AL MARGEN DE LA CRÓNICA
Apostillas de la misa

Cuando el pibe llegó a misa, en la parroquia del barrio, ya era tarde. Se quedó, como tantas otras veces, parado en la puerta. Desde allí fue testigo de un episodio que lo conmovió.

En el altar, el cura viejo llevaba adelante la celebración del domingo a la tarde. En el ingreso, sentado en el piso, un linyera comía unas masitas. Llevaba una botella de plástico con vino.>

Al lado del viejo, un matrimonio y una nenita de tres años escuchaban las lecturas. De repente, el hombre convidó a la nena con una galletita. Ella aceptó. En el segundo intento, la madre le dijo al linyera que gracias, que su hija ya había comido, que estaba satisfecha.>

Al rato, se acercó un sacerdote joven y le pidió al hombre que se retirara. Él se fue, pero después de unos minutos regresó a su puesto. El cura viejo seguía, allá lejos, rezando.>

Llegó el momento de la paz. El hombre tomó la mano de la nenita, la miró a los ojos y le deseó: "Que Dios te bendiga, hija...". Fue, seguro, uno de los saludos más sinceros de esa tarde.>

Pasó la comunión y los anuncios parroquiales. Estaba por llegar la bendición final cuando el sacerdote joven vio que el linyera le había desobedecido. Decidido, se acercó a él con paso acelerado.>

Entonces el pibe, que desde hacía rato había desviado la atención del altar para dirigirla a lo que pasaba en la puerta, se paró al lado del viejito. Se cruzó de brazos y miró fijo al cura. El sacerdote frenó su marcha, observó la escena desencajado y, finalmente, dio media vuelta.>

El linyera cruzó con el pibe un par de miradas y un guiño de ojos. La gente comenzó a salir. Cuando la iglesia quedó vacía, el pibe se fue.>

El hombre quedó allí sentado, sólo por unos minutos. No tenía dónde ir, pero advirtió que ya estaban a punto de cerrar las puertas. �El pibe? Todavía está tratando de encontrar respuestas a algunas de las tantas preguntas que le surgieron ese día.>