Al margen de la crónica
El tiempo no se detiene

Mueren miles en un terremoto, nacen cientos en otro país, en un atentado matan niños en nombre de la paz. Las efemérides dicen que ya pasaron diez, veinte, cincuenta años de aquello que cambió al mundo. Desaparece del calendario una hoja más, llena de marcas, tantas como obligaciones y recordatorios, que deberían ser tantas como razones para celebrar.

Los índices y estadísticas se publican, se comparan, se desactualizan y se devoran unos a otros sin dejar margen siquiera para imaginar rostros detrás de las cifras. El espanto y la sorpresa se suceden como instantáneas a medida que avanza el día y las noticias se disparan delante de nuestros ojos, apurados por ver lo que sigue.

Pero no se puede parar, no hay tiempo. La agenda marca hora tras hora un vértigo del que se sale sólo para tomar aire... y seguir corriendo.

Todo indica que hay que moverse y es un imperativo del que no se salvan siquiera los enfermos ni los prudentes. No hay publicidad para lentos; todo está hecho para que sobre tiempo y se pueda utilizar en otra cosa sin perderse nada, aunque se pierda lo demás.

En el sinsentido de la velocidad caen todos, hasta los chicos, dueños ya de su propia agenda que les indica cómo hacer para seguir en carrera hacia un futuro al que posiblemente lleguen cansados y un poco viejos de tanta exigencia.

Termina el mes y a los flacos bolsillos se suma la sensación de que todo pasa volando y que otro año amenaza con dejarnos pronto. Queda tiempo para renovar promesas, para lamentarse por lo no leído, por lo no conversado, lo no vivido, lo no solucionado, lo no aprendido.

Una página on linemuestra en cuenta regresiva cuántos días, horas, minutos, segundos y hasta milésimas restan para que comience el Mundial. Y uno -que espera como tantos que llegue el momento de quedarse sin aliento ni voz frente al televisor- apenas reacciona ante un reloj que corre implacable y nos pone a todos en tiempo de descuento.