Ir por la derecha, un anacronismo. Frenar en la esquina, motivo de miradas inquisidoras en el espejo retrovisor (en el mejor de los casos). Disminuir en vez de acelerar porque el semáforo está en amarillo, símbolo de debilidad. Dar la vuelta manzana en vez de retroceder cincuenta metros, casi un certificado de estupidez. Prever que la flecha se pondrá en verde y que quizás detrás habrá autos habilitados para pasar, una mariconada.
Ponerse el cinturón, esperar para que cruce el que va caminando, no ir al ritmo del resto: la lógica del tránsito, ahora invertida, juega a favor de la muerte.>
Entonces, sólo queda esperar que pase. El único factor capaz de generar una reacción parece ser la experiencia.>
Los hechos lo demuestran: en Argentina, mueren veinte personas por día por accidentes de tránsito. Casi un muerto por hora.>
De todos modos, las palabras quedan demasiado chicas y los datos se pierden en la maraña de información que circula por pantallas y páginas. Todo lo que pueda decirse, leerse y escribirse sobre el tema implica un cierto dejo de pesadez. Generar conciencia es, entonces, una utopía: sólo cada persona, desde lo más íntimo, puede concebir la real dimensión del peligro.>
De repente, un día pasa. La familia viaja como todas las mañanas en su auto; ellos rumbo al trabajo, los chicos a la escuela. Todo es como siempre, hasta ese segundo, ése que nadie espera y que, pareciera, nada tiene que ver con lo que decía la tele el día anterior. Es ese instante, el que le pasa a uno, ese momento en el que todo estalla y el silencio aturde, ése que se convierte en eternidad. Hasta que los sentidos se acomodan, los cuerpos caen del aire, la vista registra a cada uno de los seres queridos y el terror se convierte en tranquilidad o en desesperación.>
Las experiencias son intransferibles, dicen. Sería casi mágico que la palabra pudiera adoptar aquí el sentido sublime de preservar la vida.>