Homenaje a Jorge Luis Borges

Mario Molfino

"De todas las ciudades del planeta, de las diversas e íntimas patrias que un hombre va buscando y mereciendo en el decurso de sus viajes, Ginebra me parece la más propicia a la felicidad". Esta aseveración de Jorge Luis Borges en "Atlas" siempre me intrigó. Su dramática despedida de Buenos Aires y de sus amigos, su agonía y muerte en Ginebra y las circunstancias extrañas que la rodearon, me incentivaron a viajar y recorrer los sitios donde el poeta vivió una parte de su vida. Mi admiración por la obra del poeta hizo lo demás.

"Cuando en Ginebra o Zurich, la fortuna / Quiso que yo también fuera poeta".

Planifiqué cuidadosamente el itinerario borgeano antes de partir, buscando las señales en su propia obra y en sus testimonios.

Llegué a Ginebra a principios de mayo, en plena primavera y lo primero que hice fue marcar en un mapa de la ciudad, todos los puntos de interés.

Las cruces en los sitios parecían un juego de azar sobre el mapa, casi como un laberinto.

Recostada a orillas del lago Leman, donde nacen los ríos Ródano y L�Arve, Ginebra es sede de organismos internacionales, como UNICEF, la Organización internacional del Trabajo, la Cruz Roja Internacional y quizás el principal centro de la Banca Suiza.

Después de Vancouver, es la de mayor calidad de vida del planeta. Es una ciudad de convergencia, contradictoria y enigmática.

Se cuenta allí que los jeques árabes llegan con sus esposas e hijos al exclusivo Hotel D�Anglaterre y mandan a sus sirvientes a las tiendas a comprar todo tipo de artefactos electrónicos que a su partida dejan en las habitaciones. Sólo para que los niños se entretengan mientras ellos convierten sus petrodólares en francos suizos.

A unas pocas cuadras de allí, al Sur de la misma avenida (siempre el Sur) en otro edificio austero y con la bandera de la ONU, se hacen planes para combatir las fenomenales hambrunas y el sida en los países del Tercer mundo.

"A diferencia de otras ciudades, Ginebra no es enfática. París no ignora que es París, la decorosa Londres sabe que es Londres, Ginebra casi no sabe que es Ginebra". Estas palabras me acompañaron en toda mi estadía.

Esa noche apenas pude dormir. Quizás la cercanía del cementerio de Planpalais, cuyo parque divisaba desde mi ventana al atardecer, y el silencio (un patrimonio suizo junto con los relojes y el secreto bancario), hicieron de mi sueño una letanía de imágenes amarillentas del escritor. Se mezclaban en una bruma los poemas que había leído y releído, su voz temblorosa, sus desventuras amorosas y tantas cosas que revela el insomnio y no descifra la vigilia.

"�En cuál de mis ciudades moriré? / �En Ginebra, donde recibí la revelación, / no de Calvino ciertamente, sino de Virgilio / y de Tácito?".

Eran las 9 de la mañana de un domingo soleado cuando me detuve frente a la reja verde en el 10 rue des Rois, en el centro de la ciudad. Un enorme cerezo en flor sombreaba el ingreso al cementerio. Una pareja de ancianos caminaban lentamente por los amplios senderos, que se bifurcaban entre las delicadas y exóticas Sophora japónica de flores color crema. Tomé un mapa en la entrada y señalé las tumbas que me interesaba visitar.

Alberto Ginastera, célebre compositor argentino exilado fue mi primera sorpresa. Yacía a unos pocos metros de la tumba de Borges.

Hacia allí me dirigí. Estaba señalada bajo un añoso ciprés con el número 735- D 6, en este recoleto parque donde están las austeras tumbas de los suizos de estirpe.

El único túmulo rodeado de florecillas azules naturales y unas rosas pálidas en el centro, era el del poeta.

Me detuve y leí el epitafio horadado en la piedra gris claro:

"Jorge Luis Borges 1899-1986", una cruz gálica y un grabado con siete guerreros con la inscripción "An ne forhtedon na" escrito en anglosajón, verso final de un poema conocido como "La batalla de Maldon" de finales del siglo X, cuya traducción es "Y que no temieran". El poema era parte de una arenga de un caudillo sajón a un grupo de soldados que en el 991 están a punto de batallar contra los noruegos.

En el lado posterior aparecen unas palabras escritas en nórdico: "El tomó su espada, Gram, y colocó el metal desnudo entre los dos". La frase deviene de una saga preferida de Kodama y Borges.

Más abajo, casi rozando el pedregullo: "De Ulrica a Javier Otárola", nombres que usaban el poeta y María Kodama en la intimidad, salidos de los personajes de uno de sus cuentos.

