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Rosa Gronda
Con estilo elegantemente burlón y la renovación del compromiso con una forma de narrar, coherente entre el planteo estético e ideológico desde hace más de cuarenta años, esta nueva y esperada película del lúcido maestro de la nouvelle vague se traslada a París, para poner en escena un tema muy actual: la corrupción en las altas esferas del poder.
La historia se inspira en un sonado escándalo que, a principios de los noventa, envolvió a una megaempresa petrolera estatal francesa. Chabrol elige apartarse de hechos y personajes concretos, lo que además aclara explícitamente desde el comienzo, con una leyenda más que visible a modo de epígrafe.
Entre la ironía y la denuncia, su mirada está puesta en los mecanismos del poder en sus distintas esferas: política, económica, judicial, pero también y sobre todo personal.
Para observar los íntimos lazos que vinculan finanzas y políticas, elige por un lado, la óptica de la Justicia en el personaje de una implacable jueza de instrucción, magistralmente interpretada por Huppert, decidida a investigar hasta las últimas consecuencias y caiga quien caiga.
"No me interesa la imagen de la justicia, me interesa la justicia", enfatiza esta nueva variante de heroína chabrolliana, mezcla de mujer fatal y justiciera, tal como lo indica su sugerente apellido "Charmant Killman" o la elegancia de sus polisémicos guantes rojos.
Más que por ambición o prestigio, su móvil es la obsesión de justicia, algo que no comprenden ni sus víctimas ni sus mismos superiores, campeones de la hipocresía y las apariencias.
Por otra parte, están los empresarios enjuiciados por solventar sus lujos personales con dineros públicos, quienes sumergidos en los círculos de poder, han perdido toda perspectiva: "No digo que sea ético, digo que es normal" afirma uno de ellos.
Chabrol no parece estar tan interesado en llegar al final de los hilos de las marionetas sino en mostrar la importancia del proceso, la siniestra e inasible urdimbre del poder. Para eso recorre una galería de personajes secundarios caricaturescos que toman champán y fuman gruesos cigarros, de los que nunca llegaremos a saber hasta qué punto están comprometidos.
Paralelamente a la efectividad de su actuación pública y al ascenso de su notoriedad que la impulsa a figurar en las tapas de revistas, la jueza asiste al derrumbamiento de su vida privada, aunque pretende ignorarlo. El registro de ese matiz vulnerable es uno de los aspectos más originales del filme, sumado al contrapunto que se establece con su enigmático sobrino, la única persona que sabe escucharla y que mantiene una ubicuidad incluso moral sobre todas las situaciones.
"La comedia del poder" no está a la altura de lo mejor en la extensa filmografía del director francés, que en ocasiones se vuelve un tanto reiterativo. Sin embargo sigue siendo un placer asistir a sus guiños irónicos y disfrutar de la formidable actuación de Isabelle Huppert.
Alejado del clasicismo, el maestro no sigue el molde de una historia policial y acota los momentos de suspenso o intriga. La historia no es lo importante para él sino el juego de poder entre la jueza y sus acusados, de ahí que el mismo desenlace quede en suspenso.
Confeso pesimista, Chabrol no quiere dar falsas esperanzas ni finales heroicos, su filme opera como un grito en el vacío.
Origen: Francia, 2005. Dirección: Claude Chabrol. Guión: Odile Barski y Claude Chabrol. Actores: Isabelle Huppert, Fran�ois Berleand, Patrick Bruel, Maryline Canto, Robin Renucci, Thomas Chabrol, Jean-Fran�ois Balmer, Pierre Vernier. Director de fotografía: Eduardo Serra. Montaje: Monique Fardoulis. Música: Matthieu Chabrol. Producción: Patrick Godeau. Duración: 110 minutos.