La innominada alusión que Néstor Kirchner realizó al dirigente opositor Mauricio Macri ante la posibilidad de que éste dispute al oficialismo la jefatura de Gobierno porteño, coronó una serie de prácticas nocivas que jalonan prematuramente la campaña electoral en ese distrito, y las llevó a un nuevo nivel, al relanzar la ofensiva desde el estrado presidencial.
Apenas Kirchner habló de "la derecha farandulística" y espetó que el candidato del PRO "tuvo miedo" de competir en las presidenciales, el coro de voceros oficialistas advirtió la señal de largada y, como es habitual, se sumó a la cruzada descalificatoria.>
A partir de allí, las especulaciones sobre la estrategia electoral de Macri pasaron a ser "se va a rajar", la forma de confrontar su discurso fue definirlo como "un verso" y la réplica a quienes, como Ricardo López Murphy, consideraron poco seria la nominación de la esposa del presidente para sucederlo, fue tacharlo de "machista" y atribuirlo a que "pierde por goleada".>
Por cierto, estas aseveraciones en lenguaje vulgar y simplista no son novedosas dentro del andamiaje verbal del gobierno para repeler cuestionamientos. Y mucho menos lo son en el marco de las tradiciones partidarias, que el actual oficialismo pretende haber superado.>
Pero además, en este caso se dan en el marco de una campaña como la de Capital Federal -no casualmente, por tratarse de un distrito en el cual las posibilidades de triunfo del Frente para la Victoria se ven seriamente amenazadas-, donde los principales candidatos se han dedicado al denuesto, el intercambio de imputaciones y el revoleo de expedientes, más que a otra cosa.>
Así, no es solamente que las agresiones o el chisporroteo mediático se imponen a la confrontación de propuestas, sino que ése es precisamente el recurso utilizado para evitarla. Al descalificar lisa y llanamente al contendiente, se le quita toda autoridad para expresarse y se le niega la condición de interlocutor válido, con lo cual se evita condescender a discutir con él y el debate de ideas resulta superfluo e inaceptable.>
Mientras la proclama oficial se ornamenta con alusiones a la concertación y el pluralismo, mientras se hace una bandera de la "nueva política" y la elevación por sobre las lacras del pasado, mientras se hace un culto de las formas y postulados de la democracia, la actitud del gobierno -no sólo a través de sus dichos- resulta abiertamente contradictoria y decididamente nociva para la efectiva vigencia y aplicación de esos conceptos.>
Pero, fundamentalmente, se convierte en una flagrante agresión hacia la ciudadanía, que después de una crisis política e institucional tan grave como la que debió superar el país, espera avanzar hacia una verdadera república, donde los proyectos importen más que las mayorías circunstanciales, la trayectoria prime por sobre la imagen, la equidad esté por encima de la utilización política de los fondos públicos, el consenso no sea producto exclusivo de la adhesión y las campañas electorales sean un foro para el pensamiento. Recién entonces podrá hablarse, sin hipocresía ni vergonzosa subestimación, de una nueva política. >