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Opinión
Edición del Domingo 08 de octubre de 2006
ANOTACIONES AL MARGEN
Pronombre personal

Estanislao Giménez Corteegimenez@ellitoral.com

Recuéstese, ordena segura, ella, la profesional. Él obedece, aunque lo sorprende ese tono, cuasi imperativo, que no esperaba. Se supone, piensa él, que apenas transita la adolescencia, que ella va a ayudarlo. Pero persiste en su rostro un rictus severo que sólo relaja una vez instalados, él y ella, en el despacho. Él balbucea que prefiere estar sentado; como una persona "normal", dice, casi inaudible. Ella lo amonesta: todos somos normales o todos somos anormales, retruca. Para él, aunque rígido y tenso, ese primer intercambio es tranquilizador. La mira cauteloso. Ella, supone él desde sus torpes cálculos, debe tener 35, o más. La edad de su madre. Él, infiere ella, es uno de esos chicos problemáticos a los que no los han sabido colocar en su lugar. Lo escuchará con sus idioteces, tratará de ayudarlo sí, pero nada más. Él la mira: ella acomoda papeles, atiende el teléfono. Ella lo observa: él navega por las múltiples funciones de su celular como un autómata. Ella cuelga el teléfono, se pasa la mano por el cabello, se saca los lentes; él observa la biblioteca, los libros, Freud y todo eso. Flota en el ambiente cierta electricidad o nerviosismo. Ella y él se ven, entonces, de pronto. Un segundo, dos. Se ven. Hondamente. Se estudian, se miden. Él y ella cambian, en segundos, sus pareceres sobre el otro. Una helada mirada en él, una vista inquisitoria en ella, cambian todo. Ella concluye: hay en él una espantosa frialdad, detrás de esa apariencia relajada de adolescente imberbe. Él, piensa ella ahora, es uno de esos chicos desafiantes, soberbios, inconscientes. Le irá bien en la vida, se dice, con un dejo de ironía. Él deduce: ese tono imperativo es producto de la inseguridad. Ella, piensa él, es una de esas minas al borde del colapso, medio histéricas, que se mueve con suficiencia pero apenas puede mantenerse en pie. Hay un silencio incómodo, de repente. Ella acomoda cosas, apila carpetas; él ha dejado el celular y la observa. Él siente, entonces, un impulso por hablar. Querría decirle que no sabe porqué genera en la gente rechazo, temor, asco, o algo así; que debe haber algo en su mirada, que es por eso ha venido a verla, a ella, una psicóloga tan renombrada. Ella, insólitamente, se siente inhibida por él, por su mirada penetrante, y tiene ansia de hablar: quisiera decir que está agotada, cansada, que no puede más, que prejuzga erróneamente a sus pacientes. Él y ella se detienen, casi al unísono, justo antes de un acto confesional inédito, antes de poner en palabras la ayuda que reclaman sus cuerpos, antes de comenzar la sesión. Piensan, por una centésima de segundo, él y ella, en todo lo que ha pasado entre ellos, casi sin hablar. Ella y él, sospechan, jamás repetirán ese extraordinario intercambio sordo, ahogado, abortado, aunque tengan años de entrevistas. Después, ella rompe el silencio y repite el cansado ¿comenzamos? Él asiente.





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