"Nacida como disciplina científica hace algo más de 150 años, pero heredera de una larga tradición de exploradores del pasado, la investigación arqueológica ha experimentado en las últimas décadas un desarrollo extraordinario", nos recuerdan Ana Igareta y Daniel Schávelzon en "Viejos son los trapos", cuyo subtítulo explicita: "De arqueología, ciudades y cosas que hay bajo el piso".
Una disciplina que considera que nuestra actualidad es el resultado inexorable del pasado y "que todo intento por comprender el mundo en que vivimos ahora debe partir de un conocimiento de su historia. Cada uno de los objetos que utilizamos a diario es un recipiente donde la historia se mantiene viva en el presente". Hacer hablar a los objetos y a las circunstancias que les dieron origen, uso y, quizás, remoción. Buscar huellas en los restos del pasado. De estas inquietudes nos habla este libro escrito con gracia y penetración.
"Los arqueólogos somos, por definición, individuos muy obsesivos; por lo que no es de extrañar que la disciplina haya absorbido algunas de las nueras de sus hacedores y esté obsesionada por ciertos datos. Uno de los más perseguidos es el de la antigüedad, el saber con mucha, poca o relativa certeza qué tan viejo es cada uno de los elementos que integra el registro material".
Como señala el director de la colección en la que se presenta este libro ("Ciencia que ladra..."), Diego Golombek, "estamos rodeados de historia -incluso por debajo de nosotros-. Una historia que aflora en las excavaciones del subterráneo, o en los cimientos de un edificio, o hasta en el pozo para plantar un arbolito en el patio. Pero hacer hablar a esa historia -a esos pedacitos de telas, o botones, o platos rotos, viejos y sucios- no es tan fácil, y de eso se ocupan los arqueólogos que pueblan este libro, no menos héroes que Indiana o Lara, pero sí más humanos, más cerca de poder encontrarlos en el aula o en el colectivo".