| |
textos de Nancy Balza. fotos de Eduardo Salva y El Litoral.
Cada sábado desde temprano, sillas y atriles empiezan a poblar la superficie del flamante salón. Todo está listo antes de las 10, cuando comienzan a arribar a la sede de la vecinal los protagonistas de esta historia que se gestó un año atrás y hoy ya es bien conocida. Entre saludos y sonrisas, llega el momento de afinar los instrumentos y el sonido de la música colma de a poco todo el espacio. Bajo la batuta de Heraldo "Pipi" Botta, se pone en marcha otro ensayo de la Orquesta Sinfónica Infantil.
Allí están Carolina, de 12 años, que eligió tocar el violín por el sonido y celebra que en casa también la escuchen cuando practica. También está Belén, que a los 10 no había escuchado la música clásica que ahora es parte de su repertorio. Y llega Juan Pablo quien, además de tocar, agradece las nuevas amistades que le procuró la orquesta, al igual de Rocío, de 11, que sueña con seguir estudiando.
Son algunos de los chicos y chicas de entre 7 y 15 años que cada semana asisten a la sede de Risso al 1700 para estudiar, practicar, intercambiar, confraternizar y encontrarse con sus pares durante algunas horas, las indispensables para hacer posible que se cumpla el artículo 27 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, cuando expresa que "...toda persona tiene derecho a tomar parte libremente en la vida cultural de la comunidad y a gozar de las artes...".
Este fue el motor que impulsó el proyecto, que comenzó a rodar en julio de 2006, a instancias de la Secretaría de Estado de Derechos Humanos, recuperando la experiencia desarrollada en otros barrios y pueblos del país, en los que se puso en práctica la consigna de acercar la cultura a los chicos.
"La idea de hacer una orquesta infantil no es nueva. Justamente la Orquesta de Niños (Escuela 9.901) es nuestra hermana mayor: hace 47 años que existe y fue creada por el profesor Roberto Benítez. Yo me inicié hace 30 años estudiando música en ese lugar", contó Botta, contrabajista e integrante de la Sinfónica Provincial.
En este caso la apuesta fue llevar la música al barrio donde viven los propios chicos que, además, ya tenían a la vecinal como un referente -reconocido en el resto de la ciudad- y ámbito para el desarrollo de numerosas experiencias.
Así llegó el momento de la inscripción, a la que respondieron casi cien niños y niñas, y comenzaron las actividades, aunque sin los instrumentos que iban a llegar a través de un subsidio de Desarrollo Social, que se demoró. Pero igual se iniciaron las clases, con Laura Ibañez en Lenguaje Musical y Botta en Apreciación Musical.
"Cuando la Secretaría de Derechos Humanos supo lo que estábamos haciendo, no dudó en apoyar el proyecto y se comprometió a comprar los instrumentos", cuentan. Los primeros diez llegaron en mayo de 2007, y los chicos se los iban prestando unos a otros para tener la posibilidad de practicar. Luego llegaron otros, hasta totalizar 16 violines, 6 violas, 4 violoncellos, un contrabajo, 4 flautas y 4 clarinetes, más aquellos que pueden prestar los profesores.
Desde entonces comenzaron a armarse los repertorios, de manera que todos pudieran tocar al menos una o dos notas, tanto aquellos que recién se inician en el manejo del instrumento, como los que ya están más avanzados. Botta no niega que les gustaría conseguir algunos instrumentos más para facilitar el aprendizaje y la práctica musical.
El 24 de julio de 2006 llegó el día de la primera clase. "Teníamos a los chicos sentados en sus sillas y les preguntamos si conocían la música clásica. Nos contestaron que no. Les preguntamos si conocían el violín o la flauta y -salvo algunos- la mayoría no conocía nada". La conclusión a la que llega el director de la orquesta es que "los chicos no pueden disfrutar de lo que no conocen".
�Por qué se inscribieron igual aunque no conocían esta música? "A muchos chicos los anotaron sus padres, pero -además- hubo una tarea importante de difusión de la presidenta de la vecinal, Mónica Ledesma, para explicar la propuesta a padres y chicos". Es el caso de Rita, la mamá de Ángeles, que estaba buscando alguna actividad para su hija y, cuando se enteró del proyecto, no perdió tiempo en averiguar. "Ahora mi hija me enseña a mi y desde que empezó a tocar el violín comenzó a leer mejor y se volvió más responsable con sus cosas".
Mónica, mamá de Aldana, coincide en que para su hija fue todo un cambio: "ésto es su adoración, conoce las notas y si se le corta una cuerda al violín, es como si se le acabara el mundo".
Es que precisamente ése es el objetivo del grupo: que los chicos puedan acceder a las actividades culturales, integrarlos, asegurarles igualdad de posibilidades, incluirlos socialmente a través de la música. "Nuestro fin no es generar músicos prodigio -señaló el director-, pero sí que a través de la música se llegue a todo lo demás".
