La representación de Sí Mismo, por cualquier medio discursivo es una constante de la conducta humana, traducida en gestos de poder, opción de censuras y libertades, adopción de modos y exhibición de particularidades. En tanto seres en acción adoptamos un perfil a través del cual nos importa ser conocidos, reconocidos, amados, valorados. La lucha despiadada por conservar las máscaras exteriores, las primeras aproximaciones son desnudadas por el frenesí de las cirugías estéticas que prometen la inasible atemporalidad de la imagen, esa belleza de superficie ficticia que se desencaja ante cualquier imprevisto emocional. El Retrato fijado a la superficie o al volumen, otrora símbolo social de prestigio y poder, tiñe su otra vertiente: el Autorretrato, confesión pública de la fragilidad y el sinsentido de la vida de conmovedora verdad en manos de Rembrandt Van Rijn o Vincent Van Gogh, y tantos otros cercanos o lejanos en el tiempo y el espacio, con recurrencia a diferentes procesos y recursos que se retratan a sí mismos y nos indagan al ser mirados. El �Quién soy? es la pregunta movilizadora que se cristaliza en un aquí y ahora, mediante la luz, la forma, el color.
Esta introspección adopta también tics de solapado humor, cuando no de reflexión autocompasiva que busca complicidades y disculpas ante quien mira.
Encabalgado entre el compromiso de objetividad posible y la autoestima, con una pizca de humor e ironía que destilan inopinadamente las obras, la Escuela Provincial de Artes Visuales Prof. Juan Mantovani, de Santa Fe, a través de sus autoridades y con la coordinación del profesor de la casa Julio César Botta ha concretado y exhibe una muestra titulada Salón del Autorretrato, del que participan los profesores, artistas plásticos o no, acompañados por personal de secretaría y biblioteca. Esta convocatoria cerrada al personal de la institución citado cristaliza un desafío que rezuma una cierta valentía en el gesto social por aquello de que "quien expone se expone", mostrando y ocultando todo aquello que su voluntad manifiesta u oculta se recorta.
Con un saludable gesto de desacartonamiento que debiera -y, ícómo no!- ser imitado por otras tantas instituciones y personas devenidas en personajes, a quienes el exceso de almidón las supone incuestionables e impolutas, el humor como alta función de la inteligencia se da cita y se sostiene a la mirada.
"... la acción creativa, más allá de las técnicas artísticas y las preceptivas disciplinarias, puede constituir un medio para ensayar respuestas y dar sentido, así como cavilar, sonreír y hasta fruir del hecho de querer verse, motivación que justifica esta convocatoria...", dice la tarjeta invitación del salón de marras, que enumera a los partícipes de esta singular proposición.
Podemos detenernos en el fotomontaje que firma Maricel Cherry, que delata las mil "mariceles" que habitan detrás de la fachada cotidiana. Cada quien destacará el perfil que prefiera para construir su concepto de la expositora, que conjugue con su subjetividad.
Quizás detenernos y sonreír ante la autocomplacencia de Abel Monasterolo, cuyo rostro se ve cercado ornamentalmente con coronas de flores a las que no le falta la presencia de los "exvotos" agregados subrepticiamente, y que remarcan la imagen seráfica que proyecta de sí mismo, detenernos quizás ante la obra de Tusi Horn, quien se ve a sí misma como un ser alado hipotéticamente angelical, de alas batientes y remarcado corazón, que derrama su calidez en un plato (�un mundo?) de cerámica partido y remendado. Más allá, María Rosa Pfeiffer se relata a sí misma en una retahíla de conceptos enlazados como poema-confesión y se muestra al mundo. Fernanda Aquere, con un tocado mantilla, fotografiada, envuelve su cabeza y se tapa los ojos pues no quiere -o no puede- ver-se. El elaborado enigma de Armando Pomina nos deja afuera de él mismo, en tanto que Leo Scheffer nos anuncia que él es apenas una sombra coloreada que remonta un barrilete intentando cazar fantasías o sueños -íqué más da-! Aldo Falcón, escultor, se autorretrata como una escultura sin brazos, negándose las manos con las cuales construye sus obras, mientras que Isabel Molinas siente que ella -su persona- es una secuencia infinita de imágenes que, cual retruécanos, remite una y otra vez a sí misma en una espiral cerrada. La seducción de la serpiente, encaje negro y roja boca anhelante, dice llamarse Alba Soratti, a quien custodian con la consabida eficiencia diligente los Ángeles de Secretaría, sufridas trabajadoras que deben soportar estoicamente a alumnos y profesores demandantes, siempre con la sonrisa a flor de labios sin permitirse mostrar los dientes, todo ello conjugado en un abigarrado "collage-amontonado". Y más allá Julio Botta resemantizado, representándose a la manera de un William Blake "aggiornado", se impone en el contexto sin salirse de la luz y el color de su habitual lenguaje plástico.
Hay trabajos más jugados y otros más autocensurados. Atreverse no es broma. Cada quien se manifiesta a través de su autorrepresentación, intentando destacar lo mejor de sí mismos. Hay quien se mira con ironía. Quien lo hace con temor. Bien por este gesto colectivo que sacude algo el enmohecido horizonte cultural de este rincón del planeta.
Por Domingo Sahda