La vuelta al mundo
Los dilemas de Kirchner en la ONU
Por Rogelio Alaniz

Es muy probable que la estrategia de Néstor Kirchner en la Asamblea anual de las Naciones Unidas, apunte a judicializar la relación con Irán, descartando la posibilidad de un conflicto político. Dicho con otras palabras: el presidente argentino le reprocharía a Irán no colaborar con la Justicia argentina, algo muy diferente a imputarle la organización del atentado terrorista contra la AMIA.

En el mundo de la diplomacia, las palabras son muy importantes. Un adjetivo, un sustantivo, un signo de pregunta o un énfasis determinado adquieren un significado especial. La Asamblea de las Naciones Unidas es un escenario público, el más importante en el mundo actual, en donde lo que se dice tiene importancia siempre y cuando se lo relativice y no se pierda de vista que, como dijera en su momento Winston Churchill, un diplomático es una persona preparada para mentir con elegancia.

En estos recintos, cada gesto está debidamente estudiado, desde el más irrelevante al más escandaloso. Nikita Kruschev golpeando con su zapato en el pupitre o Arafat hablando con una pistola en el cinto y un ramo de olivo en la mano, son manifestaciones emotivas fríamente calculadas y ensayadas con el cuidado y el esmero que emplea un actor para salir en escena.

Estas sinuosidades de la diplomacia dan cuenta del carácter complejo de las relaciones interestatales en donde se comprometen intereses a veces irreconciliables. En el caso que nos ocupa, parecería que el gobierno argentino se ha comprometido con la comunidad judía y los principales lobbies norteamericanos para repudiar el belicismo de Irán y, en el camino, condenar la supuesta participación de este país en el atentado terrorista contra la AMIA. Razones económicas y de gobernabilidad interna e internacional han colocado a la Argentina en ese lugar.

El problema que se le presenta a la diplomacia kirchnerista consiste en que el rumbo de esa estrategia puede llegar a subordinar a la Argentina a la estrategia norteamericana en Medio Oriente, un tema que va más allá de las disquisiciones acerca de lo justo o injusto de una posición política, para comprometer un conjunto de intereses que en la actual coyuntura pueden llegar a violentar el interés nacional tal como lo concibe el actual gobierno que ha manifestado hasta el cansancio sus críticas a la diplomacia de las relaciones carnales practicadas por el menemismo.

Kirchner, y parecería que con más entusiasmo su esposa, no tendrían demasiados inconvenientes en condenar a Irán y terminar de ganar el apoyo de la comunidad judía y de Estados Unidos, pero lo que ocurre es que, por otro lado, el agravamiento de las relaciones con Irán no es lo que más le convendría a la Argentina en las actuales circunstancias, sobre todo, si se tiene en cuenta que Ahmadinejad advirtió de manera bastante directa -a través de sus funcionarios diplomáticos- sobre las consecuencias de la decisión argentina de sumarse a lo ellos califican como "el gran Satán".

Por otro lado, la Argentina mantiene muy buenas relaciones con Venezuela, relaciones en las que las afinidades ideológicas están subordinadas por los intereses económicos y financieros. Nuestro país necesita de los recursos venezolanos y, por lo tanto, no podría darse el lujo de alinearse con Estados Unidos en este tema, sobre todo si se tiene en cuenta que para Chávez, Irán es un aliado estratégico en su lucha contra el imperio.

Como se podrá apreciar, el espacio en el cual se debe desenvolver la diplomacia nacional es muy estrecho, por lo que la única estrategia realista es la de insistir en los aspectos judiciales del tema, es decir, reclamarle al gobierno de Irán que colabore judicialmente en la investigación del atentado terrorista sin que ello signifique responsabilizarlo por haberlo alentado de una manera directa o indirecta.

El problema que se presenta, cuando se trata de equilibrar situaciones tan contradictorias, es que preocupados por quedar bien con todos se termine quedando mal con todos. Esta hipótesis se agrava cuando el nivel de conflictividad en juego es muy grande. No olvidemos que hace una semana Sarkozy y su canciller usaron por primera vez en muchos años la palabra "guerra" contra Irán. Por su parte, las posiciones de Bush al respecto han sido claras, y en este tema también coinciden los demócratas norteamericanos, al punto que los entendidos aseguran que el mayor respaldo a la comunidad judía en Estados Unidos proviene precisamente de los demócratas.

No se debe perder de vista que Ahmadinejad ha dicho en repetidas ocasiones que ambiciona disponer de energía nuclear y que su objetivo es destruir a Israel. Este discurso lo ha repetido en diferentes ocasiones y, por lo tanto, hay razones para creer que lo dice está decidido a hacerlo. Los exabruptos belicistas de Irán preocupan a Israel y a Estados Unidos, pero también a sectores importantes de la comunidad árabe y, muy en particular, a las naciones con mayoría sunnita.

Una última consideración a tener en cuenta a la hora de pensar en una estrategia diplomática adecuada a nuestros intereses nacionales. Efectivamente, el terrorismo islámico en la Argentina no es un problema teórico, un dato curioso que sucede a miles de kilómetros, sino una realidad dolorosa. En la década del noventa, los atentados terroristas de signo islámico más importantes en el mundo se realizaron en la Argentina. Está fuera de discusión que el ataque a objetivos judíos fue por sobre todas las cosas un ataque a la Argentina.

En nombre del realismo diplomático, de las relaciones carnales con Venezuela, �debemos quedarnos callados? Es verdad que atendiendo a la gravitación de la Argentina en el mundo no nos conviene sobreactuar nuestro rol o transformarnos en los abanderados de la lucha contra el terrorismo islámico -un lujo que sí se pueden dar Francia o Inglaterra- entre otras cosas porque todo jefe de Estado debe evaluar con responsabilidad las consecuencias de sus actos, pero la prudencia no puede hacernos perder de vista nuestros intereses estratégicos con Occidente.

Kirchner debe saber que para la diplomacia es tan importante saber cómo desenvolverse en desfiladeros estrechos como saber en dónde están los verdaderos intereses nacionales. Transitar con torpeza por los desfiladeros puede precipitarnos al abismo, desconocer el rumbo de nuestra marcha es mucho más grave, es ignorar quiénes somos y hacia dónde vamos.