Susana Figueroa es directora de Políticas y Planeamiento de la Secretaría de Derechos Humanos, y recuerda que la propuesta surgió a partir de un proyecto de Natalia Garnero, profesora de Flauta, "que nos contó acerca de las experiencias en el país y el exterior luego de vivir seis años en Francia y volver a Rosario".
"Siempre veíamos al arte como un mecanismo integrador por excelencia. Eso hace que, en cascada, la expresión artística favorezca no sólo la integración sino también el establecimiento de los lazos solidarios y el aprendizaje de la lecto-escritura", define.
Ahora que los chicos "están haciendo sus primeros pasos en el aprendizaje de un instrumento sinfónico, se logró con creces lo que buscábamos, que era llevar estas expresiones artísticas a sectores menos favorecidos, y garantizar el derecho humano de acceso a los bienes culturales".
A lo largo de este año, el trabajo tuvo una clara incidencia en la comunidad. "Existe el compromiso de las familias para que la orquesta siga adelante y en los chicos notamos que, aquellos que no se integraban en otras actividades que ofrece la vecinal, se sumaron a este proyecto". Figueroa recuerda que cuando llegó a un ensayo de la Orquesta Infantil, los chicos se habían ubicado al lado de sus instrumentos y "si alguien se quería acercar, los cuidaban como si fuera lo más valioso que tenían".
Pero cuando aún no había instrumentos que cuidar se hizo, el año pasado, una primera muestra con órganos y metalofones, junto con el aporte de los propios profesores. Pero una vez que llegaron violines y violas, flautas y clarinetes, los chicos y chicas no quisieron esperar más y comenzaron los ensayos de los sábados.
"La primera obra que preparamos fue "La Primavera" de Vivaldi, que sirvió para hacer la presentación oficial de la orquesta, el 13 de junio, con los chicos en el escenario -recuerda ahora Botta-. Los profesores tocaban la melodía y los chicos una nota cada uno, pero impactó a todo el mundo".
Tres meses después de recibir los instrumentos llegó el debut en ATE-Casa España con varias obras, arreglos propios, adaptaciones de canciones infantiles y de música clásica, y obras sacadas de los métodos de los chicos.
De todas las actividades posibles para concretar la consigna de la inclusión se eligió, en este caso, la música. �Por qué? "Porque es liberadora de emociones, porque la experiencia orquestal permite expresarse, tomar confianza en uno mismo". Botta asegura que los chicos que hace un año eran muy tímidos, ahora están mucho más seguros de lo que hacen y ganan confianza en sí mismos, "porque incluso se llevan el instrumento a su casa, lo que implica cumplir con dos requisitos: no faltar a clases y estudiar".
A este compromiso personal se suma la actitud hacia los demás: "aprenden a escuchar al otro y a ser creativos. En la orquesta trabajan muy bien la disciplina, respetan a los docentes, hacen silencio. Tienen que escuchar lo que hace el otro, porque lo que suena en la orquesta es el resultado de lo que hacen los demás. Entonces, entienden el trabajo en equipo".
Como plus, la concentración en el estudio les permite desarrollar una psicomotricidad más fina que repercute en otras áreas. "Los chicos mejoran en la escuela, el trato con los docentes y con los compañeros, mejoran el resultado escolar, están más seguros de sí mismos".
Otro punto a favor -que no es menos que el aprendizaje- es la amistad: "hace 30 años, en la Orquesta de Niños, hice amigos que todavía tengo. Veo que lo mismo ocurre acá y espero que en el futuro tengan buenos recuerdos. Me entero ahora -dice Botta- que los chicos que se llevan el instrumento a la casa, se reúnen a estudiar juntos y a tocar".
Todos los requisitos parecen cumplirse para el director de la orquesta. Es más, "una de las cosas más importantes que me recalcaron en Derechos Humanos para iniciar las actividades y buscar los profesores es que, más allá de que los chicos aprendan a tocar un instrumento -y algunos ya se destacan-, lo más importante es la contención y el afecto".
Mientras el grupo ajusta el programa de actividades que desarrollará en los próximos meses, con el objetivo de compartir lo aprendido con otros chicos, apuestan a que el proyecto perdure más allá del cambio de gobierno. Y a que crezca y replique en todos los barrios donde sea posible.
Una resolución de la Unesco que data de 1995 propone a sus estados miembros otorgar "el respaldo necesario para procurar la consolidación de un Sistema Mundial de Orquestas Infantiles y Juveniles, y solicitar la búsqueda de recursos que coadyuven al impulso de este ejemplar proyecto multidisciplinario".
En el mismo año se creó en el país un programa nacional a través de un convenio con el entonces Consejo del Menor, que condujo a la formación de la Orquesta Juvenil del Consejo de Niñez, Adolescencia y Familia, y la Orquesta Escuela de Chascomús. Desde entonces, el número de orquestas infantiles y juveniles para chicos y chicas en situación de vulnerabilidad se fue acrecentando.
En la ciudad de Buenos Aires, más de 200 niños integran las orquestas de Villa Lugano y Retiro. Proyectos semejantes se pusieron en marcha en barrios carenciados de las provincias de La Pampa, Jujuy, Chubut y Neuquén.