Sergio Serrichio (CMI)
Aunque esencial para seguir las grandes tendencias y las cuestiones públicas, las estadísticas nunca tuvieron buena prensa. Amén del famoso dicho del primer ministro inglés Benjamín Disraeli acerca de la existencia de tres tipos de mentiras, "las mentiras, las grandes mentiras y las estadísticas", está la conocida referencia a que si, de dos personas, una come un pollo y la otra nada, la estadística dice que comieron medio pollo cada una, y cuentos como el del estadígrafo de cacería que, tras el disparo de un primer colega que pasa un metro a la derecha y el de un segundo que pasa un metro a la izquierda de un ciervo, arroja su escopeta al aire al grito de "le dimos".
Son críticas injustas. Como disciplina, la Estadística tiene herramientas mucho más sofisticadas y reveladoras que el simple promedio, pero que requieren un esfuerzo que el común de los mortales no está dispuesto a hacer. >
En materia de distribución del ingreso, por ejemplo, es más usual precisar cuántas veces más gana el diez por ciento más rico de la población respecto del diez por ciento más pobre, que seguir la evolución del "coeficiente de Gini", un indicador más complejo y abstracto que tiene la virtud de medir la desigualdad en todo el espectro socioeconómico y no sólo la brecha entre sus extremos. >
Esas, sin embargo, son minucias comparadas con la grosería institucional, la manipulación informativa y el desprecio por la verdad que el gobierno ha mostrado a lo largo del año en la saga del Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (Indec), una agencia históricamente al margen de la crónica política, sindical, policial y judicial, pero que este año las tuvo todas. >
A fines de enero, ante la evidencia de que la inflación de ese mes superaba el 2 por ciento (un ritmo cercano al 30 por ciento anual) y con el aval del presidente Néstor Kirchner, el secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno entró como un pistolero a la agencia estadística a "bajar" como fuere el índice de precios al consumidor (IPC) de Buenos Aires y alrededores. Luego, lo que algunos pensaban era un arrebato pasajero se convirtió en una política burda y continua de falseamiento, como fueron revelando la mera observación de la realidad y el cotejo de la inflación "morenista" con otros indicadores. >
Renuncias, funcionarios desplazados, aprietes, "batata entry" (humorística designación de la carga de datos por parte de esbirros de Moreno), cambios inexplicados, una "normalización" fallida y muchas irregularidades más forman parte de la crónica y de los dictámenes del fiscal nacional de Investigaciones Administrativas, Manuel Garrido, quien pidió el desplazamiento de sus cargos de Moreno y de Beatriz Paglieri, su mano derecha en la manipulación del IPC, y del fiscal Juan Stornelli, que pidió al juez federal Rodolfo Canicoba Corral que cite a Moreno a declaración indagatoria. El viernes, adicionalmente, la Asociación de Defensa Civil presentó un pedido a la jueza Claudia Rodríguez Vidal, para que ordene al Indec explicar los "cambios metodológicos" introducidos por Moreno y Cía. >
La saga llegó a nuevos extremos la semana que pasó. El miércoles hubo represión policial a las puertas del Indec; el jueves, la intervenida agencia decidió no divulgar las cifras del Estimador Mensual Industrial (EMI) de julio, en primera instancia para "retocarlo" y -luego, ante la resistencia del director del área, que amenazó con renunciar- para embellecerlo con explicaciones y subíndices como el EMI "sin acero", que se difundió el viernes. Así como Martínez de Hoz, apellido vinculado a lo más rancio de la oligarquía ganadera, creó el IPC "descarnado" para disimular el efecto de la suba del asado, la gestión Kirchner -industrialista si las hay, aunque también tuvo sus escaramuzas con la lechuga- inauguró el EMI "desacerado" para disimular el efecto de la escasez energética.
En tanto, el IPC "nacional", que mide la inflación no sólo en Buenos Aires, sino también en seis provincias del interior, empezó a disciplinarse en algunos distritos, como se sospechaba que ocurriría, debido a la expansión de la influencia morenista, pero no en San Luis y Mendoza, cuyas díscolas direcciones de estadística se empeñan en mostrar que por esos lares la inflación viaja a un ritmo entre dos y tres veces superior al "oficial". >