En Buenos Aires es habitual ver a gente paseando con más de veinte perros, que manejan con maestría por las transitadas calles porteñas: son los "paseadores", empleo polémico ya asentado en la tradición ciudadana.
"El primer día que llevás a un perro al parque es como el primer día de colegio. Llega asustado y el resto no le hace caso. Los perros son, en cierta medida, como los niños; hay que estar muy pendientes de ellos", dice Patricia, con 14 años en el oficio.>
Este gremio, en el que hay personas de entre 15 y 70 años, de diferentes niveles socioculturales y con distintas situaciones familiares, comparte dos cosas: el amor por los animales y el disfrute del trabajo al aire libre.>
"Este `laburo' te da una libertad que no te da ningún otro. Pero también tiene cosas malas, como aguantar las altas y bajas temperaturas, los mosquitos y los días en los que hay truenos o tiran petardos y los perros se vuelven locos. Es muy difícil controlarlos en esas circunstancias", admite Patricia.>
Para ello es fundamental la correa, instrumento imprescindible de los paseadores que, junto con una voz de mando y la experiencia acumulada, consigue que el perro esté controlado.>
Los paseadores, que cobran una media de 30 dólares por perro al mes, suelen sacar a su grupo una vez al día, entre las 8 de la mañana y las 14, cuando devuelven a la última de las mascotas.>
Cada trabajador pasea a unos doce animales, aunque algunos llegan a los 25, cuando el máximo permitido por las autoridades es de diez.>
"Es mejor llevar muchos perros, se hace más fácil dirigirlos porque los del centro no ven apenas y siguen al guía, que suele ser el de mayor edad o de más autoridad", explica Facundo, que entró en el oficio quedándose con los perros que paseaba un amigo.>
Los paseadores suscitan polémica porque se los acusa de dejar sucias las veredas, pero Facundo se defiende: "Depende de cada paseador. Algunos incluso recogemos por las mañanas las heces que los dueños no recogen cuando sacan a su perro al parque por la noche".
Por otra parte, se quejan de que sólo hay una plaza en Buenos Aires con un poste con bolsas para recoger los excrementos y señalan que los caniles -recintos de arena vallados- no son la solución, no sólo por la gran cantidad de perros que hay, sino porque los consideran "poco higiénicos".>
También aseguran que las autoridades quieren sacarlos de en medio, y les ofrecen un terreno cerca de las vías del ferrocarril, al lado de un asentamiento precario donde, "aparte del peligro de los trenes, se dan robos de perros.>
"Lo que deberían hacer es habilitar un jardín con un guarda que lo cuide o darnos a nosotros las herramientas necesarias para mantenerlo limpio", añade uno de los paseadores.>
Según datos del Instituto de Zoonosis Pasteur, en Buenos Aires hay un millón de perros, que dejan aproximadamente 70 toneladas de excrementos al día.>
El trabajo de paseador no está regulado como un empleo; se trata de trabajadores por cuenta propia, pero no pagan cargas sociales ni impuestos.>
El registro municipal de paseadores, en el que es obligatorio inscribirse, cuenta con un millar de trabajadores, de los que sólo 110 permanecen activos.>
La mayoría prefiere no inscribirse: "Se inventan multas y luego te las mandan a casa. Es imposible no cometer ninguna infracción cuando llevás diez perros", explica uno de estos trabajadores.>
Para controlar a los paseadores se creó la figura del inspector, que se encarga de asegurarse de que los perros tengan todas las vacunas, de que los que lo necesiten lleven bozal o de sancionar a los que no recojan los excrementos.>
Pero, según denuncian estos trabajadores, los inspectores sólo van una vez al año a los parques y algunos tienen "pactos" por los que se comprometen a "hacer la vista gorda" siempre que los paseadores no permitan que aumente el número de canes en una plaza o jardín determinado.>
Lorena Álvarez de Sotomayor. EFE