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Persona y Sociedad
Edición del Domingo 12 de agosto de 2007
EN EL DÍA DEL NIÑO
"La cuestión de la niñez es una cuestión de adultos"

Este domingo, nuestra mirada se va a dirigir de modo especial a los niños. En ellos contemplamos la esperanza de una vida que es comienzo y promesa. ¿Qué es lo que ellos necesitan para crecer de un modo sano y alcanzar una vida plena? Creo que la cuestión de la niñez es una cuestión de adultos. Yo marcaría dos aspectos a tener en cuenta en nuestra relación con ellos. Ante todo, que se sientan amados, pero también que consideremos en ellos su dimensión espiritual.

Una persona que se siente amada vive confiada y segura. Una nota que considero importante en un amor auténtico es que sepa ser exigente. Un amor sin exigencias complace al principio, pero termina empobreciendo. Es cierto también que una exigencia sin amor esclaviza, y el esclavo, más temprano que tarde, se rebela y busca su libertad. La exigencia, en cambio, cuando nace del amor busca el bien del otro y lo eleva.>

No debemos temer poner a nuestros niños la exigencia de un límite, o pedirles una actitud que signifique esfuerzo. En esto descubro una característica del amor que Jesucristo nos manifiesta en el Evangelio. Él no nos dice que todo está bien, ni busca comprar mi amistad. Me habla de ser generoso, de no pensar tanto en mí, sino en mis hermanos. Me dice que sea más humilde y desprendido, que sepa renunciar y no ser tan egoísta, y así podríamos continuar. La exigencia que nos propone nace de un amor que busca nuestro bien. Deberíamos revisar el amor con el que acompañamos a nuestros niños. Ellos lo necesitan.>

LA DIMENSIÓN ESPIRITUAL

El otro aspecto que considero importante es el reconocimiento de la dimensión espiritual. No se trata de un agregado yuxtapuesto, sino de una dimensión que pertenece a su condición de ser espiritual. Muchas veces nos preocupa sólo lo material, que es necesario, y creemos que con ello ya hemos cumplido. Sin embargo, nos quedamos en la puerta de sus necesidades. Desconocer su dimensión espiritual es no conocer su vocación plena de hombre.

El niño necesita que se valore y se cultive en él esa apertura a lo trascendente. Cuando una madre enseña a rezar a su hijo, cuando lo pone en contacto con Dios, lo está introduciendo en la verdad más profunda de su vida, en la que el hombre se reconoce como criatura e hijo de Dios. "Enséñanos a rezar", eso nos basta, era el pedido de los discípulos a Jesús. Dios es la fuente que da sentido y horizonte a la vida del niño. Su capacidad de apertura a lo trascendente reclama de nosotros una actitud de respeto y acompañamiento. Qué triste cuando en la vida de un niño Dios está ausente. Dios no desplaza a nadie, pero sí ilumina la vida de todos.>

No podemos dejar de pensar en este día en muchos niños que viven el dolor de la pobreza y la marginalidad. Ellos son iguales ante Dios, qué bueno que lo sean también ante nosotros. Que frente a ellos tengamos una actitud de amor y de preocupación tanto por sus necesidades materiales como espirituales. Si buscamos una sociedad con equidad e inclusión social, esta realidad de la infancia en riesgo debería ocupar un lugar central, diría prioritario, en la vida y en la política de la sociedad.>

Mons. José María Arancedo





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Domingo 12 de agosto de 2007

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