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Opinión
Edición del Lunes 06 de noviembre de 2006
La vuelta al mundo
La felicidad de chiítas y kurdos

Rogelio Alaniz

No son los norteamericanos quienes se alegran por la condena a muerte del dictador Saddam Hussein. Por el contrario, los que manifiestan una salvaje y morbosa alegría por la futura muerte de Saddam son los musulmanes chiítas, es decir, la inmensa mayoría de los iraquíes. A estos festejos se suman los kurdos, que consideran que la mejor noticia que pueden haber recibido en los últimos años es que su verdugo, el hombre que los gaseó a ellos y a sus hijos (habría que agregar, con gas vendido por Occidente en tiempos en que Saddam Hussein era considerado la esperanza democrática en el Golfo), bailará colgado del cadalso, según la piadosa y humanista imagen improvisada por un clérigo chiíta.

Antes que Bush o Cheney dibujen una delgada sonrisa en sus húmedos labios, los que desbordan de alegría por la noticia son los iraníes, empezando por sus máximas autoridades, que no olvidan la guerra contra Irak durante casi diez años y el saldo de muertos que entonces llegó al millón de personas. Si los hijos de Alá fueran coherentes, si su sentimientos tribales de venganza estuvieran mínimamente controlados o manejados por la razón, deberían haber alzado todos la voz para condenar con firmeza un juicio instrumentado por un ejército de ocupación.>

No hicieron eso. Su moral mafiosa los lleva a festejar la condena de un enemigo interno, aunque esa condena esté promocionada por lo que ellos mismos califican como el Gran Satán. Para las autoridades de Irán, por ejemplo, Estados Unidos hizo con Saddam en Irak lo que ellos no pudieron o no los dejaron hacer. Hoy, gracias a la invasión yanqui, Irán respira aliviado y puede dedicarse con tranquilidad a adiestrar y desparramar milicias terroristas por el mundo porque Irak ha dejado de ser un problema, y lo que antes era un enemigo ahora es un aliado. íAlabado sea George Bush! deberían decir los clérigos chiítas del Golfo, aunque no está descartado que, en algunas de sus habituales oraciones a la Meca, lo hagan.>

Los kuwaitíes son otros que no pueden disimular su satisfacción por la condena máxima a su enemigo jurado. Por su parte, en el Líbano, los terroristas de Hezbolá salieron a festejar la muerte, aunque en esta ocasión sus festejos no coincidieron con los sentimientos de sus ocasionales socios de Hamas, fieles simpatizantes de Saddam Hussein. Las diferencias unos y otros saben que son ocasionales, que más allá de la muerte de un ex dictador lo que los une es el odio a los judíos y mientras ese enemigo esté allí predominarán, los acuerdos por sobre las diferencias.>

En Estados Unidos nadie pierde el sueño por la condena a muerte de un cadáver político. En las elecciones de esta semana la noticia de Bagdad no alterará las tendencias de los votantes. Republicanos y demócratas compartieron en sus rasgos generales el fallo de la corte iraquí, pero hasta allí llegaron las muestras de satisfacción. No es la suerte de Saddam Hussein lo que preocupa al ciudadano yanqui, pero si alguna opinión se les pidieran sobre lo sucedido, un alto porcentaje se manifestaría de acuerdo con los antecedentes y el fallo de la corte de Irak.>

Diría que discurrir la condena contra Saddam Hussein es un tema menor o discutir un aspecto secundario del problema. Saddam Hussein es un carnicero responsable de la muerte y tormentos de cientos de miles de personas. Su condición de víctima parece que a veces hace perder de vista la calaña moral de este personaje y el carácter genocida del régimen que montó en Irak.>

Los crímenes que se le imputan en este juicio, es decir, la masacre de más de 148 chiítas en la localidad de Djail, es un episodio menor en la saga de muerte que distinguió a este régimen. En Djail, un grupo opositor intentó atentar contra la vida de Saddam. La emboscada fracasó, los principales personajes fueron detenidos a las pocas horas, salvajemente torturados y ejecutados sin juicio previo y ninguna de esas maquinaciones leguleyas de Occidente y, como si eso fuera poco, Saddam ordenó luego un operativo de limpieza donde murieron niños, mujeres y ancianos. Como Cártago, la localidad de Djail fue regada con sal para que nunca más crezca.>

Estados Unidos no tiene por qué dar demasiadas explicaciones por esta condena a muerte. Atendiendo a los parámetros de justicia de la región, este juicio debe ser el más justo y limpio de toda la historia de Irak. Si alguna garantía tuvo Saddam Hussein a favor de su vida no fue por la generosidad de sus enemigos chiítas, decididos a picarlo en pedacitos a la primera oportunidad, sino a la presencia de norteamericanos e ingleses que, de alguna manera pusieron límites a quienes consideran que los juicios legales son una pérdida de tiempo, un trámite inútil.>

Lo que se le debe seguir cuestionado a fondo a la administración de Bush, es, nada más y nada menos, la invasión a Irak desconociendo el orden internacional que ellos mismos habían colaborado en crear. No hay argumentos ni morales, ni políticos que justifiquen la invasión militar a un país soberano. ¿Pero, Saddam no era un dictador? No es ése un motivo para hacer lo que se hizo, porque con el mismo razonamiento deberían estar invadiendo todos los países árabes y musulmanes, ya que en ninguna de estas soledades existe una república democrática como la entiende Occidente.>

La presencia militar de Estados Unidos en Irak hasta ahora le ha ocasionado más perjuicios que beneficios. Nunca la estima al imperio estuvo tan baja como después de esta decisión, al punto que puede decirse que desde los tiempos de Vietnam que los yanquis no están tan desprestigiados en el mundo. Puede que como consecuencia de la invasión el señor Cheney y el lobby que ese señor representa haya hecho buenos negocios en materia petrolera, pero el beneficio de un puñado de empresas representa en este caso la quiebra ética y moral de un sistema que persiste, a pesar de todo, en defender los valores de la libertad.>





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