La vuelta al mundo
El Papa y el Islam

Rogelio Alaniz

Apuesto doble contra sencillo que ninguno de los que en nombre del Islam salen a la calle para insultar al Papa leyó la conferencia que brindó en la Universidad de Ratisbona. Diría, además, que no les interesa demasiado enterarse de los contenidos de una exposición dada en el más alto nivel académico, porque en definitiva les importa más la guerra santa que las consideraciones que Ratzinger haga sobre teología y razón y sobre fe y violencia.

Para quienes consideran que Occidente es el demonio y que la única fe revelada es la de Alá, es más cómodo ceñirse a una frase sacada de contexto que aceptar otros puntos de vista o interiorizarse de la complejidad de un pensamiento. En realidad, los que deberían estar ofendidos por las palabras del Papa no son los musulmanes, sino aquellos representantes del pensamiento iluminista, a quienes durante largos párrafos el Papa cuestiona por la visión escéptica o instrumentalista de la fe que tienen. Más que discutir con los seguidores de Alá, el Papa debate con los seguidores de Kant, interlocutores que, por supuesto, aceptan esta polémica porque todos creen que las ideas se discuten, las posiciones filosóficas y religiosas se objetan, se refutan y nadie supone ser el dueño absoluto de la verdad.

Con su reacción salvaje, los musulmanes no hacen más que confirmar las peores sospechas respecto de una religión integrista, elaborada por fanáticos, aplicada por manipuladores y financiada por multimillonarios. Para quienes nos hemos habituado a debatir y aceptamos el principio de que no es necesario decapitar a alguien porque piensa distinto, la reacción de los musulmanes demuestra que el fanatismo no es obra de una minoría de extraviados, sino que está en el corazón de una cultura que todavía no salió de las tinieblas medievales.

Hubiera sido deseable, que la misma celeridad que han mostrado para salir a la calle por una frase que no les gustó, la hubiesen practicado para condenar a quienes asesinan, lapidan y degüellan en nombre del Islam. No me cabe ninguna duda de que si en nombre de la religión católica una banda de terroristas anduviera por el mundo destruyendo ciudades y asesinando a inocentes en nombre de Jesús, la Iglesia Católica los condenaría.

Me interesaría conocer alguna declaración de los jeques, mullás, sultanes y sheik, condenatoria a los que alientan a las turbas a asesinar a quienes no piensan y no creen como ellos. Sería estimulante para todos si nos enteráramos de que la mitad o la décima parte del entusiasmo que manifiestan para linchar a los diferentes, la dedicasen para condenar a quienes ejecutan o mutilan en nombre de Alá.

El Papa pudo haber dicho una frase de más, pudo haber hecho una cita incorrecta, pero en principio sus palabras no mataron ni dañaron a nadie. Me interesaría conocer alguna declaración de los jeques ensabanados respecto de la monja asesinada ayer en Somalía. El Papa no ordenó a sus seguidores que quemen mezquitas ni que ataquen monumentos sagrados.

Si todo esto no fuera macabro hasta sería gracioso: los supuestos ofendidos asesinan, mutilan y profanan por palabras que consideran ofensivas. Ellos pueden matar, pero a ellos no se los puede ofender ni con el pétalo de una rosa. Ellos salen a la calle a festejar el derrumbe de las torres Gemelas pero su sensibilidad es tan fina y tan exquisita que un chiste, una caricatura, un sarcasmo en una revista de humor los moviliza para cometer tropelías en todo el mundo, además de amenazar de muerte o de lapidar vivos a quienes se atrevieron a ofenderlos.

Ellos se molestan porque el Occidente infiel critica la discriminación que practican contra las mujeres y la respuesta práctica de uno de sus seguidores es asesinar a un director de cine holandés que se atrevió a filmar lo que ellos admiten que hacen con sus mujeres.

El Papa es un hombre sabio; he leído sus textos, he escuchado sus reflexiones y no necesito ser creyente para saber de su estatura moral e intelectual. Lo mismo podría decir del Dalai Lama o de los líderes de otras religiones. Los debates teológicos no son lo que más me interesa; los respeto, los trato de entender, pero no participo de ese universo de ideas. Sin embargo, me importa que los hombres de fe defiendan la paz, la tolerancia, el pluralismo, las libertades que con tanto esfuerzo hemos conquistado.

En la Universidad de Ratisbona, el Papa habló de las estructuras de la fe en la Biblia y el Corán y su hipótesis central fue que no se puede aceptar la difusión de la fe a través de la violencia porque es contraria a la naturaleza de Dios y la naturaleza del alma. Refiriéndose a la tradición intelectual griega sostuvo que el "logos" es razón y comunicación y que no actuar razonablemente es contrario a la naturaleza de Dios.

La cita que provocó la ira de los hijos de Alá refiere a un emperador del siglo XIV que cuestiona la "jihad". El Papa cita a otro cronista que al momento de recordar la frase del emperador agrega: "Se refirió de manera sorprendentemente brusca", es decir, que está aclarando que la cita de un soberano que reinó hace 700 años es conflictiva, pero el Papa recurre a esa cita no para discutir la verdad del Islam, sino par discutir si es posible predicar a través de la violencia y la irracionalidad.

Atendiendo la respuesta que provocaron sus palabras está claro que la irracionalidad y la violencia siguen vigentes. Esta verdad, la Iglesia Católica la sufre hoy en carne propia. Pedir disculpas por un error que no se cometió, pretender conformar a los fanáticos con palabras suaves es un error. A los fanáticos no se los convence, no se los persuade. El caso de Leonela Sgorbia, la monja asesinado en Somalía, así lo demuestra.