El primer cuaderno del nene, las fotos del casamiento de mamá y papá, la silla que arregló el abuelo con las últimas fuerzas de sus brazos, el trofeo que ganó el tío como jugador de fútbol en la primera división... Esas cosas, por más que no tengan demasiada significación al ser leídas, pero que sí la tiene para quien las detalló, son algunas de las miles que se enumeran en los barrios cada vez que surge el tema de la inundación y las pérdidas. Sin embargo, hay otro aspecto, no menor, que padecieron muchos vecinos de Santa Fe del que poco se habla: el sentido de pertenencia respecto del lugar que, en muchos casos, tuvieron que abandonar sin opción.
Durante los años 2005 y 2006 fueron varios los barrios que se crearon para relocalizar a centenares de inundados y, con ello, evitar que regresaran a las vulnerables zonas a las que pertenecían. Tal fue el caso de La Nueva Tablada, que en mayo de 2005 permitió la reubicación de 65 familias residentes de La Tablada, y en octubre de 35 más.>
Así, una zona caracterizada por ser tranquila, por permitir la cría de animales y las plantaciones de frutas y verduras y por tener como paisaje principal al río Salado cambió radicalmente de aspecto, ya que, con una ubicación más cercana a la ciudad, sus habitantes debieron acostumbrarse, entre otros bullicios urbanos, al ruido y humo de los colectivos y a la convivencia con los vecinos de la cuadra. Pero no todos lo lograron.>
Días atrás, El Litoral realizó una recorrida por La Tablada y observó que fueron varias las familias que, haciéndole frente al triste recuerdo de la inundación, regresaron. Es que allí, cuentan, quieren envejecer, criar animales, cuidar de sus plantas y, en definitiva, retomar la vida que tenían antes.>
Resta decir que, a cuatro años de que las aguas del Salado hayan anegado La Tablada, los habitantes de la zona que volvieron -76 personas en total- reconocen estar fuera del anillo de defensa. Pese a ello sostienen fuertemente que ese es su lugar y que no quieren dejarlo nunca más. De cualquier manera, el recuerdo les pesa y, aseguran, es una mochila que llevarán por siempre.>