La ficción que rodea a la droga y a la lucha contra ella
Por Osvaldo Marcón

El declive de las instituciones no es nuevo pero la tendencia se ha profundizado significativamente en las últimas décadas, aún cuando ya los padres de la sociología situaron esta cuestión como parte constitutiva de las grandes problemáticas de la modernidad. Tal deterioro acarrea falta de credibilidad ante la ciudadanía por lo que cualquier política que a partir de ellas se pretenda implementar requiere incluir, como presupuesto necesario, la reconstrucción de niveles satisfactorios de legitimidad social para dichas instituciones.

Esto vale para pensar la drogadicción "en los barrios" como problemática social sobre la que se debe intervenir. En consecuencia adquiere importancia prestar atención a cómo el Estado opera cotidianamente sobre un "como si", profundizando el mencionado déficit de legitimidad y debilitando -en consecuencia- las posibilidades de una intervención proporcionalmente eficaz al tamaño del problema que nos ocupa. Si nos preguntamos �a qué refiere tal "como si"?, podemos contestar re-preguntando: �qué busca quien se droga?

Al respecto digamos que quien se droga procura para sí mismo una ficción cuya singularidad, en el contexto contemporáneo, debe ser entendida en el espectro de diversas grandes ficciones, como por ejemplo "Gran Hermano" en televisión o "Second Life" en internet. Éstas constituirían algo así como metáforas de modos hegemónicos de estar-en-el-mundo, viviendo otras vidas a través de dosis de virtualidad más o menos regulares. Podríamos citar otros "como si" contemporáneos, incluyendo algunos símiles del antiguo "circo romano" montados a partir de diversos deportes, verdaderas misas paganas donde los rituales se despliegan en todo su esplendor. Pero de todas las ficciones algunas revisten mayor gravedad ética. Nos interesa, en este caso, la del Estado diciendo que se ocupa de la drogadicción como problemática social. Y lo que es peor aún, creyendo él mismo su propio discurso, es decir creando para sí una ficción "en serio". No nos referimos solamente al Estado como Persona Jurídica sino a gran parte de quienes en determinado momento ejecutan sus actos.

Como sabemos, todo "como si" supone una compleja gama de cuestiones. Implica, por un lado, el predominio del deseo de quien en él se regodea, deseo impuesto a pesar de las indicaciones de la realidad. Dicho en esquemáticos términos psicoanalíticos: dominio exagerado del "principio de placer" por sobre el "principio de realidad". O desde una perspectiva más cognitiva aludiríamos a la hegemonía de la función de "acomodación" por encima la "asimilación", ambos desequilibrios muy poco aconsejables en términos de salud mental. Como sea, este "como-si" estatal supone una no-respuesta que equivale a la no responsabilización si es que responsabilizarse es responder ante la realidad. En esto coinciden todos los "como si": se trata de no responder, de no responsabilizarse.

Pero �dónde es observable el "como si" estatal? En sus políticas-ficción que faltan el respeto a la realidad: becas a instituciones, pero pocas; posibilidades de tratamiento ambulatorio, pero escasas; ocasional folletería pero poca intervención real; o reacciones mediáticas espasmódicas que prueban la escasez de acciones efectivas.

Entonces �cómo abandonar esta adicción? Pasando al respeto por la realidad. Asumiendo responsabilidades. En consecuencia: respondiendo. Enlazando el discurso con las prácticas. El Estado-adicto necesita entender que "el drogadicto" no debe "servir a la sociedad" ocupando el lugar que otrora ocupara "el leproso". Se trata, en todo caso, de sujetos que atraviesan situaciones de adicción, situados y sitiados en un espacio de vida que se manifiesta cotidianamente, en un territorio y en horarios específicos que usualmente no coinciden con los territorios y horarios del Estado que, mientras tanto, se solaza en su propia ficción.

Urge reconfigurar este Estado en uno capaz de responder aún en medio del "declive de las instituciones" (Francois Dubet) pues el anquilosamiento disminuye las posibilidades de reacción, de reacomodamiento, de generación de alternativas creativas. Un Estado adicto a su propio "como si" difícilmente pueda simbolizar algo relevante ante quienes necesitan liberarse de sus propios "como si".