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Opinión
Edición del Jueves 05 de octubre de 2006
El presidente y la prensa

Hay escasos antecedentes de que en las sociedades democráticas los presidentes confronten habitualmente con los medios de comunicación y, en particular, con periodistas que realizan su tarea. Tampoco se recuerda que en la Argentina un mandatario dedique párrafos de sus discursos para criticar a un periodista en particular. El dato vale porque el presidente Kirchner ha hecho de la práctica de polemizar con periodistas un hábito casi cotidiano.

El presidente de EE.UU, George Bush, no es un paradigma de cultura política democrática y liberal; sin embargo, jamás se lo ha escuchado responder a las abundantes y a veces virulentas críticas que le hacen los medios de comunicación. En el escándalo Watergate, las respuestas de un Nixon acorralado fue contra los intereses corporativos de la oposición, pero nunca se lo escuchó atacar a los periodistas Bernstein y Woodward, que estaban al frente de la investigación.

Estos escrúpulos republicanos nacen de la prudencia. En sociedades abiertas es la misma ciudadanía la que no admitiría o no vería con buenos ojos que un presidente comprometa su investidura polemizando abiertamente con un periodista. Las funciones y los roles de uno y otro son muy diferentes y, por lo tanto, la máxima autoridad política de la Nación no debería enredarse en intercambios que pueden crearle riesgos a su función o resultar peligrosos para su contradictor.

Pero también es importante tener en cuenta la responsabilidad democrática de un mandatario. Un presidente que critique públicamente a un periodista puede alentar -aun sin proponérselo de manera directa- a sectores internos del poder a realizar acciones de violencia. En sociedades como las nuestras, que en materia de seguridad atraviesan situaciones particularmente difíciles, este peligro se acrecienta. Incluso, podría ocurrir que grupos de provocadores enfrentados con el gobierno ejerzan acciones de violencia contra algún periodista para luego cargar las tintas sobre el presidente.

Se sabe que Kirchner ha hecho de la confrontación un estilo de gobierno. Supone que sus polémicas contra los supuestos enemigos del pueblo mejoran su imagen porque le permiten presentarse ante la sociedad como el defensor de las causas justas. Sobre los riesgos de este estilo político ya hemos advertido en numerosos editoriales, ahora cabe llamar la atención sobre esta peligrosa tendencia de atacar a la prensa valiéndose de los dispositivos que brinda el poder.

¿Pueden discutirse las opiniones de un periodista? Por supuesto que si. En una sociedad democrática todas las opiniones pueden debatirse y, además, es saludable que así sea. El gobierno tiene derecho a defender sus puntos de vista y para ello dispone de variados recursos entre los que se puede mencionar a otros periodistas, a intelectuales o dirigentes políticos que lo apoyan, a medios de comunicación oficiales. Pero, a la vez, la primera magistratura genera obligaciones y responsabilidades, y quien la ocupa debe tener en claro que no es un ciudadano común, que sus mensajes se amplifican como ningún otro, y que por lo tanto, la carga y el tono deben cuidarse al máximo.





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