Por Marosa di Giorgio
Me había aficionado a algunos animales. Las manadas dejaban lobos en el pueblo. Así el lobo Naré y Cruz el lobo.
Todas las niñas éramos sus pretendientes.>
Bajo la luna ellos parecían de loza. Y sus dentaduras, coral y oro, en vez de dientes eran adornos, diademas, ornamentos.>
Entonces, me vestí como muñeca; zapatos chicos, moño atrás en la cintura; capota y delantal. Las manos, rígidas; los ojos azules, tiesos.>
En el balcón dije: -Ven. A Naré, el lobo.>
Vino el lobo. Dijo: -Baja, no se puede ahí.>
Yo salté diamela abajo.>
Él estaba ya en dos pies.>
Creí, asombrada, tocar un ajustado pantalón.>
Él me abrazó.>
Pero, no, era su lisa piel de lobo.>
Dijo:>
-Qué bellísima eres bajo las vestiduras.>
Me rozó de él un bolsón cargado en ámbar.>
Él dijo, y hubo una maniobra última:>
-Esto ya está. Ahora. Ahora es. �Lo tienes, ya?>
Yo no clamé mucho.>
Sólo dije:>
-íAh...! Sí, sí, ah.>
Él agregó:>
-Vamos al altar. Lo haremos, otra vez, perfecto, allá.>
Se puso en el suelo, usando ahora sus cuatro pies.>
Yo parecía una pastora guiando, en cambio de una oveja, un lobo.>
Ya en la sombra del bosque ése, él pidió: -Dame de mamar.>
Como si yo ya estuviese encinta y diera leche.>
De un zarpazo sacó mi blusa y dijo: -Y, bueno, de tu pecho sale agua, un poquito de agua rosa. Nada más.>
Que él bebió ligero, y otra vez, nos casamos presto.>
-Aquí mismo -dije- pariré un lobito.>
Mas él repuso:>
-No... eso no.>
Yo voy más a la sombra a reposar un poco. Tengo sueño; volveré pronto. Moriré contigo. Ya que vivimos, tanto, juntos.>
Yo quedé fija, allí, y desnuda.>
En eso sentí un clamor lejano. Y se acercaba por los prados el lobo Cruz. Salía fuego, chispas, de sus ojos y su lengua. Me mostró la dentadura como una fantástica pulsera. Y el sexo, igual. Yo toqué los dos. Retiré la mano, quemada, húmeda.>
Le hice una leve seña.>
Él dijo:>
-Sólo en el altar. Es allí, el brezo.>
-Yo no quiero ir al brezo.>
-Ven, vamos.>
Y fui.>
Quedé bajo el brezo blanco hasta la nieve.>
Cruz dijo: -Pareces tu retrato.>
Yo conté: -En la sombra está Naré el lobo. Duerme. Fue él quien se bebió mi copa, varias veces, hace un rato.>
Hablé así.>
El lobo Cruz parecía no entender. Luego, me abrazó y dijo:>
-Ah, ven, pequeña infame. �Qué clase de muñeca eres? Pero te adoro yo.>
Yo ya decía: -Ay, ay, ay, ay.>
Y él decía:>
-�No es mejor, así, conmigo?>
-Y... sí.>
-�No es mucho mejor, así... conmigo?>
-Y... sí, sí...>
Leve leche, azúcar, y granos de sal, rodaban en mis pezones hacia afuera. Él comía. Como un bebé apretado a mí. No nos podíamos separar. Él tuvo que partir algo como un cordón umbilical. Pero, me mascó de nuevo, y otra vez. Decía: -Dios mío, íah!>
Dije: -Soy yo la que va a parir a tus lobitos. Y téjeme otra vez.>
-Va.>
-Y... Y... íAaah!>
Expresó él: -Ya están hechas todas las mujeres de este pueblo. Faltabas tú. Pero ya estás.>
Lloré un poco al oír eso.>
Al rumor del lloro Naré se despertó y vino. Lo arrancó de mí con mucho esfuerzo. Era imposible casi. Ya estaba como soldado a mí.>
Se trenzaron como lo que eran, lobos, a terribles dentelladas.>
Yo hacía toc, toc, ah, en el altar, como un reloj. Puse un huevo negro. Caliente, rojo, adentro de los brezos. Puse otro. Se oía mi cacareo fúnebre adentro del brezal.>
Era terrible estar así.>
Sentí un hocico o falo, las dos cosas, agudo y agudísimo. Andaban muchos pequeños seres, gimiendo ya, alrededor de mí.>
El sol de la medianoche levemente empezó a quemar los árboles.>
Entonces, Naré y Cruz, se partieron, se separaron, quietos.>
Y sin ninguno mirar siquiera hacia mi lado, dijeron al unísono:>
-íHala...!>
Nos vamos a cazar.>
Estaba en el jardín la muy hermosa, la mujer de los prodigios. Esas dos vertientes del pecho, blancas, delicadas, manando miel. Y vinieron las señoritas. Y eran refulgentes, azul, cyclamen, con vetas lilas o de oro. Tenían las dos alas y hasta cuatro. (íY son mariposas del Brasil...!) Temblaban: sobre la piel ella sentía un bisbiseo, como si le corriesen unas perlitas, y las encontraran y volvieran a correr. Así, quedaba todo erizada, siempre incubada. Miró hacia arriba y ya de lo mismo había una clámide en su cabello. Miró hacia adelante y vio una sombra. íOh! Una mariposa fornida, inmensa, �recién surgida en la Naturaleza?, estaba de pie frente a ella. Las alas volando hacia arriba casi tres metros, una incrustación de rubíes en cada mejilla. Y le dijo: -Adiós.
Ella contestó: -Adiós.>
Y vio a la otra sonreír con los ojos azules, negros, y una dentadura blanca y hermosísima, como sólo una mariposa puede tener.>
Y dijo la mariposa, adentro de los dientes, casi en secreto: -Ven, vamos...>
Ella contestó:>
-Pero quítame, primero, lo que tengo arriba.>
A un apenas soplo de la otra voló lo que había y quedó como un liviano trapo celeste allá en el viento.>
No se sabrá cómo, pero se tomaron del brazo, la de las alas y la de los brazos, y así se iban.>
Como si se fueran corriendo para el Brasil.>