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Edición impresa | Nosotros
Edición del Sábado 21 de julio de 2007
Nosotros: NOS-12
Toco y me voy
El difícil arte de jugar
Los padres, los varones especialmente, tienen cierta tendencia competitiva que los lleva a querer demostrar cosas, instintivamente, a los hijos. Es una suerte de "saber hacer" en que está cifrado el "prestigio" y la "autoridad". ¿Quién me manda a querer hacer la vertical a esta altura del partido?

También es posible que vayamos perdiendo capacidad de juego. El juego, al menos en su primera etapa, la más auténtica y descontracturada, es una práctica con esencial componente lúdico (y no tenés por qué hacer trampa en el ludo con tus hijos, tampoco tenés que ganar siempre y tampoco tienen que ganar ellos siempre), pero los adultos -y me arriesgo a generalizar que mucho más los adultos varones- vamos perdiendo esa capacidad y la reemplazamos por la competencia en su doble vertiente: de saber hacer algo; de tratar de hacerlo mejor que el otro.

Con la primera acepción, todo bárbaro: está muy bien que uno sepa hacer algo (yo, por ejemplo, sé cazar moscas con la mano, y doy cursos a módicos precios en tres categorías: inexpertos, iniciados, avanzados) y que incluso pretenda trasmitirlo a sus hijos. En todas las especies animales (y no hace falta que me recuerden a cada rato que soy un animal), los padres "adiestran" a sus hijos, los enfrentan a situaciones problemáticas nuevas y les plantean posibles soluciones con la idea de que después las criaturas sabrán vérselas por sí solas con esos problemas.>

La segunda acepción, la de la competencia, tiene su lado positivo cuando motoriza conductas (nótese lo apropiado y atildado del discurso que utilizo: fino como una patada justo ahí) superadoras. Y tiene pulsiones abierta o cerradamente negativas cuando se concentra en la derrota del otro, en la consideración del otro como adversario y hasta enemigo, y en la necesidad elocuente de que ese cretino, aunque sea tu hijo, no te gane un carajo al ludo o a lo que sea. Que reme...>

Planteado en términos menos académicos y un poquito más prosaicos, como padre sería bastante bueno que tu pericia no genere únicamente victorias ante tus párvulos. Bien podés dejarte ganar, que te gambeteen, que te hagan un gol, un caño, que no le comas nada la ficha, que no le ganes esta vez en los jueguitos o en la play station. Ahí no perdés: ganás.>

Pero sucede también que hemos crecido (sin nuestra autorización) y de golpe ya no podemos hacer lo mismo que a los veinte, y menos con un pibe delante que tiene energías todo el tiempo y está siempre enchufado a dos veinte.>

Voy a dar un ejemplo: ¿qué necesidad de explicarle no sólo teóricamente cómo miércoles se hace la vertical? El padre atleta no se conforma con la natural autoridad que emana de su presencia constante en la casa. No señor. Quiere mostrarle a la criatura una acrobacia que le era afín dos décadas atrás... Y así explica, en la práctica, dónde hay que poner las manos, cómo hay que hacer con la cabeza, y de qué manera las piernas deben elevarse hasta buscar la vertical. Y el señor no sólo se contenta con mostrar esa destemplada pantomima y volver luego a su posición "normal". No señor: ese padre, además pretende caminar con las manos.>

Todo termina con el padre enterrado en el pasto, con la nariz pelada y una fuerte contractura que seguramente fortalecerá la duda de una ¿necesaria? visita al traumatólogo (una bofetada al orgullo), o con un dolor de cintura que lo mantendrá inclinado y en falsa escuadra, como esas viejas camionetas a las que se le rompieron los elásticos.>

La otra vertiente, es la del padre impulsivo, que juega y hasta se deja ganar a la pelota por el pibe. Pero que en el algún momento, cansado de tanta domesticada regulación de fuerzas, aplica de golpe un remate con toda la fuerza y el nene termina con la pelota incrustada en la cara, llorando y con sangre en la nariz. Y un padre culposo que sale corriendo a calmar a toda la familia y a buscar el botiquín o el médico, según los casos.>

Yo no sé qué clase de padre es cada uno. Pero como hijo disfrutaba enormemente al poder ganarle al tenis a mi viejo, las pocas veces en que me dejaba. Lo que no significa, se los voy diciendo así, de una, que le voy a permitir ganar a esa cretina sobradora de mi hija al ludo sólo porque es más pequeña.>



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