Sergio Serrichio (CMI)
"Por supuesto que (el Indec) es creíble; todos saben que el Indec es creíble", le contestó el jueves el presidente Néstor Kirchner a Francisco Olivera, periodista del diario La Nación, cuando éste lo abordó en la celebración del Día de la Industria, una tenida en la que los representantes fabriles elogiaron sin pudores la política económica oficial. Uno de ellos llegó incluso a comparar a Kirchner con Carlos Pellegrini.
Para justificar las tropelías que se han hecho con las estadísticas oficiales y con la agencia gubernamental encargada de realizarlas, el presidente recurrió al cliché todo-terreno del noventismo. "El Indec tiene una metodología que responde a la década del '90 y que hay que actualizar. Va a ser reformado por el próximo gobierno, por Cristina", explicó.
El lunes, también en un foro empresario, Cristina había señalado, con ese aire supuestamente profundo que tanto cuesta distinguir de la tilinguería, que la metodología de cálculo del Indec no es "ni el Talmud, ni el Corán, ni la Biblia". Lo cual es cierto, pero no tiene nada que ver con los manotazos que a través de diferentes emisarios el gobierno aplicó para falsear los datos de inflación y -por lenta pero inevitable extensión- los del conjunto de la economía.
Las explicaciones del matrimonio presidencial para justificar la intervención del Indec, que -a todas luces- el propio presidente ordenó, no importan tanto por lo burdas, sino por la determinación que trasuntan. Sería más sincero y claro si ambos dijeran: "El índice es nuestro, y lo manejamos nosotros". El problema es que no es de ellos.
Esta columna ha sido algo reiterativa con el caso del Indec, porque refleja como pocos la determinación de falsear la realidad, de desinformar, de mentir, proceso inevitablemente acompañado por la devaluación de la palabra y de la información pública.
Ese déficit de credibilidad se está extendiendo ahora como una mancha venenosa al sistema electoral, pilar político-institucional de la democracia representativa, como muestra el conflicto de Córdoba. Difícilmente, la negociación, los acuerdos y el consenso -para aquellas cosas que es necesario- puedan surgir de un ambiente en el que los diferentes actores piensan que los demás son unos tahúres.
De entrada, y más allá del conflicto sobre quién ganó o perdió en la provincia mediterránea, los resultados de la elección del domingo pasado -también los de Santa Fe- llamaron la atención sobre la creciente brecha entre las predicciones de los encuestadores y el (aparente) veredicto de las urnas.
A juzgar por las cifras, el triunfo de Hermes Binner en la única provincia que el peronismo gobierna sin interrupciones desde 1983 nunca estuvo en peligro. Es incluso dable sospechar que podría haber sido más amplio si algunas encuestas no le hubieran dado el envión final que tuvo a la campaña de Rafael Bielsa, quien en la noche del domingo abortó toda posibilidad de confusión reconociendo hidalgamente su derrota.
De cara al 28 de octubre, el desafío electoral de Cristina Fernández de Kirchner es superar el 40 por ciento de los votos, porque si algo garantiza la actual oferta de candidaturas de oposición es que ninguna de ellas se le arrimará en primera vuelta a menos de diez puntos.
Las encuestas ubican sistemáticamente a la candidata oficial por arriba de aquel umbral. De once trabajos realizados al respecto entre junio y setiembre, sólo uno, de la Consultora Poliarquía, realizado en julio y sobre la base de 800 casos, de a la también primera dama y senadora una proporción inferior, de 34 por ciento. Aun en ese caso, los opositores están lejos (en esa compulsa, quien aparece segundo es el ex ministro Roberto Lavagna, con 12 por ciento). Aunque también hay una encuesta, de la consultora Analogías, realizada en agosto, que le otorga a la primera dama una intención de voto superior a 50 por ciento, sobre la base de 500 casos en Capital Federal y Gran Buenos Aires.
Pero, en vista de las recientes sorpresas, ¿estarán las encuestas diciendo realmente lo que piensan hacer los votantes? Más allá de las dificultades técnicas de auscultar las preferencias populares y de la volatilidad y sinceridad de los encuestados, está el habitual sesgo de las encuestas hacia el cliente que las paga. El gobierno es el principal consumidor y tiene el bolsillo más hondo, por lo que es de presumir que, al menos aquellas que se hacen públicas, sobreestiman sistemáticamente los probables votos y la ventaja de Cristina. Es entonces legítimo preguntarse si Cristina, cuya capacidad para entusiasmar al ciudadano de pie es cuanto menos incierta, tiene realmente asegurado el 40 por ciento.
Un paneo de los principales distritos refuerza la conclusión de que la primera dama depende, más que nunca de los votos que arrastre Daniel Scioli, un raro fenómeno electoral, en la provincia de Buenos Aires. Capital Federal, ya se ha visto, no es un activo electoral K. En Córdoba, sea cual fuere el desenlace del conflicto entre la victoria que canta Schiaretti y el robo que denuncia Juez, el delasotismo no tendrá ni muchas ganas ni mucha fuerza para asegurarle votos en masa a Cristina. Y Santa Fe -en donde el kirchnerismo pretendía al menos no perder y disciplinar al moderado Binner con la cercanía electoral de Bielsa- quedó sesgada, tras los resultadosa del último domingo, hacia la candidatura de Elisa Carrió, cuyo compañero de fórmula, el senador socialista Rubén Giustiniani, es, precisamente, el presidente del partido de Binner.
La otra dificultad de Cristina es ocultar las grietas de la construcción oficial. A la interna entre el devidismo y el albertismo se sumaron en las últimas semanas disidencias con los sindicatos. Tal vez temerosa de la herencia, la senadora bonaerense viene sobreactuando las señales hacia el mundo empresarial. Por eso, y por el segundo plano en el que sindicalistas y algunos sectores del peronismo tradicional quedaron en la glamorosa escenografía de campaña, Hugo Moyano salió a cuestionar las aptitudes presidenciales de Cristina.
Ni lerdos ni perezosos, varios sindicatos que en los últimos años sufrieron los avances del líder camionero olieron sangre y se preparan para consumar, bajo la coordinación del ubicuo Luis Barrionuevo, una movida que en la semana próxima buscará vaciar de poder el liderazgo moyanista.
Como otras veces en la historia, también ahora el peronismo se perfila como el principal enemigo de sí mismo.
Obeid
El gobernador Jorge Obeid, primer candidato a diputado nacional por el Frente para la Victoria de Santa Fe viajará el lunes a Capital Federal. El mandatario se reunirá, desde las 9, en la Casa Rosada, con el presidente Néstor Kirchner y la candidata a sucederlo, Cristina Fernández de Kirchner para delinear la campaña electoral en Santa Fe para los comicios del 28 de octubre.
Será además el primer encuentro entre Kirchner y Obeid después de la elección provincial de Santa Fe, tema que no estará ausente en la conversación.
El Litoral informó ayer que el martes, Kirchner recibirá a Hermes Binner y Griselda Tessio.