De "Camino de las pedrerías"
Amantes que son bichos, higos, hongos, cruces, un demonio que parece un tejido olvidado, zorros, hurones, diablos, cebras. Entre paisajes de matas, matorrales, arboledas, cuevas, siempre jardines estelares. Con sexos que son puñales, estambres, nardos, calas, hocicos rastreros con puntas de plata. En "Camino de las pedrerías", que la editorial El Cuenco de Plata acaba de reeditar, como en toda la poesía y la narrativa de Marosa di Giorgio, las páginas están atravesadas por amores extraordinarios, en un panteísmo sexual que puebla el universo de estremecimientos y metamorfosis, de exaltaciones divinas y profanas, bodas de bella y bestia, diablo y santa.

Por Marosa di Giorgio

8

Me había aficionado a algunos animales. Las manadas dejaban lobos en el pueblo. Así el lobo Naré y Cruz el lobo.

Todas las niñas éramos sus pretendientes.>

Bajo la luna ellos parecían de loza. Y sus dentaduras, coral y oro, en vez de dientes eran adornos, diademas, ornamentos.>

Entonces, me vestí como muñeca; zapatos chicos, moño atrás en la cintura; capota y delantal. Las manos, rígidas; los ojos azules, tiesos.>

En el balcón dije: -Ven. A Naré, el lobo.>

Vino el lobo. Dijo: -Baja, no se puede ahí.>

Yo salté diamela abajo.>

Él estaba ya en dos pies.>

Creí, asombrada, tocar un ajustado pantalón.>

Él me abrazó.>

Pero, no, era su lisa piel de lobo.>

Dijo:>

-Qué bellísima eres bajo las vestiduras.>

Me rozó de él un bolsón cargado en ámbar.>

Él dijo, y hubo una maniobra última:>

-Esto ya está. Ahora. Ahora es. �Lo tienes, ya?>

Yo no clamé mucho.>

Sólo dije:>

-íAh...! Sí, sí, ah.>

Él agregó:>

-Vamos al altar. Lo haremos, otra vez, perfecto, allá.>

Se puso en el suelo, usando ahora sus cuatro pies.>

Yo parecía una pastora guiando, en cambio de una oveja, un lobo.>

Ya en la sombra del bosque ése, él pidió: -Dame de mamar.>

Como si yo ya estuviese encinta y diera leche.>

De un zarpazo sacó mi blusa y dijo: -Y, bueno, de tu pecho sale agua, un poquito de agua rosa. Nada más.>

Que él bebió ligero, y otra vez, nos casamos presto.>

-Aquí mismo -dije- pariré un lobito.>

Mas él repuso:>

-No... eso no.>

Yo voy más a la sombra a reposar un poco. Tengo sueño; volveré pronto. Moriré contigo. Ya que vivimos, tanto, juntos.>

Yo quedé fija, allí, y desnuda.>

En eso sentí un clamor lejano. Y se acercaba por los prados el lobo Cruz. Salía fuego, chispas, de sus ojos y su lengua. Me mostró la dentadura como una fantástica pulsera. Y el sexo, igual. Yo toqué los dos. Retiré la mano, quemada, húmeda.>

Le hice una leve seña.>

Él dijo:>

-Sólo en el altar. Es allí, el brezo.>

-Yo no quiero ir al brezo.>

-Ven, vamos.>

Y fui.>

Quedé bajo el brezo blanco hasta la nieve.>

Cruz dijo: -Pareces tu retrato.>

Yo conté: -En la sombra está Naré el lobo. Duerme. Fue él quien se bebió mi copa, varias veces, hace un rato.>

Hablé así.>

El lobo Cruz parecía no entender. Luego, me abrazó y dijo:>

-Ah, ven, pequeña infame. �Qué clase de muñeca eres? Pero te adoro yo.>

Yo ya decía: -Ay, ay, ay, ay.>

Y él decía:>

-�No es mejor, así, conmigo?>

-Y... sí.>

-�No es mucho mejor, así... conmigo?>

-Y... sí, sí...>

Leve leche, azúcar, y granos de sal, rodaban en mis pezones hacia afuera. Él comía. Como un bebé apretado a mí. No nos podíamos separar. Él tuvo que partir algo como un cordón umbilical. Pero, me mascó de nuevo, y otra vez. Decía: -Dios mío, íah!>

Dije: -Soy yo la que va a parir a tus lobitos. Y téjeme otra vez.>

-Va.>

-Y... Y... íAaah!>

Expresó él: -Ya están hechas todas las mujeres de este pueblo. Faltabas tú. Pero ya estás.>

Lloré un poco al oír eso.>

Al rumor del lloro Naré se despertó y vino. Lo arrancó de mí con mucho esfuerzo. Era imposible casi. Ya estaba como soldado a mí.>

Se trenzaron como lo que eran, lobos, a terribles dentelladas.>

Yo hacía toc, toc, ah, en el altar, como un reloj. Puse un huevo negro. Caliente, rojo, adentro de los brezos. Puse otro. Se oía mi cacareo fúnebre adentro del brezal.>

Era terrible estar así.>

Sentí un hocico o falo, las dos cosas, agudo y agudísimo. Andaban muchos pequeños seres, gimiendo ya, alrededor de mí.>

El sol de la medianoche levemente empezó a quemar los árboles.>

Entonces, Naré y Cruz, se partieron, se separaron, quietos.>

Y sin ninguno mirar siquiera hacia mi lado, dijeron al unísono:>

-íHala...!>

Nos vamos a cazar.>

10

Estaba en el jardín la muy hermosa, la mujer de los prodigios. Esas dos vertientes del pecho, blancas, delicadas, manando miel. Y vinieron las señoritas. Y eran refulgentes, azul, cyclamen, con vetas lilas o de oro. Tenían las dos alas y hasta cuatro. (íY son mariposas del Brasil...!) Temblaban: sobre la piel ella sentía un bisbiseo, como si le corriesen unas perlitas, y las encontraran y volvieran a correr. Así, quedaba todo erizada, siempre incubada. Miró hacia arriba y ya de lo mismo había una clámide en su cabello. Miró hacia adelante y vio una sombra. íOh! Una mariposa fornida, inmensa, �recién surgida en la Naturaleza?, estaba de pie frente a ella. Las alas volando hacia arriba casi tres metros, una incrustación de rubíes en cada mejilla. Y le dijo: -Adiós.

Ella contestó: -Adiós.>

Y vio a la otra sonreír con los ojos azules, negros, y una dentadura blanca y hermosísima, como sólo una mariposa puede tener.>

Y dijo la mariposa, adentro de los dientes, casi en secreto: -Ven, vamos...>

Ella contestó:>

-Pero quítame, primero, lo que tengo arriba.>

A un apenas soplo de la otra voló lo que había y quedó como un liviano trapo celeste allá en el viento.>

No se sabrá cómo, pero se tomaron del brazo, la de las alas y la de los brazos, y así se iban.>

Como si se fueran corriendo para el Brasil.>