No son borrachos, no son fanáticos, no son criminales. Los kurdos hoy son el mayor pueblo del mundo sin Estado propio. Según las estadísticas suman unos 40 millones de personas distribuidas en Turquía, Irak, Irán, Siria y Armenia. Su religión mayoritaria es el Islam, en su versión alevíe, es decir, en su versión más humanista y abierta, motivo por el cual son mirados con desconfianza por las facciones integristas que no han vacilado en considerarlos herejes porque no celebran el Ramadán y no discriminan a sus mujeres.
Sus símbolos son los colores. El pueblo kurdo ama la combinación de colores. La ropa, los adornos, los utensilios domésticos se distinguen por la proliferación de colores. Los días de la semana tienen referencia cromáticas: el domingo es rojo; el lunes, negro; el martes; blanco; el miércoles, azul; el jueves, violeta; el viernes, verde; el sábado, amarillo. Todos esos colores están presentes en su vida cotidiana, Con esos colores adornan los vestidos, pero también con esos colores tejen las cintas que visten el follaje de los árboles, la superficie de las piedras, las ramas de las plantas.
Cada vez que los kurdos aparecen en los diarios es porque han sido víctimas de alguna masacre. Hace veinte años Saddam Hussein exterminó más de cinco mil kurdos con gas mostaza. Los gobiernos turcos, cuando quieren distraer a la opinión pública con alguna cuestión patriotera, organizan una razzia contra ellos.
En las regiones montañosas de Turquía viven millones de kurdos. Sus reclamos de autodeterminación nunca fueron escuchados. En algún momento disfrutaron de una modesta autonomía, pero la constante ha sido la opresión y la represión. En Turquía los kurdos tienen prohibido hablar en su lengua. Las cárceles están pobladas de kurdos acusados de usar un lenguaje que atenta contra la nación turca. La música kurda y la estridente pintura kurda también están prohibidas o adulteradas.
Hoy son noticia porque guerrilleros kurdos con base en Irak emboscaron a militares turcos y mataron a 17 soldados. La represalia no se hizo esperar. Las aldeas kurdas fueron bombardeadas y el ejercito liquidó a 35 guerrilleros. Mientras tanto, en las calles de Estambul miles de turcos desfilaban pidiendo a gritos la cabeza de los guerrilleros kurdos y de los militantes del Partido del Trabajo Kurdo, (PTK), fundado en la década del ochenta por Abdullah Ocalan y que expresa en la actualidad la principal representación kurda ante los organismos internacionales.
El PTK se reivindica marxista. En algún momento contó con el apoyo de la OLP, pero su identidad ideológica no le impide reivindicar las tradiciones nacionales del pueblo kurdo. En Europa el PTK ha logrado ganar la adhesión de la amplia comunidad kurda, sobre todo la de Alemania en donde viven alrededor de un millón de exiliados de este origen.
La historia del pueblo kurdo en el siglo veinte es la historia de las derrotas de sus levantamientos armados y de sus frustraciones como nación. Los historiadores consideran que la existencia del Kurdistán es legítima y que en la actualidad ese territorio ocuparía una extensión de 500.000 kilómetros cuadrados. Está claro que ninguno de los Estados que hoy ocupan estas tierras están dispuestos a cederlas. Los motivos son diversos, pero el más importante es el económico, en tanto que estas tierras son las que disponen de mayores reservas petroleras.
En todo el siglo veinte los kurdos no han logrado satisfacer sus reivindicaciones mínimas. No siempre fue así. Concluida la Primera Guerra Mundial, se firmó el Tratado de S�vres, que reconoció la existencia territorial de los kurdos. Sin embargo, cinco años después, el Tratado de Lausana anuló esas disposiciones y el Kurdistán fue repartido entre Turquía, Irán, Irak y Siria. La mano habilidosa e implacable de la diplomacia británica estuvo detrás de estos acuerdos. El negocio del petróleo, su formidable renta, fue el garante de las nuevas disposiciones.
Después de la Segunda Guerra Mundial, en Irán se creó la República de Mahabad. La estrategia soviética estuvo presente en este acto. No concluyeron allí las reivindicaciones. En 1966, en Irak, consiguieron un estatuto de autonomía, pero veinte años después Saddam Hussein liquidó el estatuto y a todos los kurdos que pudo. Los problemas con Saddam recién empezaban. Después de la derrota de Irak, en 1991, los kurdos unieron las diferentes facciones y atacaron la región de Mosul confiados en el apoyo de Occidente y la debilidad de Saddam. Al error de cálculo lo pagaron caro, muy caro.
En la actualidad viven en Irak alrededor de seis millones de kurdos. La caída del dictador favoreció sus reivindicaciones. Hoy los kurdos de Irak disponen del estatuto de autonomía más avanzado de su historia y participan del gobierno nacional. Su máximo dirigente, Massoud Barzani, asegura que no van a renunciar a sus reivindicaciones y que defenderán con la vida el experimento político que están realizando.
No hace falta ser un experto en política internacional para saber que el antiguo Kurdistán no será recuperado, o por lo menos no lo será en los términos planteados en el tratado de S�vres. Hoy la estrategia kurda intenta sostener los reclamos de autodeterminación en cada país donde existen.
La situación más complicada la tienen en Turquía. Allí vive la mayor comunidad kurda. Allí es en donde la represión es más dura y las persecuciones de su identidad cultural son más despiadadas. Estados Unidos, por su parte, mucho no puede hacer, porque los compromisos con Turquía son muy fuertes y muy delicados al mismo tiempo. Concretamente, el ochenta por ciento de los abastecimientos y comunicaciones de las tropas yanquis en Irak se realizan desde las bases militares de Turquía. En estos días, Condoleezza Rice le dijo al presidente de Turquía, Erdogan, que sea prudente a la hora de reprimir. Hasta allí llega el compromiso de la administración Bush con los derechos humanos de los kurdos.
Rogelio Alaniz