ROBERTO MAURER
El lunes fue día de sentenciados en "Bailando por un sueño" y la curiosidad no se dirigió al reemplazo de Cinthia Fernández por Catherine Fulop, que se había retirado de la competencia invocando una lesión, que en su caso no habría sido física, sino moral: fue mostrada su imagen de la jornada anterior, furiosa, recorriendo un pasillo rumbo a sus camarines, y gritando "se van todos a cagar".
La atención, en cambio, se depositó en el desenlace de una crisis de pareja provocada por un profundo dilema ético, que se ventiló durante toda una semana en los programas viperinos de la tarde, cuando Matías Alé planteó que, como sentenciado, podía beneficiarse con la presencia de Graciela Alfano, su mujer y miembro del jurado, a quien había solicitado que se excusara.
"El pedido que le hice a Graciela fue que, en esta sentencia, se mantuviera al margen de salvarme pero se puso mal. Me parece que es como un pedido de independencia. Estoy súper agradecido a ella y sabe que mi amor es incondicional, pero también necesito crecer e ir al voto telefónico", dijo Matías Alé en "Los profesionales".
"No es una obligación trabajar con la pareja, a nosotros nos hace muy bien pero en esta oportunidad quise poner un límite, no que me suelte la mano pero sí que me deje experimentar. La amo mucho y le hice un pedido, espero que me respete... Tal vez ella no se lo esperaba, es como una crisis de valores... Habría que preguntarle por qué se enojó tanto...", prosiguió. La dramática situación había comenzado en "La previa del show", en la señal Magazine, ante cuyas cámaras rompió en llanto. "Yo sé todo lo que ella siente por mí pero me duele que no me dé el lugar que necesito..."
El buen conocedor inmediatamente percibirá que, más allá de la honestidad de la posición del joven, también está planteando por primera vez su emancipación del billete premiado que encontró en su camino hace ocho años, cuando su vida se cruzó con la de Graciela Alfano.
Matías era un joven desconocido de 22 años y menor que los hijos de la vedette que tan generosamente lo había recogido en el camino para subirlo a la carroza dorada de la farándula en la que, durante todos estos años, ejerció un papel secundario. Ella aparecía en la tele y cuatro metros atrás, podía ser visto Matías Alé, como un ovejero entrenado. Fueron tratados con escepticismo, pero la relación no fue un capricho de ella, ni él resultó un vulgar gigoló: en estas épocas de sentimientos volátiles, ha sido un matrimonio exitoso.
Este año, mientras bailaba por un sueño, Matías Alé reveló discretos talentos histriónicos con los que, por lo menos, podría triunfar animando fiestas infantiles: está pidiendo pista.
El lunes, en fin, hubo expectativa, ya que se resolvía el destino de la pareja y se definía lo que esa noche Matías Alé llamó sabiamente "un conflicto de valores". Ella, la jurado Graciela Alfano, habló y ofreció un ejemplo de la estatura moral que se exige a las personas que han asumido responsabilidades. Se refirió al compromiso adquirido con la producción, aseguró que sería justa y ecuánime "por respeto al jurado prestigioso que me honra integrar", y dijo que dada su función, no podía aceptar que un participante le pidiera su apartamiento, aunque afuera fueran marido y mujer.
Hablaron todos, habló Sofovich y habló Moria Casán, que, bien guacha, aclaró que se sentía "incómoda" porque podía filtrarse su voto, tratando de envenenar el ambiente. Y también habló Matías Alé, mucho, porque ya no es el ovejero silencioso de mirada dulce y aprendió a hablar, y contó su viaje a Jujuy en compañía de su soñadora, y su visita a los niños que necesitan de una máquina de diálisis, un problema del que, en realidad, debería ocuparse el ministro de Salud de Jujuy, y no Matías Alé, que bastante ocupado está atendiendo a Graciela Alfano y bailando para Tinelli.
Al mismo tiempo que en el 13 se recibía el voto telefónico para las parejas sentenciadas, en Telefé y con la misma seriedad, se votaba en "El gen argentino" acerca de quién era mejor, si Borges o Favaloro.