructura narrativa, sino por ese gran placer que produce leerlo o escucharlo leído.
Una vez más, Lidia Lobaiza de Rivera deposita en nuestras manos un racimo de cuentos que nos conmueven en lo más íntimo y esto constituye un verdadero regalo, tanto para los niños como para los adultos.
Los docentes sabemos que la literatura no necesariamente debe llevar implícita una enseñanza, pero también sabemos que las narraciones de las que se desprenden conclusiones valiosas nos resultan sumamente apropiadas para trabajarlas desde el aula.
En tal sentido, Lidia pone a nuestro alcance temas que jamás podrían ser soslayados por la educación, como por ejemplo la solidaridad y el sentido de previsión que se desprenden del cuento: "La casita de Pirulín", o la universidad del amor y la importancia de la familia que, trascendiendo la magia, surgen de: "Cuando florezcan las violetas".
Por otro lado, nos acerca tanto a la realidad de nuestro medio que, de a ratos, creemos percibir el aroma del paisaje del río, o de la cañada corondina, los sonidos de las aves de la zona, la intensidad de los vientos, el brillo de los peces. Y nos emociona al hacerle repetir a la perdicita desobediente, cuando alerta a sus hijos, los mismos consejos que su mamá le daba cuando era chica. Hay allí una humanización profunda y nos sentimos mimetizados con ese animalito que recién en la adultez comprende los temores de su madre. Hace, entonces, un verdadero rescate de la importancia de escuchar los consejos de los padres y obedecerles.
Estos son sólo algunos ejemplos, pero, en general, en todos sus cuentos nos ofrece una sutil exaltación de los valores que son básicos en la formación de la niñez.
Prof. Martha Rossini de Goldi