En estos tiempos que corren, en que la mujer ha accedido ya a todos los sitios de participación social y laboral, al menos en Occidente, es bueno volver la mirada hacia los años en que unas pocas luchadoras, despertando oposición y maledicencia y hasta la resistencia de sus propios pares, lograron no solamente avances en legislación y protagonismo, sino ir cambiando las costumbres de un mundo que no dejaba muchas opciones.
Por eso es que hoy queremos evocar la figura de una mujer inteligente y tenaz que en la primera mitad del siglo XX tuvo el coraje de ser y actuar.
Victoria Kent Siano nació en Málaga en 1892. Su padre era un comerciante de origen inglés y su madre se dedicaba a las tareas del hogar. Victoria estudió en la Escuela Normal de Maestras de su ciudad natal para trasladarse a Madrid en 1917 con el propósito de estudiar Derecho. Muy pronto se relacionó con otra española insigne, María de Maeztu, que dirigía la Residencia Femenina de Estudiantes y el Instituto Escuela.
En 1919 se conecta con la Asociación Nacional de Mujeres Españolas, que fundara un año antes María Espinosa de los Monteros, para promover la educación y la igualdad legal de las mujeres. En esta asociación organiza la Juventud Universitaria Femenina, a la que representa en el Congreso Internacional de Mujeres Universitarias realizado en Praga. Durante este viaje tuvo ocasión de visitar diversas universidades europeas y constatar el grado de atraso en que se encontraban las españolas en lo referido a la participación femenina.
En 1924 consiguió su Doctorado en Derecho, convirtiéndose en la primera mujer que se colegió en Madrid. Ese mismo año salta a la primera plana de los diarios al actuar como abogada defensora.
Se afilia al partido Radical Socialista, es asignada candidata a las Cortes por Madrid y resulta elegida diputada, junto con Clara Campoamor, de las Cortes Constituyentes en 1931.
De esta época se destaca su negativa a conceder el voto a la mujer ya que consideraba que no estaban debidamente capacitadas todavía para realizar una elección inteligente. Una posición que le significó rechazo y asombro en algunos círculos, pero que ella defendió con criterio independiente.
En 1931, al ser proclamada la Segunda República, es nombrada directora general de Prisiones y es aquí donde va a desarrollar la tarea más importante de su trayectoria.
Su intención era convertir las cárceles en un lugar apropiado para que los internados tuviesen la oportunidad de convertirse en miembros útiles dentro de la sociedad. Las medidas que implementó fueron realmente revolucionarias para la época. Ordenó el cierre de las prisiones más insalubres y mandó iniciar la construcción de la cárcel de mujeres de Madrid. Permitió la libertad de cultos entre los presos, el ingreso de todo tipo de material de lectura, la excarcelación de convictos mayores de 70 años y la concesión de permisos para atender asuntos familiares especiales. Mejoró la calidad de la alimentación y los mugrosos camastros de las celdas.
Admiradora de su ilustre antecesora, Concepción Arenal, ordenó eliminar cadenas y grilletes y con ellos, erigió un monumento a la ilustre gallega.
Antes de dimitir creó dos instituciones fundamentales: el Instituto de Estudios Penales, encargado de profesionalizar el personal de las prisiones y el Cuerpo Femenino, que se encargaría de las Prisiones de Mujeres.
Victoria Kent ya era una figura popular cuando estalló la guerra civil. Decididamente volcada al bando republicano ejerció múltiples funciones dentro y fuera de España.
Una de las tareas en las que puso más empeño fue la de encontrar asilo para los huérfanos españoles que iban llegando a París. Desde su puesto de primera secretaria de la Embajada de España en la capital francesa, trabajó denodadamente, tan así que no pudo huir al entrar los nazis en París y tuvo que esconderse para sobrevivir. De esta época es su libro "Mis cuatro años en París" (1948).
En 1948, se trasladó a México, donde dictó cátedra de Derecho Penal en la Universidad. Por encargo del gobierno mexicano creó la Escuela de Capacitación para Funcionarios de Prisiones de la que fue directora durante dos años. A principios de 1950, llamada por la ONU, marchó a Nueva York y se incorporó a la sección de asuntos penitenciarios.
En esa ciudad funda la revista Ibérica en la que publica las noticias llegadas desde España para los exiliados en Estados Unidos, además de combatir incansablemente a la dictadura de Franco. Después de la muerte de éste, dejó de publicarse.
Victoria siguió viviendo en Nueva York. Regresó a España, sólo una vez en 1977. En 1986 se le concedió la Gran Cruz Raimundo de Peñafort.
Murió el 26 de setiembre de 1987. Tenía 95 años. Dejaba atrás una larga vida de lucha e ilusiones por mejorar la condición del ser humano.
Distinguida, culta, avanzada para su época, poseedora de talentos múltiples en sus últimos años no dejó de sorprender al declarar:..."No seamos feministas, sino femeninas... el hogar, base de nuestra sociedad europea, de toda sociedad democrática, sigue siendo el patrimonio de la mujer".