A lo largo de su carrera, el cordobés David Nalbandian ha demostrado con sobrados argumentos que es poseedor de un tenis del más alto nivel. Desde su fulgurante aparición en la final de Wimbledon 2002 (donde su sólido revés a dos manos fue el comentario de muchos), pasando por su acceso a la semifinal del US Open 2003 (donde estuvo a un punto del duelo decisivo), y confirmado con su consagración en la preciada Copa Masters jugada en Shanghai en 2005. Sin embargo, los números no revelan fielmente la calidad de su juego.
Antes del Masters Series de Madrid, Nalbandian sumaba 5 títulos, cuatro de los cuales son de baja categoría (por supuesto que contextualizado en el gran circo internacional). Por eso, necesitaba un triunfo de esta magnitud, que acompañe su gran festejo en China hace dos años, y que confirme su estatus de jugador de elite.
En definitiva, David deja en claro dos cosas, una positiva y otra no tanto. La positiva es la que se explica líneas arriba; la negativa, que para que los resultados lleguen depende de sus ganas. Es cierto que para quien escribe, éste es un rubro intangible (cada cual es artífice de su propio destino). Sin embargo, no se puede eludir la sensación de que el unquillense está (y estuvo) desperdiciando un talento poco común.
Sus gustos son variados y nada de eso está en discusión. La disyuntiva se plantea en el siguiente punto. La carrera de tenista es corta. Salvo honrosas excepciones, no pasa más allá de los 30 años. Entonces, con esta nueva muestra de inserción en el nivel más alto del deporte blanco mundial, ¿no cabría hacer un reajuste de prioridades y apuntar todos los cañones a este juego, para sacarse la duda de hasta dónde puede llegar?
"Le puedo ganar a cualquiera", dice, y esa afirmación (intrínsecamente vinculada con la realidad) entraña que puede ganar más torneos de esta categoría, que puede quedarse algún día con un Grand Slam y que, como consecuencia, puede pelear por el número 1 del mundo.
Sus armas conocidas están intactas, y algunas otras, mejoradas. Su derecha profunda y su revés hiriente siguen incólumes. Pero ahora está desarrollando un servicio muy incisivo, reconocido por el mismo Roger Federer. Tal vez (y sólo tal vez) David debería hacer un replanteo. Su cabeza ya está más madura y los años pasan para el físico. Si apunta con todo al número 1 a partir de ahora, podrá conocer los verdaderos alcances de sus aptitudes. Nadie asegura los resultados pero...al menos, sabrá que lo intentó con todas las armas.