De repente, el milagro se produce: la sala se convierte en un salón de actos de una escuela primaria cualquiera; los presentes experimentan un retroceso de varias décadas en su calendario personal y la historia del imaginario colectivo argentino se instala allí, a través de una mirada más emparentada con la simpatía que con la crítica.
"Las pequeñas patriotas", dirigido por Elena Tritek, cuenta ese cuento que todos alguna vez protagonizamos: el acto escolar. Y lo hace en dos versiones: la de la alumna aplicada, correcta, casi perfecta, graciosa a la hora de reproducir versos, poemas y canciones patrias; y la otra, la chica de las medias caídas, las entradas a destiempo, los tonos equivocados, la desesperada carrera por conseguir aire cuando los pulmones no dan más y el verso no termina.>
Aizemberg y Aleandro encaran la tarea de una doble interpretación: se ponen en la piel de dos criaturas; pero además, de dos criaturas que están actuando. La deliberada sobreactuación de ambas surte su efecto en el público: risas ante la torpeza de Aleandro; y una mezcla de tolerancia y compasión para Aizemberg.>
La obra evoca con simpatía los lugares comunes de ese tipo de representaciones, en las que un error es vivido como un desastre capaz de provocar un infarto a la docente. Durante poco más de una hora circulan por el escenario versos, marchas nacionales, poesías campestres, canciones del Litoral, representación de pequeñas obras de teatro, lecciones orales sobre "La riqueza de nuestra patria" y una agotadora sucesión de escenas tendientes a exaltar el "espíritu patriótico".>
Es destacable el papel que desempeña Juan José Hermida como maestra de música: estricta, severa, obsesiva, con su impecable traje sastre y sus manos ejecutando el piano de manera pulcra, y con una mirada de hielo que, al activarse ante determinadas situaciones, logra convertir en marionetas a sus alumnas.>
La crueldad de corregir permanentemente a la nena torpe delante del público, llega a un punto de tensión cuando la criatura empieza a experimentar ganas de orinar. Entonces, la tortura se hace más explícita: la docente la obliga a terminar el verso; como es previsible, la alumna no puede aguantar más y termina atravesando una situación humillante que, de todos modos, no está planteada desde el lugar traumático, sino desde la gracia.>
Lo mismo ocurre con la selección de los temas musicales: "Tres hojitas madre", por ejemplo, reproduce fielmente ese rebelde sentimiento de tener que cantar algo que no se entiende. Por otra parte, la canción es uno de esos temas que presentan la insólita característica de acentuar sílabas que no llevan acento para lograr la rima. Es casi una metáfora de lo que está sucediendo sobre el escenario: nenas que deben demostrar, a fuerza de apropiarse de palabras y expresiones que no les son propias, cuán patriotas son.
La obra también se ocupa de ubicar el rol de la madre: la mujer perfecta, que da la vida por su hijo, que ama hasta el límite de la entrega absoluta, que resigna todo por amor: cuestiones que algunos podrían quizá desentrañar mucho más tarde, con la ayuda de un diván.>
Luego, todo se va deformando. La maestra no es tan perfecta, y no sólo comienza a equivocarse en alguna tecla sino que, además, en una especie de sueño más cercano al deseo que a la corrección que su rol le impone, abandona su silla detrás del piano y se despacha con un par de canciones en inglés, interpretadas con una voz y un movimiento imprevistamente sensuales.>
Mientras tanto, Aleandro, que había cosechado sonrisas hasta entonces, con sus pasos desacertados, sus expresiones exageradas fuera de lugar y su falta de gracia, ahora ya empieza a dejar que su cuerpo se exprese. Agotada, dice los versos rápido, ininteligibles. Además, acaba de ver a su abuela en la platea, y su atención está puesta allí. La única que sostiene su "investidura" es Aizemberg, convertida ya en una especie de máquina capaz de absorber y reproducir lo que se le mande.>
Todo parece desdibujarse. La música sigue sonando, si bien la maestra ya no está detrás del piano. El acto termina y las tres salen a escena, para saludar al público. La gente espera encontrarse con las actrices para aplaudirlas, pero es imposible: del escenario se han adueñado las pequeñas patriotas.>
NATALIA PANDOLFO