Muerte en vida

Por Carlos Catania

No hay día en que no se mencionen las tribulaciones del universo escatológico que nos ha tocado en suerte. El resentimiento parloteado, la queja consuetudinaria, se han convertido en deportes sociales de quienes, creyéndose libres de responsabilidades, cacarean sin una pizca de conocimiento. Compactas masas de muertos transitan las calles del mundo o se cobijan en sus panteones familiares, adormecida la conciencia de pertenecer a la humanidad. Sin ánimo terrorista, llamo muertos a los "independientes", a los desligados, a los que respiran en ese ámbito paralelo donde, pintarrajeados de inocencia y buena educación, se cocinan los equívocos, los chismes, prejuicios y mentiras. Sobre todo las mentiras.

A lo largo de los siglos, este conglomerado disperso (valga) ha engrosado sus filas, no sólo por acumulación demográfica, sino por miedo, por una inquietud que, tarde o temprano, a todos nos asalta, sobre todo cuando el mundo expone su fragilidad ante los crímenes y perversiones de que está haciendo objeto. Camus sostiene que Heidegger considera fríamente la condición humana y asegura que esta existencia está humillada. La única realidad sería un malestar en toda la escala de los seres, pero... "para el hombre perdido en el mundo y sus diversiones, este malestar es un temor breve y fugitivo". Por otra parte, si dicho temor adquiere conciencia de sí mismo, se convierte en angustia, clima perpetuo del hombre lúcido "en el que vuelve a encontrarse la existencia".>

Pienso que es necesario despojar a este pensamiento de límpidas abstracciones, a fin de poder encarnarlo en acciones concretas por mínimas que sean. En primer lugar, porque la angustia, convertida en conciencia y al igual que la gran literatura, no es huida o retraimiento, sino creadora e indócil: agudiza las percepciones, penetra la corteza de la realidad inmediata y estimula el rastreo de las causas. En segundo término, porque la conciencia es el arma más eficaz para dignificar el mundo, es decir para purgarlo de fobias, de su empecinada tendencia a la destrucción, a la muerte y a la explotación del hombre y las naciones. Es vigilancia, estado de alerta. Es participación.>

El escéptico, el entregado, vale decir el esclavo, descree de la conciencia ("�Para qué sirve?"). Ignora el cambio capaz de producirse si ésta llega a ser patrimonio de todo un pueblo. Una conjunción de miradas claras, más poderosas que el arsenal de misiles dispuesto por los idiotas homicidas que, en nombre de la libertad, de Dios, de la verdad (ay) y de tantos eufemismos putrefactos, amenaza borrar al planeta Tierra del Sistema Solar. Sólo a los muertos en vida, estos pequeños detalles les pasan por encima. Algo parecido a revestir de elegancia lo vulgar, una tozudez, tan necia como inútil, manipula la técnica del "no me meto" o del "no lo entiendo".>

Sin conciencia, un lugar común relacionado con la política, deja de ser común: un país tiene el gobierno que se merece. Basta observar con detenimiento un período de elecciones. En Ottawa, Canadá, tuve oportunidad de visitar el Parlamento. Al desembocar en la sala de sesiones, el guía dijo: "Aquí no hay disputas personales. Aquí se discuten las ideas". Bueno -pensé-, ojalá no se trate de un slogan, porque en mi tierra los politiqueros suelen esgrimir el agravio en lugar de la razón. Pensé, asimismo, en aquellos votantes que escogen un candidato sin conocerlo. Es decir, han visto su rostro en imagen y escuchado sus promesas (con matices, esencialmente las mismas), pero ignoran sus "tendencias neuróticas", sus complejos, su real visión del mundo (si es que la tiene), reveladas, desdichadamente, después de haber asumido.>

Hablar de "muertos en vida" no es más que una metáfora que, de alguna manera, nos incluye a todos, bien que si examinamos con rigor nuestra existencia, descubrimos que en sutiles aspectos del transcurrir, hemos permanecidos insensibles, víctimas de una supina ignorancia. Y no se trata de que la ignorancia destaque la estupidez del sujeto. Nada de eso: en sí misma constituye una característica inocua. Lo lamentable se produce cuando incurre en opinión. íTantos años de vida hablando sin fundamento!: el hombre, convertido en cadáver-parlante, ha dado lugar a los espacios sustitutivos del humanismo. Semejantes al prófugo de "La caverna", de Platón, �no nos acomete a menudo la necesidad de sustituir una relación convencional, por otra que nos hiciera sentir menos hipócritas? La palabra extinta contagia de muerte a lo real. No tiene parangón en el ámbito de las alienaciones mentales. Y cuando el juego universal se complace en echar la culpa del estado actual del mundo a circunstancias ajenas a nosotros, el error adquiere perfiles tan difusos que escapa a cualquier tentativa de comprensión.>

Los estereotipos han logrado tanto éxito como lo virtual. La confusión en que se vive, penetra a tal punto que conforma un modo de vida, y ya ni siquiera se piensa en alternativas. El hastío incita a buscar algún tipo de aventuras sólo en sueños, o apoltronados frente al televisor. Escapismo sin movimiento ni pensamiento. �No subyace aquí -como se ha dicho- el síntoma de un presentimiento colectivo del fin? Puede ser. Uno piensa en los jóvenes, en los niños que vendrán. Los muertos procuran "vivir" más: la ciencia proveerá. Pero...>

"Esas generaciones que ya nada esperan de un advenimiento futuro y que cada vez confían menos en la historia, que se entierran atrincherándose detrás de sus tecnologías prospectivas, detrás de sus provisiones de información acumulada y en las redes alveolares de la comunicación, donde el tiempo está por fin aniquilado por la circulación pura... esas generaciones tal vez no se despierten jamás, pero no tienen ni la más remota idea". (Baudrillard).>

Curiosamente, un índice del terror confortable, onanista, vacío interior que corroe al ser muriente, es la apetencia de escándalos. Hurgar en la vida y pasiones de los demás, reemplaza a la introspección. Cuando las desgracias de otros seres humanos se convierten en "diversión", significa que hemos llegado a la entrada de aquel sitio en que se lee la siguiente inscripción: Lasciate ogni speranza voi che entrate.>

Pese a todo, y sin ánimo de ubicarlos en una Arcadia, pienso en aquellos seres sencillos, cuyas palabras, en cordialidad con el universo, expresan el verdadero significado de las cosas. Sin aspavientos, sin telarañas, sin las pestes engendradas por esta civilización tan resplandeciente y agónica en su decadencia, sus voces apenas se oyen. El estruendo proviene de los embusteros. Montaigne escribe en uno de sus ensayos: "... y los hombres se entienden entre sí sólo merced a la palabra. Si conociésemos el horror y gravedad de la mentira la perseguiríamos a sangre y fuego, como otros crímenes".>

No le falta razón a este muchacho nacido en 1533.>

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