Me contaron, anoche nomás (acá se aprovecha todo), que fulanito, ya grande pudo cumplir por fin el sueño que lo desveló toda su vida: ahora cuenta con una parrilla de acero inoxidable. Tomá. Cada quien puede tener el objetivo de vida que quiera y este señor toda la vida quiso una parrilla así. Yo, que no distingue un alambre de un pedazo de hierro, manifesté mi sorpresa. Tanto quilombo, dije, por una parrilla de acero. Un poco más y los vagos me comen: vos porque no sabés nada y porque sos un descolgado. Como en el tema de los asados, en efecto, yo no soy de los más versados, me callé la boca y dejé al señor contento por haber cumplido el sueño de su vida.
Pero eso me llevó a considerar mejor la cuestión. Acá hay tantos estilos y parrillas como asadores en el país. Y como en el fútbol, todos son técnicos, todos saben, todos manyan y todos tienen la precisa.
Nosotros, en el equipo de fútbol, obviamente vamos exclusivamente por el asado posterior. En nuestro equipo, el único titular y con el puesto asegurado (y que no se esguinza nada, ni lo expulsan, ni lo cambian a los 15 del segundo tiempo) es Mónaco, un asador que la tiene clarísima. Empieza el partido y él empieza dos cosas: el fuego y un porrón (esto quizás no debí escribirlo, pero ya está). Cuando el partido termina, el asado está listo y no importa si hubo tormenta de viento, piñas entre los jugadores, tres porrones en el medio o lluvia torrencial: al final del partido el asado está listo, tierno y bien hecho y no hablemos más del asunto.
Parece que es importante, más allá del material de la parrilla, la altura de las patas de tan vital elemento, porque no es lo mismo que esté cerquita del fuego, a altura intermedio o lejos. Hay gente que regula con ladrillos y a ojo esa relación matemática.
Otra cosa que parece trascendente (y siempre desde el modesto punto de vista del observador) es la idea de conservar la temperatura de la carne, sobre todo en asadores al aire libre, en el caso de losas sin cerramiento o a la que te criaste. Hay gente que además de arrimarle brasa por abajo, tapa de alguna forma el asado: con una chapa, con una fuente (y uno se quemará los dedos al levantarla) o con un simple diario. En época de cobardías y renunciamientos varios, la idea básica es que al menos el calor no se escape.
Por lo mismo, hay otros que cercan la parrilla (hay otros que están cerca de la parrilla, que es otro tema) con ladrillos de canto, generando una especie de mini horno. Es difícil acercarle brasas, carajo. O tenés que ser un golfista muy entrenado con el putter (y no es graciosa ninguna de las asociaciones que están haciendo en este momento) o tenés que tumbar algún ladrillo para mandar por ahí los tizones. Y los ladrillos, por si no lo sabían, también se calientan.
Así que yo, de una u otra manera, me quemo los dedos. Y no dejo de sentir esa sensación de inquietud en al menos tres momentos específicos:
1) �Podré encender el fuego sin arrimarle un litro de combustible, que está caro, escasea y la casa no tiene seguro contra incendio?
2) �Habré puesto carbón suficiente o deberé ensuciarme permanentemente las manos que recién corrí a lavarme, una y otra vez?
y 3) �Estará tierna la carne y los comensales disfrutarán de la tradicional comida o seguirán mirándome con esta indisimulable desconfianza?
Si cualquiera de estas preguntas no encuentra una respuesta adecuada, me queda el cobarde y recóndito recurso de la cocina, como para terminar o empezar a asar de una buena vez. Literalmente, estoy en el horno.