Me senté frente a la tumba, en el único banco que hay en el parque. Me alcanzaba la sombra del ciprés, y también la emoción. Si bien por convicciones jamás voy a los cementerios, porque creo firmemente en la inmortalidad del espíritu, el escenario era conmovedor. El genio no estaba allí, sólo su ropaje.

"Aquí bajo los epitafios y las cruces no hay casi nada.

"Aquí no estaré yo. Estarán mi pelo y mis uñas, que no sabrán que lo demás ha muerto, y seguirán creciendo y serán polvo".

El sol del mediodía achataba las sombras de las sophoras y de los Buxus sempervirens, curioso nombre de un arbusto para un cementerio. Esta paradoja le hubiera gustado a Borges, pensé.

La muerte cara a cara con lo que pervive en el tiempo, uno de sus grandes enigmas. Hacia la salida, encontré la tumba de Calvino, reformador del cristianismo, que es la más antigua de todas (1564) y de una sobriedad evidente, con las iniciales J.C. (Jean Calvin) sobre el mármol blanco. Jean Piaget, el padre de la epistemología, también yacía allí, muy cerca de la tumba de Sophie Dostoievski, hija del célebre escritor ruso.

Más tarde caminé hacia la Vieille Ville, en el sur de la ciudad, con sus callejuelas medievales, sus fuentes de agua cristalina rodeada de flores y en la Place Du Bourg-de-Four, encontré el café que solía frecuentar el poeta cuando visitaba la ciudad.

Gente de todas latitudes, con cara de domingo a la mañana, hablando los idiomas más insólitos y yo tratando de descubrir sus países de pertenencia. Diplomáticos, estudiantes, turistas, funcionarios de algún país remoto; un conjunto glamoroso tan propio de Ginebra, ciudad de viajeros.

Curiosamente, a metros de la placita adoquinada, divisé un cartel que decía en francés: Biblioteca Braille - Libros hablados. Otra sorpresa, otro hilo hacia el poeta. No muy lejos de allí, trepé por la Grande Rue, y encontré el edificio con ventanas espejadas (otra paradoja borgiana), en el número 28, segundo piso, donde el escritor trabajó hasta sus últimos días.

Él, que no quiso hacer de sus últimos días un espectáculo mediático, moriría el 14 de junio de 1986, a los 87 años, detrás de los espejos.

Una pequeña placa de mármol incrustada en una pared, con el poema en francés del libro "Atlas" que cito al comienzo, indica el sitio.

Luego visité la Rue de Malagnou, 17, donde vivió con su familia en su adolescencia, hoy una casa de dos pisos y altillo en medio de un paseo arbolado, sede de un Instituto de Arte. El viejo edificio dejó paso al ensanche de la avenida que lleva a Chamonix, en Francia.

Pasé por el College Calvin, donde hizo la secundaria con su hermana Norah. Allí aprendió el francés, empezó a leer a los clásicos y escribió sus primeros poemas.

"Le debo, a partir de 1914, la revelación del francés, del latín, del alemán, de Conrad, de Lafcadio Hearn y de la nostalgia de Buenos Aires. También la del amor, la de la amistad, la de la humillación y la de la tentación del suicidio".

Al caer la tarde, caminé por la Promenade de la Rive Gauche del lago Leman, flanqueada por simétricos jardines de tulipanes de colores que jamás pensé que existieran, árboles de magnolias blancas y púrpuras, cerezos y con el fondo de los Alpes todavía nevados. Pensé que el paisaje seguramente no era el mismo que habría visto Borges.

"Y el incesante Ródano y el lago,/ Todo ese ayer sobre el cual hoy me inclino".

"Las grandes sombras de Calvino, de Rousseau, de Amiel y de Ferdinand Hodler están aquí, pero nadie las recuerda al viajero. Ginebra, un poco a semejanza del Japón, se ha renovado sin perder sus ayeres. Sé que volveré siempre a Ginebra, quizás después de la muerte del cuerpo".

Puedo decir, Borges, que te he visto en cada rincón que visité. Pude ver quizás lo que tú mismo viste, aunque las aguas del Ródano, como el río de Heráclito el Oscuro, no sean las mismas.

Aunque sé que también estás en las quintas de Adrogué, en el barrio de Palermo, en la calle Maipú y �por qué no?, también en la Recoleta.

Proféticamente, en "Fervor de Buenos Aires" ya decías: "Esta ciudad que yo creí mi pasado/ es mi porvenir, mi presente;/ los años que he vivido en Europa son ilusorios/ yo estaba siempre (y estaré) en Buenos Aires". Creo que es así.