Salomé Ureña, un nombre olvidado

La mujer que hoy quiero evocar se llama Salomé Ureña. Nació en 1850 en Santo Domingo, la capital de la República Dominicana. Fue la madre de Pedro Henríquez Ureña, señera figura de nuestra cultura, maestro de Ernesto Sábato, René Favaloro, Anderson Imbert, y amigo de Victoria Ocampo, Borges y Mallea.

Mucho se habló de este hombre, pero muy pocos son los que en este remoto sur oyeron hablar de su madre que, a pesar de los pocos años vividos, tuvo mucho que ver en la lucha por dignificar la condición de la mujer a través de la educación.>

Por tierras de Quisqueya (1)

A diferencia de otras niñas de su tiempo, Salomé tuvo en sus padres el apoyo necesario para aprender a leer y escribir y, luego, disfrutar en la biblioteca hogareña la lectura de los clásicos españoles.

Por esos años, a las niñas sólo se les enseñaban los rudimentos de la lectura y escritura en precarias escuelas que funcionaban en casas privadas.>

La joven Salomé, dueña de una sensibilidad extrema, permeable a los acontecimientos políticos que sacudían su isla, tuvo el coraje de publicar su primer poema a los 18 años, bajo el seudónimo de Herminia.>

La fibra poética de Salomé le sirvió para dejar al descubierto las grietas de una sociedad que consideraba la educación de la mujer como algo de mínima importancia.>

El amor, la familia, los sueños

A los 20 años, Salomé se casó con don Francisco Henríquez y Caravajal y tuvo cuatro hijos: Francisco, Pedro, Max y Camila. Pedro viajaría por toda América, para terminar sus días en la Argentina. Max se convertiría en una de las figuras más brillantes del mundo cultural de la América Hispana a principios del siglo XX.

Ella quedó prácticamente sola para criar a sus hijos, ya que su marido viajó a Francia para completar su carrera de Medicina. Todo su caudal de mujer, cargado de la soledad del amor ausente, tuvo refugio en la educación de sus niños, que por cierto abrevaron la formación humanística que más tarde irradiaron al mundo.>

Mientras la tuberculosis iba ganando espacio en su pequeño cuerpo, esta brava mujer tuvo tiempo para seguir escribiendo, publicando, velar por su familia y preocuparse por la educación de sus compañeras, enfrentando la ira de los gobernantes de turno, que tenían muy en claro que un pueblo ignorante es siempre más fácil de manejar.>

Salomé Ureña perdió su última batalla el 6 de marzo de 1897 y fue sepultada en su tierra quisqueyana, a la que tanto amó.>

El Instituto de Señoritas

Por esos años, tanto Santo Domingo como la mayoría de las islas del Caribe sufrían la convulsión de las guerras civiles que precedieron a la independencia de España, y un vaivén constante entre los intereses del gran coloso del norte y las ambiciones imperiales allende los mares.

Además de la realidad de la región, las marcadas diferencias con respecto a la educación del pueblo y, sobre todo, la condición de la mujer, considerada como un objeto de adorno, sin ningún derecho a participar en nada que no fuese fútil o como reproductora de la familia.>

Salomé Ureña, educada en un hogar diferente, desde un principio observó, dolorida, las diferencias y comprendió que era necesario un cambio. Su fina sensibilidad le permitió, desde muy joven, expresar en versos los diferentes sentimientos que la acosaban. Pero había algo que la preocupaba enormemente y era el destino de oscuridad y marginación en que se sepultaba a las mujeres.>

Dotada de un entusiasmo visionario, creyó posible cambiar esa realidad; apoyada por su marido y siguiendo los principios educativos de Eugenio de Hostos, en 1881 abrió el Instituto de Señoritas, donde impulsó una formación diferente para el mundo femenino.>

Por cierto, la tarea no fue fácil. La sociedad miraba de reojo los nuevos aires de educación no tradicional emanados de esas aulas, donde las niñas tenían acceso a un mundo prácticamente desconocido hasta entonces para ellas.>

El analfabetismo endémico era denunciado por algunos periódicos, pero, a pesar de reconocer la necesidad de escuelas, no se terminaba de aceptar dentro de este progreso la inclusión del elemento femenino.>

Luchando contra todas las adversidades, Salomé Ureña mantuvo su Instituto, de donde comenzaron a egresar las niñas que harían fecundar el sueño de su maestra.>

Pero las críticas arreciaban: "No habría ya hijas, ni esposas, ni madres, consagradas al hogar, sino mujeres altaneras, ignorantes de los derechos propios de su condición y su sexo". (2).>

Éxito y caída

Para 1883, el Instituto contaba con 51 estudiantes. Pero su condición económica era precaria.

Eugenio María de Hostos, alma inspiradora del proyecto expresaba, refiriéndose a su fundadora decía: "Gracias a la sinceridad de su enseñanza y al cariño maternal con que trata a sus discípulas (...) se ha logrado reaccionar de una manera tan eficaz, contra la mala educación tradicional de las mujeres en nuestra América latina y formar un grupo de mujeres más inteligentes, mejor instruidas y más dueñas de sí mismas".>

Salomé dedicaba todo su tiempo y esfuerzo a la educación, tanto así que mermó su producción poética en aras de su proyecto, sin recibir jamás una remuneración.>

No obstante, en diciembre de 1893, ahogada ya por las penurias económicas y resentida su salud, decidió cerrar el Instituto, previo examen de fin de año.>

Pero la semilla había sido sembrada. Dos años más tarde, en 1895, dos fieles discípulas abrieron un colegio que fue la continuación del Instituto.>

Al margen de la historia

Salomé Ureña tuvo un sueño y lo llevó adelante, pese a todos los obstáculos que la sociedad y el momento histórico le impusieron.

Generosa, sensible, madre amantísima, salió al ruedo de la vida a luchar contra todos los vientos de la ignorancia. Sabía, por instinto, que el futuro para la mujer estaba más allá de los límites que la sociedad estrecha le marcaba.>

Quedan sus versos para sumergirnos en su idealismo de mujer valiente y serena, que utilizó la pluma y la inteligencia para mostrar a sus congéneres que la razón y el sentimiento eran cauces compartidos en una senda que no se podía recorrer sin el apoyo del hombre y el amor a la vida de todo su caudal de mujer soñadora.>

"Hay un ser apacible y misterioso/ que en mis horas de lánguido reposo/ me viene a visitar;/ yo le cuento mis penas interiores,/ porque siempre, calmando mis dolores,/ mitiga mi penar./ No pido más: bien pueden los dolores/ destrozar sin piedad las bellas flores/ de la ilusión que amé;/ que jamás, bajo el peso que me oprime,/ mientras un rayo de virtud me anime,/ la frente inclinaré".>

(1) Nombre indígena de la isla de Sto. Domingo.(2) La Opinión, Sto. Domingo, 12-11-1874.Obras consultadas: "Salomé Ureña, jornada fecunda", de Sgo. Castro Ventura, Editora de Colores, Sto. Domingo, Rep. Dominicana, 1998. "Salomé Ureña de Henríquez. Poesías completas", Bibl. de Clásicos Dominicanos, Ed. de la Fundación Corripio, Sto.Dgo., 1989.

Ana María Zancada