El límite de la viabilidad

Límite de viabilidad es un concepto relativamente nuevo. Que indica la probabilidad de sobrevivir que tendrá un bebé prematuro según el hospital donde nazca, y que hace una referencia directa a los recursos humanos y tecnológicos de ese hospital. Las probabilidades de sobrevivir a las dificultades y complicaciones de un parto prematuro son menores para el bebé que nace en Senegal que para el que nace en Japón, por ejemplo, porque los recursos humanos y tecnológicos que destina Senegal al problema de los partos prematuros son inferiores a los que destina el país nipón. Esta afirmación, que es un ejemplo de una realidad que afecta a la mayoría de niños del mundo, y que debería avergonzar tanto a senegaleses y japoneses como a argentinos y españoles, porque el problema de la pobreza es corresponsabilidad de todos, no es el argumento principal de estas líneas. Sino que se orientan hacia una vertiente insospechada de esta cuestión: las diferencias que existen entre los países más desarrollados del mundo en cuanto al destino de un bebé prematuro.

Cada vez hay más partos prematuros y, por tanto, cada vez hay más bebés que nacen con un peso inferior al que se considera normal: en los países desarrollados, el 7,5 por ciento de los niños son de bajo peso al nacer, y el 1,5 por ciento son de un peso extremadamente bajo. Los niños prematuros presentan, en general, un peso proporcional al tiempo de gestación: a menos tiempo de gestación, menos peso. Y las dificultades y complicaciones que presentan como consecuencia de la condición de prematuros son proporcionales al peso y al tiempo de gestación: a más prematurez, más vulnerabilidad. Pero la ciencia y la tecnología han hecho progresos extraordinarios para mejorar las perspectivas de los bebés prematuros, y el resultado de estos progresos es que cada vez hay más bebés prematuros y extremadamente prematuros que consiguen sobrevivir, y la mayoría vive hoy sin secuelas importantes.

Hace unos veinte años, en los países tecnológicamente más avanzados, el límite de viabilidad estaba establecido en 26 semanas. Esto significa que era tan remota la probabilidad de sobrevivir que tenía el bebé que nacía antes de haber cumplido 26 semanas de gestación, que se consideraba que no valían la pena los esfuerzos para conservarle la vida porque estaban condenados al fracaso. En efecto, por aquellos años, es decir, no hace mucho, morían casi todos los prematuros de edad gestacional inferior a 26 semanas (pero me consta la supervivencia, con toda dignidad, de un prematuro cuyo peso llegó a ser de 490 gramos, en la Maternidad Martin de Rosario, hace unos veinte años). Resulta oportuno recordar que la gestación humana normal tiene una duración media de 40 semanas. Hoy en día, los progresos científicos y tecnológicos consiguen que la supervivencia de los prematuros de 26 semanas de gestación sea la regla y no la excepción. La ciencia registra la supervivencia de niños que nacieron durante la semana 21� de gestación, o con un peso de sólo 280 gramos. Como consecuencia de estos progresos, y considerando los recursos humanos y tecnológicos de los hospitales más importantes, el límite de la viabilidad es cada vez menor.

El límite de la viabilidad es el tiempo de gestación que marca la frontera entre la vida y la muerte, entre tener suficiente madurez biológica como para poder vivir (con muchos esfuerzos humanos y materiales) o demasiada poca madurez biológica como para poder vivir (aún con todos los esfuerzos). Este límite determina, según las semanas de gestación, quién recibirá atenciones cuyo objetivo es proporcionar una muerte digna y sin sufrimiento, y quién recibirá atenciones cuyo objetivo es la supervivencia sin secuelas. Es fácil comprender que este límite varía según los países, según la región o la provincia, y según el hospital del que se trate. El niño que nazca con tan sólo 25 semanas de gestación tendrá perspectivas sólidas de supervivencia en un gran hospital europeo o argentino, pero estas perspectivas no serán tan sólidas si nace en un hospital periférico si allí no tienen manera de trasladarlo con urgencia y en las condiciones que le permitan sobrevivir.

En 1991, el límite legal de viabilidad de Japón pasó de 24 a 22 semanas completas de gestación. En 2001, el Hospital Universitario de Leyden (uno de los principales centros de referencia de Holanda) decidió poner fin a la práctica de reanimar a toda costa a los recién nacidos que no hubiesen cumplido 25 semanas de gestación. En otras palabras, el límite de viabilidad japonés es de 22 semanas mientras que el holandés es de 25. Espíritus menos terminantes propusieron que el límite no sea tan estricto, que tenga un cierto margen de flexibilidad, para darle así la oportunidad a los pocos que, extremadamente prematuros, presenten mejores perspectivas clínicas. Así, el límite de la viabilidad en Alemania es de 22 ó 23 semanas; en Estados Unidos, Canadá y Gran Bretaña es de 23 ó 24, y en Suiza es de 24 ó 25 semanas.

Según estos límites, el bebé que nazca con 23 semanas cumplidas de gestación recibirá sólo atenciones paliativas en Holanda, mientras que recibirá todas las atenciones, y recursos casi infinitos, en Alemania. La cuestión no es aquí de infraestructura sanitaria ni es tampoco una cuestión de recursos humanos, sino que es una cuestión de criterios. En cifras aproximadas y para países desarrollados: apenas sobrevive el 5 por ciento de los prematuros de 22 semanas, y al menos la mitad lo hace con secuelas graves; sobrevive el 20 por ciento de los de 23 semanas, el 40 por ciento de los de 24 semanas, y más del 60 por ciento de los de 25 semanas. Resulta entonces evidente que la vida de un prematuro no sólo depende de que nazca en uno de los países que se enorgullecen de llamarse avanzados, sino que también depende de cada país en concreto o, mejor dicho, de los criterios de las autoridades de esos países o de esos hospitales.

No tengo noticia que Argentina o España tengan un límite oficial de viabilidad, pero es más que probable que cada hospital tenga el suyo, aunque extraoficial. Quien determina cuál es el límite de viabilidad está determinando a quién le dará la oportunidad de vivir y a quién no se la dará. La decisión es terrible, pero es necesaria. Y debe basarse en argumentos científicos y bioéticos poderosos, avalados por personas expertas y por instituciones con amplia experiencia. Pero en la sala de partos de un hospital pequeño, donde nace la mayoría de los niños del mundo, esta decisión se basa en el sentido común y en la sabiduría popular, que son criterios igualmente válidos.

Jorge Bello