Rogelio Alaniz
En los tiempos de los gobiernos conservadores al candidato del oficialismo se le decía "el caballo del comisario", porque todos los recursos del poder estaban orientados a garantizar su triunfo. El caballo del comisario ganaba por las buenas o por las malas, la carrera era un simulacro, una ficción, porque el resultado se conocía de antemano. La principal preocupación del oficialismo era asegurar que la carrera se haga y que los rivales acepten competir con el caballo del comisario a cambio de alguna recompensa menor.
Los tiempos han cambiado, pero algunas concepciones sobre el ejercicio del poder en lo fundamental se mantienen intactas. Dicho con todo respeto, hoy el comisario se llama Kirchner y su candidato responde al nombre de Cristina. Lo novedoso en este caso es que no hace falta hacer trampas en los comicios para asegurar un resultado favorable. Todo ha sido deliberadamente preparado como para garantizar un final feliz para el oficialismo. Las elecciones se van a celebrar el 28 de octubre y, por primera vez en muchísimos años, lo menos importante es el resultado, porque el resultado es lo único que está fuera de discusión.
Puede que haya sorpresas de último momento, pero daría la impresión de que lo que se va a imponer es lo previsible. Se dirá que no es justo reprocharle al gobierno nacional que la sociedad decida apoyarlo; se dirá que tampoco es culpa suya que la oposición se presente dividida; se dirá, por último, que no existe ningún impedimento legal para que la oposición cumpla con su rol.
Todas estas objeciones son justas, pero lo que no es justo es el apoyo desenfadado del Estado a la candidata oficial. Tampoco es justo, y mucho menos republicano, que la candidata viaje por el mundo con lo atributos de una jefa de Estado. En la Argentina nos hemos habituado a los ejercicios ilegales de los títulos: Blumberg se hacía llamar ingeniero; Telerman licenciado, �cómo calificar a alguien que asume de hecho el rol de presidente sin serlo?
Los peronistas suelen ser maestros en el ejercicio oportunista de la ambigüedad. Se dice una cosa y se hace otra que produce un efecto exactamente inverso al que se anunció. El malentendido se transforma en categoría política o en coartada política. Según los papeles Cristina es esposa, senadora o candidata; según los datos concretos de la realidad es presidenta; sus discursos son las de una jefa de Estado, su despliegue en los espacios públicos responde al protocolo de una jefa de Estado.
En Europa o en Estados Unidos, Cristina no es una candidata, es una heredera, una sucesora. La campaña electoral de esta singular candidata no la pagan ni los afiliados ni los grupos económicos que la apoyan, la pagan en primer lugar los contribuyentes; en ese sentido Cristina no es la candidata del peronismo, es la candidata del Estado nacional.
Yo no la criticaría porque viaja por el mundo, la criticaría porque sus viajes por el mundo los pagamos todos los argentinos, pero además la criticaría por asumir de hecho la representación de un poder que no le corresponde. En América latina no hay antecedentes de que en el marco de la formalidad democrática la presidencia se resuelva por la vía de la sucesión. Hasta las monarquías absolutas en estos temas suelen ser más delicadas.
El rol cortesano de la mujer del presidente se conecta con la más genuina tradición peronista. Cristina no habla mucho de Evita, pero debería recordar que la gira que el "Hada rubia" hizo por Europa fue también la de una jefa de Estado, cuando en realidad su título exclusivo era la de esposa del "primer trabajador".
Cristina sabe que compararse con Evita es inútil porque las circunstancias históricas que hicieron posible el liderazgo de Evita son irrepetibles. No recuerdo quién dijo que ambas se parecen en su gusto por las joyas y las ropas caras. No comparto esa apreciación o la comparto a medias. Evita exhibía joyas y pieles en las reuniones del teatro Colón, pero a la hora de trabajar vestía su austero trajecito sastre; Cristina hasta en la reunión celebrada en la más modesta unidad básica está vestida como para ir al Colón.
Se dirá que estos son detalles, que a estas cosas no hay que darles importancia, pero al respecto advertiría que a la frivolidad hay que darle la importancia proporcional que le dan quienes disfrutan y ejercen esa frivolidad. A nadie se le ocurriría, por ejemplo, criticar a Michelle Bachelet, Angela Merkel o Margaret Thatcher por su ropa, porque estas mujeres eran o son jefas de Estado en serio y la ropa para ellas es un dato secundario. Lo mismo no se puede decir de Cristina.
Es verdad que la ropa no es una categoría política y que desde ese punto de vista es el dato más superficial de una persona, pero una mujer que en cuatro horas se cambia tres veces de ropa nos obliga a todos a hablar de eso. Este concepto me importa que quede claro: no soy yo el que habla de ropa, es Cristina la que me obliga hablar de aquello que para ella parece tener una importancia decisiva. Tampoco me preocupa la calidad de su vestuario, me preocupa el síntoma, la manifestación de una pulsión a través de la cual se expresan otros desequilibrios no recomendables para quien va a dirigir los destinos de la Nación.
Sí me parece injusto compararla con Isabel. Diría que es más culta, más inteligente, menos sórdida, más comprometida políticamente. Básicamente son dos personalidades diferentes, antagónicas en más de un aspecto, salvo en dos puntos: en su condición de peronistas y en cierto tono histérico que en Isabel era grotesco y en Cristina puede llegar a ser trágico.
La prensa europea la presenta como "Reina Cristina". La designación tal vez sea más irónica que verdadera, pero ya se sabe que en Europa disfrutan con los exotismos tropicales de las republiquetas sudamericanas. De acuerdo con el sistema de designación y la ceremonia de consagración, no me resulta incómodo reconocerla como una monarca, pero atendiendo a los rigores que le aguardan en el poder no quisiera que la "reina Cristina" concluya, según la fantasía de Joaquín Sabina, como "Pobre Cristina".
No han faltado quienes aseguren que en realidad a Cristina no hay que compararla ni con Evita ni con Isabel, sino con Hillary Clinton. Con todo respeto diría que la comparación es injusta para Hillary. El único punto en común entre Hillary y Cristina es su condición de esposas de presidentes, pero allí terminan las coincidencias. Hillary se presenta ocho años después de que su marido haya dejado la Casa Blanca y su candidatura sólo se efectivizará cuando gane la interna del Partido Demócrata. Ninguna de estas dificultades institucionales le hacen perder el sueño a Cristina.